La guerra fría bipolar ya está en marcha

Actualidad - Internacional 12 de marzo de 2023
EEUU-Rusia-China-CP

Hace pocos días, el presidente ruso, Vladimir Putin, suspendió la participación del país en el último tratado de control de armas nucleares firmado con Estados Unidos. El acuerdo New START, era el último que quedaba entre ambos Estados y se había prorrogado por cinco años en 2021. Más allá de poner en palabras el famoso dicho “el que avisa no traiciona” – a sabiendas que Rusia es el país que posee la mayor cantidad de ojivas nucleares y, en este sentido, explicita su potencial uso como último recurso – el discurso del presidente ante el Parlamento tuvo otros conceptos de relevancia para analizar.

Por un lado, Putin afirmó que desde el siglo XIX Occidente ha intentado arrebatar a Rusia sus "tierras históricas, lo que ahora se llama Ucrania”, y que financió la revolución de 2014 que derrocó a un gobierno prorruso, para apoyar un gobierno de ideología neonazi. Según Putin, “Desde el año 2014, el Donbass ha luchado para defender el derecho a vivir en su propia tierra, a hablar su lengua materna, luchó y no se rindió bajo el bloqueo y los constantes bombardeos, el odio inconfesable del régimen de Kiev, y ha creído y ha esperado que Rusia acudiera al rescate”. Una lucha que rememora las viejas disputas de avance territorial del siglo XX, trayendo a colación una batalla ideológica que, aunque quisieran darla por muerte, se recicla bajo la propia impronta del ser social.

Más aún, a lo expuesto se le adiciona con fuerza el choque cultural, derivado de los cambios antropológicos de las últimas décadas: "Ellos (las élites occidentales) mienten constantemente, distorsionan los hechos históricos y no dejan de atacar nuestra cultura, la Iglesia Ortodoxa Rusa y otras organizaciones religiosas tradicionales de nuestro país". Bajo esta lógica, el mandatario se comprometió a proteger a los niños rusos de "la ideología de la degradación y la degeneración". De acuerdo con Putin, Rusia es "un país abierto y una civilización distintiva, pero sin pretensiones de exclusividad y superioridad". Esa imposición que sí, según el presidente ruso, ha querido imponer occidente a través de la globalización neoliberal. Podríamos decir ‘una macdonalización con rostro LGBT’.

Siguiendo con la temática económica, Occidente, según Putin, quiere dividir a Rusia y robarle sus vastos recursos naturales. Por ello “quiero construir un sistema seguro de pagos internacionales que reduzca la dependencia de Occidente. El comercio ruso se está reorientando hacia países que no nos aplican sanciones, ampliando nuestras prometedoras relaciones económicas exteriores, y construyendo nuevos corredores logísticos. Los datos que nos avalan se encuentran a la vista: la economía rusa resistió el conflicto mejor de lo que habían sostenido los expertos: el PBI se contrajo solo 2,1% el año pasado, por debajo del 2,9% previsto”. Este escenario pone una vez más sobre el tapete la relevancia de la economía real y los recursos estratégicos, los cuales Rusia cuenta en abundancia. Pero, además, manifiesta como el proceso de globalización y crecimiento económico de la periferia le jugó como un bumerang a los países centrales de las democracias occidentales: los mercados son para todos y, en el actual contexto de apertura multipolar, los grandes jugadores se posicionan en todas las geografías.

También Putin hablo en retrospectiva. El mandatario aseguró que Rusia no cometerá errores del pasado: aunque la defensa nacional es la prioridad más importante, al desarrollarla no se puede destruir la economía. "Las autoridades rusas saben lo que hay que hacer para un desarrollo constante, progresivo y soberano, a pesar de todas las presiones y amenazas externas". Es evidente que Rusia tiene claro que no puede equivocarse como en la extinta Unión Soviética, la cual sucumbió económica y financieramente ante las presiones de la carrera geopolítica y geoeconómica contra los EE.UU.

Por ello, para alcanzar el objetivo de su crecimiento económico sustentable, le habló a su consecuente ‘oligarquía económica’, base y sostén de un modelo corporativista aliado a su Elite política: “Los empresarios rusos que guardaban sus fondos en los países occidentales no solo observaron cómo los mismos fueron ‘congelados’, simplemente tuvieron que entender que han sido robados". Y señaló que los grandes empresarios rusos “deben comprender que seguirán siendo forasteros de segunda clase para Occidente”, por lo que les instó a quedarse en su patria y trabajar para sus compatriotas. Tal cual se plantea en su país aliado, China.

Justamente, el máximo responsable de la diplomacia del gigante asiático, Wang Yi, mantuvo una reunión con el secretario del Consejo de Seguridad ruso, Nikolái Pátrushev, en la cual sostuvo que “Las relaciones sino-rusas son maduras y sólidas como una roca; soportarán las pruebas de esta variable situación internacional. Claramente, podemos afirmar que los vínculos entre ambas naciones no sucumbirán a la presión de otros países”. No solo ambos Estados son socios económicos fundamentales: además, la administración de Xi Jinping ve a Rusia como un enemigo en primera línea de combate contra la influencia de la OTAN – especialmente estadounidense - en el Mar de la China Meridional, ‘su’ región que defiende con celosía.

En este sentido, China contradijo las afirmaciones de Estados Unidos sobre un supuesto envío de armas a Rusia, y advirtió que no aceptara la presión norteamericana. "Quien no para de proporcionar armas al campo de batalla es Estados Unidos, no China. Estados Unidos no está cualificado para dar órdenes a China, y nunca aceptaremos que Estados Unidos dicte o imponga cómo deben ser las relaciones sino-rusas", expresó el portavoz de la Cancillería China, Wang Wenbin.

Ante la discursiva del ‘lado oriental del muro’, la respuesta estadounidense no se hizo esperar: a pocos días de que se cumpla un año del comienzo del conflicto entre Rusia y Ucrania, el presidente estadounidense, Joe Biden, llegó hasta Kiev para reunirse con su par ucraniano Volodimir Zelenski. Allí anunció que su país le daría una ayuda de 500 millones de dólares para solventar la guerra. Posteriormente, frente a ciudadanos polacos y refugiados ucranianos en Varsovia, el mandatario aseguró que "las democracias del mundo velarán por la libertad hoy, mañana y siempre. Rusia nunca vencerá a Ucrania”. Palabras vacías en tiempos de guerra. Pero, además, con afirmaciones falsas.

Porque Biden sabe que Rusia no va a ser vencida militarmente. Básicamente por dos cuestiones:

1) Rusia (léase Putin) no va a permitirse una derrota. Nunca, y bajo ningún tipo de condicionamiento. Menos en el actual disruptivo escenario mundial actual.

2) La OTAN no se encuentra dispuesta a pagar el costo de la guerra física, real, de contacto, poniendo sus hombres en el campo de batalla. Armamento si, vidas humanas, no. No son muchos los gobiernos que resistirían políticamente el enfrentarse a madres que mandan a sus hijos a morir a tierras lejanas que, con sinceridad, nada les importan. No es políticamente correcto, pero, por más blancos y rubios que sean, los ciudadanos ucranianos no entran dentro del círculo preciado de los principales miembros Otanistas. Si los recursos naturales que bendicen sus tierras, o mismo la industria de la guerra, que también es un gran negocio; sin embargo, ello es muy difícil de comprender para el ciudadano global medio.

Es que una cosa es la política interior, los manejos internos, y otra la geopolítica y la geoeconomía con sus intereses macro. Que se afectan y son interdependientes, pero no son lo mismo. Y los nuevos regentes de la disputa bipolar, la OTAN por un lado, y la alianza sino-rusa con sus aliados por el otro, lo saben muy bien. Por ello, los países que quieren ser protagonistas del nuevo mundo se encuentran buscando ese equilibrio entre el poder y el querer de la política; entre el satisfacer las necesidades más básicas de sus poblaciones, y el encontrar la más sabia manera de eludir el peligroso ruido de los tambores de la guerra.

Por Pablo Kornblum / Economista y Doctor en Relaciones Internacionales * Ámbito Financiero

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