Sobre la interna entre Axel Kicillof y la organización juvenil La Cámpora

Actualidad 10 de julio de 2024
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Surgida en el marco de la repolitización global de los jóvenes de la primera década de este siglo, la juventud kirchnerista se constituyó a partir de la integración de dirigentes provenientes de lugares tan diversos como la militancia territorial, las agrupaciones de izquierda independiente de la UBA y los organismos de derechos humanos, y a poco de andar se convirtió, merced a la varita mágica de Cristina, en el núcleo duro de su segundo gobierno: La Cámpora, que fue absorbiendo diferentes grupos dispersos, logró reunir una masa importante de militantes y un conjunto de dirigentes con capacidad de gestión; en suma, produjo una militancia y un funcionariado, cruciales como sostén político y casi diríamos anímico de un kirchnerismo cada vez más a la defensiva. 

Carecían, sin embargo, de votos. Formados en la atmósfera de desconfianza hacia los medios de comunicación propia de la batalla cultural contra el Grupo Clarín, los jóvenes camporistas resistían las apariciones televisivas y los debates públicos; muchos, al principio, huían también de las redes sociales (como sus amados Redondos, cultivaban un cierto misterio). Este rasgo constitutivo alimentó los fantasmas del entornismo y los monjes negros y se tradujo en un déficit de electorabilidad impropio de una organización con vocación de disputar el poder real. Ni los militantes ni los ministros equivalen a votos, y La Cámpora enfrentaba serias dificultades a la hora de ofrecer candidatos, lo que obligó a Cristina a recurrir una y otra vez a cuerpos extraños: Daniel Scioli, Alberto Fernández, Sergio Massa.

Con el tiempo, la juventud kirchnerista comenzó a jugar el juego de las redes y los medios, ganó algunas elecciones municipales y fue obteniendo, además de una disciplinada bancada legislativa, cierto despliegue territorial, aunque acotado si se tiene en cuenta la cantidad de recursos organizativos y presupuestarios de la que dispuso. El gran hito en este camino fue la elección de Axel Kicillof como gobernador de la provincia de Buenos Aires en 2019, un acierto estratégico atribuible sobre todo a los altos niveles de autovaloración del economista. Recordemos que en octubre de 2015 Axel había encabezado la lista de diputados nacionales por la Ciudad, donde obtuvo el 22% de los votos, contra 45% del macrismo. Consciente de que permanecer en su distrito natural lo habría condenado a una vida apacible de fracasos legislativos a lo Filmus, prefirió dar el salto al vacío de la candidatura bonaerense. Un Axel uruguayizado –menos soberbio, dispuesto mate en mano a abrazar ancianas– terminó con la estrella breve de María Eugenia Vidal y logró lo que en su momento intentaron sin éxito políticos con experiencia y recorrido como Agustín Rossi o Jorge Capitanich, algo que no consiguió ningún otro integrante de la juventud kirchnerista y que ciertamente no consigue Máximo: expresar a los votantes de Cristina (la pregunta de por qué lo hizo un dirigente surgido de los claustros de la UBA, típico exponente del progresismo de Parque Chas, es uno de esos misterios que la política nos da de vez en cuando). 

Más tarde, Axel se mantuvo convenientemente al margen de la pulsión autofágica del Frente de Todos y resistió las presiones del kirchnerismo para convertirse en candidato a Presidente. Las elecciones del año pasado marcaron la peor caída del peronismo desde la recuperación democrática y el fracaso de casi todos los barones del partido: Capitanich, Uñac, Rodríguez Saá. Sólo el exitoso cordobesismo, con su fuerza irreductible de aldea gala, logró sobrevivir. En este contexto difícil, Kicillof obtuvo su reelección con el 45% de los votos.

La interna más loca del mundo

Catorce años atrás, en otra vida, escribí en Página/12 la primera nota sobre la juventud kirchnerista (1), más tarde la definí como una “minoría intensa” (2) y publiqué un libro (3) sobre el tema. Decía allí que las comparaciones, muy populares en ese momento, entre La Cámpora y los Montoneros eran más bien delirantes, y que a la hora de buscar paralelismos había que mirar más cerca, a la Coordinadora alfonsinista. El alfonsinismo y el kirchnerismo nacieron como movimientos reformistas al interior de partidos tradicionales (y en rechazo a corrientes conservadoras, el balbinismo y el menemismo), bajo la conducción de líderes enérgicos de orientación progresista. En los 80, la Coordinadora se convirtió en el núcleo más dinámico del alfonsinismo, como sucedería después con La Cámpora y el cristinismo. Mi tesis era que el riesgo de los jóvenes camporistas, que no pretendían disputar el liderazgo de Cristina sino reforzarlo, consistía menos en una improbable expulsión de la Plaza de Mayo que en un tobogán hacia la irrelevancia parlamentaria de un Stubrin o un Casella, seres tristes como tarta de microcentro. Lo más interesante de la comparación era lo que tenía de advertencia.

En buena medida porque Cristina siguió electoralmente viva mientras que las chances de Alfonsín terminaron cuando dejó el gobierno, los jóvenes kirchneristas lograron evitar este sino trágico. Pero quedaron encerrados en otro laberinto, igual de peligroso. Porque resulta que hoy se disputa, entre La Cámpora y Axel Kicillof, la interna más loca del mundo, que es loca porque es indescifrable. ¿Qué separa a los antiguos compañeros de banco? Si en la disputa que desangró al Frente de Todos aparecía aún cierta argumentación ideológica, la justificación en el rechazo al acuerdo con el Fondo o las críticas a la prudencia de Guzmán (como si fuera Sturzenegger), el enfrentamiento actual carece de cualquier sentido programático, está totalmente desprovisto de una justificación de ideas. La paradoja es que la más ideológica de las organizaciones peronistas, la protagonista de los patios militantes, la que reinventó el Eternauta y se convirtió en la custodia del dogma cristinista, se ha lanzado a una disputa pre-ideológica por el puro poder desnudo (4). 

¿Qué explica entonces esta interna? Vieja como la historia, la rivalidad entre el hijo biológico y el hijo putativo se remonta al Imperio Romano, a Octavio contra Marco Antonio. ¿Una madre le ha prometido a un hijo que un día será Presidente? ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Consultado para este artículo, un dirigente cercano a Máximo Kirchner descarta las explicaciones emocionales. “Son pavadas, no pasa por ahí”. ¿Por dónde, entonces? “Por donde siempre, por quién lidera, quién manda, quién conduce”. Axel gana espacios de autonomía frente a una Cristina que, en esta hipótesis, no estaría dispuesta a concedérselos. 

La explicación choca contra una cuestión central, que es el rol de la propia Cristina. Hasta nuevo aviso, la ex presidenta sigue liderando la facción mayoritaria del peronismo (aunque el peronismo sea cada vez más minoritario). Sin embargo, ya van tres elecciones en las que no figura al frente de una boleta: 2019 (secundando a Alberto), 2021 y 2023. Y llega una elección más, que en este sentido será decisiva: si el año que viene Cristina encabeza la lista de diputados de la provincia de Buenos Aires, nadie imagina una PASO entre ella y un representante de Kicillof. En este escenario, Cristina recuperaría el liderazgo, y la disputa interna se terminaría instantáneamente. Imaginemos la escena: desde su despacho en el Instituto Patria, después de jugar durante un tiempo con el suspenso, Cristina anuncia que se sacrificará una vez más y disputará la elección. “En la otra sala está Máximo, armen juntos la lista”. 

Resulta que hoy se disputa, entre La Cámpora y Axel Kicillof, la interna más loca del mundo, que es loca porque es indescifrable. ¿Qué separa a los antiguos compañeros de banco?

Pero si decide no presentarse, entonces las cosas cambian por completo. El problema principal de La Cámpora sigue siendo la ausencia de dirigentes con una representación social amplia, un déficit que el interesante proyecto de la candidatura de Wado de Pedro buscaba resolver pero que sigue presente, como demuestra la interna con Axel y el hecho de que el otro dirigente que emergió como una novedad por izquierda, Juan Grabois, tampoco pertenece a la organización. En la hipótesis de una elección sin Cristina, La Cámpora será parte de algo más grande, los intendentes harán su juego, florecerán mil flores. Un Axel más suelto –más bailable– podrá seguir con su plan de articulación con sectores ajenos al corazón cristinista. Ya se reunió con Maximiliano Pullaro e Ignacio Torres y planea futuros encuentros con los gobernadores de La Rioja y La Pampa. Como Alfonsín, que proponía crecer hacia el Sur, hacia el frío, Axel debe crecer hacia el desierto no kirchnerista: hacia Lousteau, hacia Córdoba. 

Actualización doctrinaria

Ninguna de estas especulaciones tendrá sentido si el peronismo no procede antes a una renovación programática, a una, por citar a Perón, actualización doctrinaria, el tema al que dedicamos este dossier de Le Monde diplomatique. El peronismo viene de una derrota dura, tanto más rotunda por cuanto reveló no sólo su fragilidad electoral sino su incapacidad para conectar con la sociedad, la que se suponía era su principal virtud, esa disposición a sintonizar siempre con el clima de la época. Esta dificultad queda en evidencia con la noción, que circuló mucho en la última campaña, de “micromilitancia”, es decir la estrategia de convencer uno a uno a ciudadanos sueltos: el compañero de trabajo, el tío medio facho, el portero. Pero lo que se escondía detrás de esta idea era la incapacidad para interpelar a sectores más amplios e incluso el hastío social hacia la palabra “militancia”, que quedaba convenientemente disimulada detrás del prefijo “micro”. En realidad, lo que revelaba la micromilitancia era el fracaso de la militancia.

La desorientación política del peronismo se verifica también en algunas apuestas que se juegan con entusiasmo en las mesas de arena, como la que propone como nuevo líder a… ¡Guillermo Moreno!, bajo la hipótesis de que a un exaltado libertario habrá que oponerle un exaltado peronista, como aquellos que en tiempos de Marcos Peña y Durán Barba proponían crear “un PRO de izquierda”; o la otra conjetura, no menos tirada de los pelos, de “Pichetto presidente”, en este caso a partir de la premisa de que, ante un gobierno que abjura de instituciones y rutinas, más vale apoyar al mejor ejemplar de la casta. Pero la política real no es un capítulo de “House of Cards” y bajo democracias presidencialistas lo habitual es que el Presidente tenga… votos (Eduardo Duhalde, que fue designado por la Asamblea Legislativa, venía de ganar las elecciones en la provincia de Buenos Aires y era el principal referente del peronismo).

Lo que revelan estas alucinaciones es sobre todo confusión. Como señalamos, el principal problema del peronismo no pasa hoy por su dirigencia o sus candidatos sino por su programa. Estamos ante un peronismo melancólico y como a la defensiva, que hace tiempo perdió su capacidad para interpretar a las nuevas realidades laborales, que ya no conquista a los jóvenes. Si en los años 40 los migrantes internos llegados de las provincias del Norte se unían en masa al peronismo, ¿a quién vota hoy un venezolano recién nacionalizado? Hasta ahora, el kirchnerismo ha bloqueado cualquier renovación sensata del pensamiento económico peronista (no se puede hablar de déficit fiscal hasta que Cristina dice que se puede hablar de déficit fiscal), pero la derrota contra el más radical de los opositores obliga a un replanteo. Entre las dos hipótesis extremas que se repiten en la historia, la que se apura a pronosticar su muerte y la que confía ciegamente en la inevitabilidad de su resurgimiento, el peronismo se acerca a una nueva hora decisiva.

1. www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-132501-2009-09-27.html

2.  www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-137951-2010-01-03.html

3.  ¿Por qué los jóvenes están volviendo a la política? De los indignados a La Cámpora, Debate, 2012.

4. Martín Rodríguez, https://panamarevista.com/clarividencia/

 

Por José Natanson / El Diplo

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