El infierno en la tierra y en el cielo

Actualidad 13 de noviembre de 2023
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En estos tiempos de incertidumbre, de angustia, de estupor, en los que vemos como en una película distópica cómo lo peor de cada casa se junta a odiar y a imaginar retorcidas formas de eliminación del otro, nos preguntamos una y otra vez: ¿cómo llegamos hasta acá? Tal vez, podamos rastrear algunas hebras del entramado que les permite a los dueños del poder –y a las pobres mentes colonizadas por sus inteligentísimas artimañas- imaginar sofisticadas maquinarias de crueldad.

Como es bien sabido, para que algo pueda existir en lo real, antes debe haber sido imaginado. Para bien y para mal. Parte de este retroceso es, a mi juicio, culpa de la incapacidad de imaginación política de nuestra época, tan chata, tan mediocre, tan pobre. Pero no en todas partes falta imaginación. Ellos, los amenazantes reivindicadores de la dictadura, los apasionados de la díscola locura del mercado, los payasescos blandidores de motosierras, ellos sí tienen imaginación. Traer la imagen de un niño embadurnado en vaselina entre las sábanas, o la de pedófilos, o llevarnos a componernos una situación en la que la gente de un barrio pobre se junta para vender sus órganos y así pagarse su propia cloaca, no es así nomás. Cuerpos despedazados, niños y órganos como mercancía y todos los fantasmas infernales de los recuerdos (conscientes o inconscientes) de los campos de concentración que el pueblo argentino guarda en su memoria.

¿De dónde sale esa creatividad para imaginar lo cruel?

Vayamos al origen de nuestra cultura judeocristiana.

Basta con darse un paseo por el Antiguo Testamento para leer como “el Uno” como llama Milei al dios de los judíos y de los cristianos, propone una y otra vez la eliminación de la raza humana (y también la de todos los seres vivos), cuando se siente ofendido. Si Sodoma y Gomorra están llenas de corruptos, entonces fuego y azufre y adiós. Si el Faraón quiere competir con él por su poderío, entonces ríos envenenados, plagas, pestes. Si toda su creación salió medio torcida, entonces un buen diluvio para terminar con todo y empezar de vuelta. Él mismo despide del cielo al ángel más hermoso de todos, Lucifer, por haber pecado de… no se sabe bien. Tal vez de desobediencia. Non serviam, parece que dijo. Pero de bello ángel de la mañana, convertido en un monstruoso deforme e infinitamente malévolo en un chasquear de dedos. Para no hablar de Eva y Adán que osaron morder la manzana del árbol del saber. Porque, ya se sabe, para ser feliz en el Paraíso, hay que ser ignorante. Una pregunta, una curiosidad, una duda, y todo se va al garete.

Pero, aunque la Biblia es muy prolífica en imágenes de terror (el Vía Crucis alcanzaría –o debería alcanzar- para dormir con la luz prendida para siempre), la imaginación de la crueldad no se reduce al libro más impreso de la historia. Entre paréntesis, siempre me pregunté por qué, habiendo tantas cosas que podrían representar a la religión cristiana, se elige llevar al cuello el instrumento de tortura de Jesús. No sólo al Jesús en el momento de estar siendo torturado, sino directamente el instrumento de tortura SIN Jesús. Algo así como si les militantes de DDHH lleváramos no un pañuelo blanco al cuello, sino una picanita eléctrica. En fin. Pero a lo que íbamos, no sólo la Biblia insufla creatividad del horror. Vayamos, por ejemplo, al Santo Ignacio de Loyola.

En su libro, publicado en 1548, propone retiros de treinta días, en los que, a través de la guía de esta suerte de manual, va proponiendo una gimnasia espiritual en la que el ejercitante se va acercando a interiorizar la doctrina. En el Ejercicio N° 5 explica cómo hacer que los seguidores se hagan una composición de lugar de cómo serían los castigos divinos, porque para imaginar, nada como imaginarse el Infierno.

Muchos años pasaron desde aquellos comienzos de la Compañía de Jesús en los que Ignacio de Loyola, como director espiritual, guiaba a los cristianos en los debates y las meditaciones.

La literatura debe haber inmortalizado escenas de estas en muchas obras. No conozco ninguna tan magistral como la que nos muestra al adolescente Stephen Dedalus, alter ego de James Joyce en su Retrato de un artista adolescente.

Escrita antes de su famoso monumento literario –Ulises-, Retrato de un artista adolescente toma como material el camino emprendido por el niño Joyce de seis años en un colegio de la Orden de los Jesuitas para egresar, otros dos colegios mediante, a los veinte, ya sin fe en la religión, pero convertido en un artista.

El tramo al que me refiero, está en el capítulo 3. Stephen ya no es un niñito, ha visitado prostitutas en su ciudad, se pelea con la madre que lo quiere devoto, y su familia ya ha descendido de una cierta comodidad de clase media, a la pobreza. Su alma es un cúmulo de tormentos porque quiere creer como cuando era inocente, pero ya no le sale. Entonces, llega el momento del retiro espiritual al que todos los alumnos están obligados a asistir. El padre Arnall es el encargado de dirigir los ejercicios espirituales. “Queridos hermanitos en Cristo” les dice a los muchachos, y los invita a hacerse, siguiendo a Loyola, una composición de lugar del infierno.

“-Vamos a tratar ahora de imaginarnos, en la medida que podamos, la naturaleza de aquella mansión de los condenados creada por la justicia de Dios ofendido, para eterno castigo de los pecadores. El infierno es una angosta, oscura y mefítica mazmorra, mansión de los demonios y las almas condenadas, llenas de fuego y de humo. La angostura de esta prisión ha sido expresamente dispuesta por Dios para castigo de aquellos que no quisieron seguir sus leyes. Allí, por razón del gran número de condenados, los prisioneros están hacinados unos contra otros en su horrendo calabozo, las paredes del cual se dice tienen cuatro mil millas de espesor.”

Los muchachos lo escuchan en total estado de estupor. El Padre Arnell se explaya largamente sobre la oscuridad total y sobre el hedor insoportable del infierno. Como todo el mundo sabe, en el infierno se arde en el fuego eterno. Pero el fuego, nos explica el Padre Arnell, no es mismo que conocemos en la tierra. Escuchemos: “… el fuego del infierno es de otra calidad y ha sido creado por Dios para torturar y castigar al impenitente pecador. (…) (…) Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios, y que no obra con propia actividad, sino como un instrumento de la divina venganza. Como las aguas del bautismo purifican el alma y el cuerpo al mismo tiempo, así el fuego del castigo tortura el espíritu y la carne. Todos los sentidos de la carne sufren tortura y todas las facultades del alma al mismo tiempo.”

Por qué asombrarnos tanto por la retorcida creatividad de la imaginería de los odiadores de nuestro tiempo, cuando desde hace más de dos mil años venimos educando a cada nueva generación en el morbo de una carne triturada por la ira de Dios. Porque, si Dios, el bueno, “el Uno”, el que está en el libro sobre el que juran muchos diputadas y diputadas, es capaz de torturar (repito, torturar), por qué no puede hacerlo un hombre cualquiera.

No, no estamos en peligro de ser gobernados por un loco. Estamos en peligro de ser gobernados por un hijo sano del patriarcado, muy bien educado en los preceptos de lo más rancio de la Iglesia Católica. A lo mejor, sin ánimo de ofender a ningún religioso, podríamos empezar por aquello de “Iglesia y Estado, asuntos separados”. Porque, que cada une le rece a quien le parezca que nos va a escuchar este 19 de noviembre, pero que no haya más dioses que destrocen eternamente la carne de los que no obedezcan y que la tortura sea, en este mundo y en cualquier otro, el pecado capital del que no podamos ni siquiera pecar de pensamiento. 

Por Raquel Robles / P12

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