Reflexiones de la vida diaria: el que no sea envidioso que tire la primera cintita roja

Actualidad 05 de diciembre de 2022
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La sana envidia es como el monstruo Nahuelito: muchos dicen que existe pero nadie la ha visto. La definición misma de envidia excluye la parte sana: sentimiento doloroso o desdicha por no poseer los bienes del otro, sean estos tangibles o intangibles. ¡Tomá pa vos!

Es lógico: nadie envidia los males del otro. Uno envidia los bienes.

Y me da mucha envidia la gente que puede manejar su envidia, aunque la verdad, ¡no les creo nada! Porque la envidia en el ser humano viene de serie y de fábrica.

Para algunas religiones la envidia es un pecado capital. Digo yo: si uno vive en Provincia, ¿deja de ser pecado o pasa a ser pecado provincial?

Claro: tampoco es que la envidia me carcoma, pero hay momentos en que no la puedo evitar, seguramente como usted, aunque no me lo reconozca.

Por ejemplo, cuando viajo en avión o en micro y veo que alguien duerme como un oso hibernando en la era glacial. Y no solo eso: ¡lo disfruta! Para mi, dormir en un micro o en un avión, es más difícil que rascarse el ojo con el codo. Sobre todo porque no quepo: así logre dormirme, tengo que hacerlo en una posición que para corregirla lleva después 36 horas de kinesiología, 2 kilos de desinflamantes y millones de promesas de no viajar más.

Otro caso: las personas que disfrutan de hacer gimnasia. Yo los veo ahí, sudorosos y altaneros desde la ventana del gimnasio con cara de “mirá qué bien la estoy pasando”. Ojo: no envidio su capacidad para hacer gimnasia: ¡lo que envidio es su capacidad de creerse que están disfrutando! No es natural hacer lagartijas, abdominales o algunas posiciones del Kama Sutra. Si Dios hubiese querido que hagamos gimnasia nos habría dado gimnasios en lugar de iglesias y en lugar de sacerdotes, personal trainers.

¿Y esa gente que come de todo y no tiene que hacer dieta ni tiene problemas de salud? ¿Cómo es posible que haya gente así en el mundo? ¿Tienen derecho a sentarse en un restorán y pedir todo lo que yo no puedo comer en mis narices? ¡Esta es la famosa desigualdad de clases! ¡Cómo no los voy a envidiar! Yo llego a comerme un vigésimo de la parrillada que están manducando y me tienen que destapar 36 arterias. Y no me diga que usted, a menos que sea “de esos”, no siente lo mismo cuando se los topa porque le creo menos que a político neoliberal anunciando que a todos nos va a ir mejor si lo votamos.

Dentro de esta clase de gente envidiable, hay un subgrupo que me genera una envidia que me dan ganas de cortarme las venas con un código QR: los que no sufren los cambios climáticos, ni el frío, ni el calor, y no solo eso: uno los puede ver en un día de 632 grados a la sombra manducándose un plato de mondongo a la española o un guiso de lentejas rebajado con un tubo de tinto natural, sin hielo. ¡Eso es pornografía! Deberían tener un poco de pudor, y los restaurantes deberían tener biombos para que el resto de los mortales no tengamos que soportar semejante espectáculo. No solo me dan envidia: me ponen nervioso. ¡Si hasta creo que así contribuyen al calentamiento global!

En ese mismo rubro podrían entrar esos seres humanos, si se me permite casi despreciables, que no se enferman nunca:  nunca tuvieron una línea de fiebre, desconocen los horrores de una gastroenteritis y sobrevivieron a 16 pandemias sin siquiera ponerse repelente. Es más: ¡algunos no tienen ni obra social! ¿Cómo se hace para no envidiarlos, sobre todo cuando cada dos meses a uno le aumentan la prepaga?

Y ni hablar de esos tipos que salen de su casa a la mañana con la camisa impecable y luego de un largo día de trabajo vuelven a su casa con el cuello y los puños de la camisa más blancos que cuando salieron. A mi no me engañan: esa gente se cambia la camisa cada dos horas. Y tiene un peluquero debajo del escritorio. No puedo no envidarlos: por más que lo intente, yo ya salgo de casa con el cuello amarillento… sobre todo cuando me dan los ataques de hepatitis.

La lista es interminable: envidio profundamente al que es un salame, lo sabe, y no le importa. Porque cuando yo me siento un salame, me importa y mucho. En cambio, ellos no: casi que son orgullosamente salames. Y a los que entienden que es un bitcoin. ¡Qué manera de envidarlos! Ni hablar de los que hacen negocios con bitcoins. Incluso envidio al que se fundió con bitcoins, porque al menos en un momento entendió de qué se trataba (o eso le pareció).

Y por último envidio insanamente a los que no tienen que laburar para vivir. Eso si: los envidio hasta que me hablan de “la cultura del trabajo”. Ahí la envidia pasa al epíteto en el que lo requete epitetiteo y lo mando a al epíteto que lo epitetió. Pero no con esas palabras…

Por Adrian Sroppelman * Telam

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