


Aunque no tenga los mejores chips, China ya gobierna la tecnología
Actualidad - Internacional29/11/2025




La reciente reflexión de The Economist sobre qué dominará el mundo a continuación destaca algo evidente: el avance de China más allá de su dependencia de microprocesadores de élite. Pero ese diagnóstico, legítimo, apenas roza la dimensión más profunda del giro estratégico que está protagonizando Beijing. Porque China no simplemente suplanta componentes: está construyendo una forma propia de dominar; una hegemonía basada en su densidad demográfica, su talento técnico masivo, su decisión de no depender y de reinventar.
Las sanciones que Estados Unidos impuso en 2022 y 2023 sobre exportaciones de semiconductores avanzados fueron diseñadas precisamente para intentar frenar a China. La idea era bloquear el acceso a los cuellos de botella tecnológicos, a la fotolitografía avanzada, a los equipos de fabricación de chips, a las herramientas de diseño y testing, etc. y así retrasar su capacidad de producir chips de vanguardia para inteligencia artificial, supercomputación o sistemas militares sensibles.
Pero lejos de paralizar al dragón, esas restricciones galvanizaron su apuesta por la autosuficiencia. El estado y las empresas movilizaron recursos masivos: fondos como el China Integrated Circuit Industry Investment Fund (y su brazo más reciente, el fondo específico para inteligencia artificial) financian la investigación, el diseño local, la producción y el desarrollo de cadenas de suministro autónomas. Gigantes chinos, desde empresas de chips hasta fabricantes de equipos, se están dotando de músculo propio: la producción de chips legacy continúa sin problemas, y se multiplican los proyectos para avanzar en DRAM, memoria avanzada, empaquetado, diseño, incluso herramientas de fabricación.
El resultado es que hoy vemos cómo empresas como CXMT anuncian módulos DRAM DDR5-8000 o LPDDR5X-10667 para PC y móviles, algo muy notable considerando que, al menos supuestamente, carecen de acceso a fabricación de vanguardia (sub-18 nm). Actores como Biren Technology, a pesar de las sanciones, siguen recibiendo inversiones estatales para desarrollar GPUs «domésticas». Y este empuje no es solo industrial: es civilizatorio: China disfruta de una fuente humana inagotable con decenas de millones de ingenieros, científicos, técnicos formándose cada año, con universidades, centros de investigación y ecosistemas de start-ups, todo ello en el contexto de un vasto mercado interno que puede absorber fraudes, pruebas, iteraciones. Esa densidad de talento y de mercado permite que errores, ineficiencias o chips inferiores no signifiquen un fracaso inmediato: forman parte del proceso de escala y aprendizaje.
Esa convicción, esa fe ciega en el «nosotros podemos hacerlo mejor, con nuestras propias reglas», sostiene la estrategia. No dependen de que les manden los chips más potentes: programan para que sus redes, sus centros de datos, sus servicios funcionen eficientemente incluso con hardware más modesto. Recientemente, algunos centros de datos estatales han recibido directivas para usar exclusivamente chips «made in China». La cuestión se vuelve, cada vez más, una exigencia política o incluso patriótica, no solo técnica.
Resulta significativo que, en paralelo, Estados Unidos considere volver a exportar ciertos chips (como los H200 de Nvidia) a China. Pero eso no cambia el paisaje: el daño ya está hecho. En lugar de frenarse, la curva china se ha transformado en otra dimensión. Las restricciones han logrado crear una infraestructura tecnológica alternativa, no satélite, sino central, al dominio tradicional occidental.
Esto confirma algo que vengo sosteniendo desde hace tiempo: China no persigue jugar al ajedrez con las reglas del adversario, sino que está inventando su propio tablero. Si Occidente sigue obsesionada con los chips más poderosos, con la litografía más fina, con los benchmarks más altos… China apuesta por volumen, autonomía estratégica, talento masivo y adaptación de sistemas. Y así gana una ventaja más poderosa que cualquier transistor.
Porque al final, la tecnología no es solo potencia: es confianza, escala, resiliencia y soberanía. Y ahí China ya nos lleva década y media de ventaja.
Nota: https://www.enriquedans.com/























