Las redes sociales como toxina

Actualidad 27 de enero de 2024
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La ciudad de Nueva York se ha convertido en la primera del mundo en calificar a las redes sociales como toxina medioambiental, en respuesta al peligro que suponen para la salud mental de unos jóvenes que, según la última oleada del estudio de Pew Research, las utilizan prácticamente todo el tiempo.

La calificación supone que la ciudad emita un comunicado y una serie de recomendaciones para todos los que tienen contacto con niños y adolescentes, advirtiendo de la peligrosidad de estas redes sociales para niños menores de catorce años, identificándolas como un peligro para la salud pública, y pidiendo a los reguladores estatales y federales que protejan a los jóvenes de las prácticas predatorias llevadas a cabo por las compañías de social media.

La situación es una consecuencia lógica de una evolución de las redes sociales que, en realidad, nunca debió tener lugar. El problema de las redes sociales no son las redes sociales como tales, supuestamente destinadas a que las personas vuelquen en ellas sus contactos personales para poder obtener información puntual sobre sus actividades, sino el perverso esquema que intenta, a toda costa, maximizar el tiempo de consumo de la herramienta para poder así mostrar más publicidad asociada con los intereses de sus usuarios.

Cuando surgieron las redes sociales, respondían a un esquema de uso perfectamente razonable: invita a tus amigos, y podrás saber lo que hacen habitualmente según vayan actualizando sus comentarios, fotografías, etc. La realidad era simplemente esa: pasabas de tener contactos y amigos a los que únicamente veías cada cierto tiempo, y que te actualizaban sobre su vida simplemente cuando coincidía que os veíais, a tener una información constante que te permitía saber mucho más, entendido de una manera sana, razonable y, además, agradable. Las redes sociales proporcionaban más oportunidades para el contacto habitual con personas de las que, de no existir esas redes, no sabrías prácticamente nada durante períodos largos de tiempo.

Esa situación original cambió cuando llegó Mark Zuckerberg con Facebook. La obsesión de la compañía en todo momento pasó a ser incrementar el tiempo de consumo a toda costa, primero con juegos y aplicaciones internas como FarmVille o Mafia Wars, después con modificaciones perversas en la forma de presentar la información que fomentaban un uso cada vez más enfermizo. Todo en nombre de poder exprimir más información de los usuarios, que era vendida al mejor postor para poder ofrecerla a los anunciantes.

Con esos cambios, Zuckerberg modificó completamente el contrato social referente a la publicidad, que pasó de ser una forma de financiar una actividad mostrando mensajes genéricos en función de las características del canal y de las pautas de consumo, a convertirse en un negocio multimillonario de espionaje constante y de intento de adaptar los mensajes a aquello que tenía más probabilidad de generar un clic. Al hacer esto, se dotó a las redes sociales de una característica prácticamente adictiva, de unos mecanismos de búsqueda de la popularidad a toda costa, de una viralidad y de una búsqueda de la influencia constante, agotadora. Publicar lo que hacías para que lo supieran tus amigos ya no tenía sentido: lo único que funcionaba era el sensacionalismo, el escándalo o el click fácil.

Con Mark Zuckerberg fue donde las redes sociales perdieron el norte y se convirtieron en algo pernicioso, negativo, adictivo y causante de problemas mentales, en un auténtico complejo industrial dedicado al espionaje masivo. Ese indeseable rompió el contrato social y abusó de la fórmula para, en primer lugar, convertirse en multimillonario a costa de cualquier cosa, poniendo en peligro desde la salud mental de las personas hasta la propia democracia, y convirtió a las compañías y a sus departamentos de marketing en los auténticos adictos a su tecnología, buscando constantemente formas de auto-inyectarse una relevancia para sus contenidos y anuncios que la compañía les dosificaba a su antojo.

No, la función social de internet no es nociva. No tendría por qué serlo. Lo que es nocivo es el diseño que Zuckerberg – y posteriormente, muchos otros – crearon para buscar dinero fácil. El diseño actual de muchas redes sociales es, en efecto, nocivo, y la única manera de evitarlo, además de terminando con su modelo de negocio basado en el espionaje sistemático, es educando a los usuarios en las técnicas que utilizan, enseñándoles a reconocer la forma en que la red social obtiene sus datos y les seduce para que pasen en ella más tiempo. Unas características que, como tales, deberían ser declaradas ilegales. Que el mismo personaje que dio lugar a la corrupción de las redes sociales para convertirlas en el fenómeno nocivo que son a día de hoy afirme ahora que pretende crear una inteligencia artificial general es, como mínimo, pavoroso.

Una evolución profundamente negativa de algo que nunca debió tener esas connotaciones, que estaba planteado simplemente como una forma de reducir las distancias y mejorar el contacto entre las personas, y que, por culpa de irresponsables como Zuckerberg, se convirtió en lo que hoy conocemos, en lo que la ciudad de Nueva York acaba de declarar como toxina, y que precisa, como todas los elementos potencialmente nocivos, de un adiestramiento especial para su uso. Cuando me preguntan el porqué de mi supuesta obsesión con ese personaje, me parece sumamente fácil de explicar: fue el que destrozó una propuesta de valor razonable y que reflejaba una característica de la especie humana, su componente social, y la convirtió en un esquema perverso, adictivo y destinado a la generación de dinero mediante el espionaje sistemático, algo que influyó de manera brutalmente negativa en nuestras sociedades y en su funcionamiento. Si eso no es como para tenerle manía y ponerlo a la altura de los grandes criminales de la historia, nada lo es.

Nota:https://www.enriquedans.com/

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