Un robot, Putin y la ninfa Eco.

Actualidad 18 de julio de 2022
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Cuenta Ovidio en la “Metamorfosis” que Eco era una ninfa de la montaña, bella y parlanchina. Fue castigada por la diosa Juno y perdió la capacidad de expresar sus propias opiniones. En consecuencia, su destino fue no callar nunca y repetir lo que decían los demás. Cuando se enamoró del ególatra Narciso, no pudo establecer un fructífero diálogo con él, puesto que solo acertaba a duplicar sus palabras.

¿Qué sucedió con ellos? Narciso, igual que hizo con Eco, despreció a otras ninfas y jóvenes que se le acercaban. Su falta de compasión y empatía provocaron la indignación de la diosa de la venganza, Némesis, que decidió condenar a Narciso a consumirse poco a poco. Presa de una fuerte atracción por su propio reflejo en el agua, Narciso intentó en vano besarlo y abrazarlo. Luego dejó de comer y beber, iniciando un lento proceso de suicidio. 

Eco fue testigo de esta escena y, tras la muerte de su amado, se volatilizó en los bosques. Estaba subordinada a Narciso y sin él no podía existir. Tras ella solo quedó su castigo: esa reverberación de lo que se grita, una débil voz desprovista de voluntad.

Este mito tiene su origen en la Antigua Grecia. A lo largo de los milenios, la desventura de Eco inspiró a artistas de diversas disciplinas. También aquellos que utilizan la tecnología han prestado atención al poderoso mensaje que evoca la pérdida de opinión y criterio, la reducción de la voz a la condición de mera repetición de lo escuchado.

Este año, el prestigioso premio de arte electrónico ARCO-BEEP se ha otorgado a la obra Echo, cuyos autores son Lúa Coderch, Julia Múgica, Lluís Nacenta e Iván Paz. La presentó en ARCO la galería Àngels Barcelona y su producción contó con el apoyo de la galería Dilalica. Echo es un robot de apariencia simpática –me recuerda a los adorables monstruos de los hermanos Haas– y con una fuerte carga simbólica. A nivel técnico, es una estructura tapizada, lleva una melena de cabello sintético y está provista de altavoz, de micrófono y del ordenador de placa única Raspberry Pi.

Como todas las obras de arte robótico, Echo precisa de la interacción con los espectadores. Su particularidad es que repite todo lo que escucha, almacena estas palabras en su memoria y compone frases con ellas.

Para hacerlo, utiliza una técnica llamada cadena de Markov, la misma que se utiliza en los móviles para predecir y corregir las palabras que el usuario va escribiendo, y que le permite a Echo componer frases en base a un cálculo estadístico sobre las sucesiones de palabras que ha oído previamente. Su código de programación es abierto y se puede consultar en el perfil de Julia Múgica en la plataforma de desarrollo colaborativo GitHub.

Por lo tanto, Echo no está dotada de lo que habitualmente se considera inteligencia artificial, pero se trata de un robot que aprende, aunque de un modo muy distinto al de Siri. Echo escucha, repite y responde conforme a una lógica abierta a otros sentidos, e incluso al sinsentido.

Con esta obra, los artistas reflexionan sobre la voz, sobre su corporeidad y su significado, así como sobre el papel que la sociedad patriarcal ha otorgado a la mujer –repetir los discursos del hombre– y sobre los “castigos” que han recibido a lo largo de la historia todas las personas cuyo discurso no encajaba con el imperante. Y también sobre la necesidad intrínseca que nosotros, como seres humanos, tenemos de escuchar y de ser escuchados, y a la frustración que provoca la imposibilidad de hacerlo.

Echo no permanece en silencio; al contrario, no tiene ni siquiera la opción de guardar silencio. Echo es una voz sin discurso, que usa palabras que no son suyas y las convierte en sonido, como si derramara un líquido, una sopa.

Viendo lo que está ocurriendo en Rusia estos días y teniendo el triste privilegio de escuchar los discursos de Putin y de su círculo en su lengua original, me da la sensación de que estos políticos, funcionarios, representantes culturales y periodistas han sucumbido a la misma maldición que la ninfa Eco. No solo eso, están robotizados. Veo en ellos a una malvada personificación de la obra llamada Echo.

Sus voces no son portadoras de ningún significado. Hacen coros al enloquecido dictador, que se ama solo a sí mismo. Repiten lo que oyen, lo que hay que decir, lo “oficial”. Sus voces carecen de libre albedrío, de juicio o de valor moral. Igual que Echo, estos personajes almacenan las palabras, en este caso las de Putin. Las reelaboran y las sueltan de manera impulsiva y convulsa. La diferencia entre ellos y la obra de arte está en que la obra es colaborativa, funciona con código abierto, por lo cual es generosa con el público. La incontinencia verbal de Echo resulta graciosa. Por muy seria que sea la esencia conceptual de la obra en sí, tiene un componente humorístico.

Sin embargo, con su eco, el círculo de Putin está justificando una guerra, está velando por sus propios intereses. Ya no derrama la sopa, sino la sangre. A continuación, pondré algunos ejemplos. Aunque estas frases puedan parecer sacadas de algún chiste de mal gusto, no tienen la más mínima gracia. 

Lo peor de todo es que ellos mismos son una fuente de información autorizada: obligan a los ciudadanos rusos a repetir lo que dicen, convirtiendo, de este modo, a los rusos en una suerte de meta-eco.  Aquellos que se niegan a hacerlo, son castigados con multas, despidos, penas de cárcel, cierres de sus programas televisivos, de sus periódicos, de sus radios o de sus perfiles en redes sociales. Por lo general, están obligados a dejar el país, a desaparecer.

He aquí las frases que sabe decir Echo:

–Es por esto que digo lo que digo,

–los dinosaurios que estáis de acuerdo,

–hoy esta es la forma de hacerlo,

–estaría mucho mejor que me escucharas desde cerca y no desde todas partes

–no sé realmente cómo hacer qué cosa.

Argumentos con los que Putin y su coro de ecos justifican la “operación militar especial”:

–Estamos estableciendo la paz en Ucrania,

–no tenemos nada en contra del pueblo ucraniano,

–hoy son niños, mañana es el pueblo,

–los nazis, cuando huyeron, no dejaron piedra sobre piedra en Mariupol,

–las palomas infectadas en los laboratorios ucranianos esterilizaban a las mujeres rusas,

–somos un país y una nación que llama a nuestros hijos “chicos” y “chicas” y no

aceptamos el género neutro para el ser humano.

Nota: Tatiana Kourochkina

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