La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva dejó dos imágenes opuestas. El domingo a la noche, el presidente celebró una remontada que parecía improbable pocas semanas atrás. El lunes a la mañana, los inversores en San Pablo salieron a vender acciones de manera desesperada.
El resultado fue un derrumbe de la Bolsa, una fuerte devaluación del real y pérdidas que se extendieron por toda la región. Petrobras quedó entre las empresas más castigadas de la jornada, aunque no cambió nada su actividad. Una muestra más de la irracionalidad de los mercados.
La Bolsa brasileña llegó a desplomarse 17,34 por ciento y tuvo que frenar las operaciones durante media hora. Cerró con una caída de casi 14 por ciento, la peor en seis años.
El mecanismo que suspende las operaciones ante caídas bruscas, conocido como circuit breaker, no se activaba desde marzo de 2020, en plena pandemia. Esta vez no hubo un virus desconocido ni la quiebra de un banco. Hubo una elección democrática que confirmó a un presidente que gobierna el país desde hace cuatro años.
Una apuesta que salió mal
Buena parte de los grandes fondos de inversión había dado por hecha la victoria de Flávio Bolsonaro. El candidato de la derecha ganó la primera vuelta del 4 de octubre con el 47,03 por ciento de los votos, contra el 45,16 de Lula. Al día siguiente, la Bolsa superó por primera vez los 200 mil puntos y el dólar perforó los cinco reales.
Pero las urnas contaron otra historia. Lula obtuvo el 51,79 por ciento de los votos válidos, contra el 48,21 de Bolsonaro, con una diferencia de más de 4,4 millones de votos. Fue la primera vez desde el regreso de la democracia que el ganador de la primera vuelta perdió el balotaje.
Para los inversores, el resultado significó desarmar en pocas horas una apuesta construida durante semanas. La economía brasileña no cambió durante la madrugada del domingo. Lo que cambió fue la distancia entre lo que esperaban los operadores y lo que decidieron los votantes.
El caso Petrobras
Petrobras es el ejemplo más llamativo del comportamiento irracional del mercado. Las acciones de la petrolera estatal llegaron a caer cerca de 12 por ciento en San Pablo. Sin embargo, la empresa seguía teniendo las mismas reservas, las mismas refinerías y los mismos proyectos que el viernes.
La propia presidenta de la compañía, Magda Chambriard, salió a cuestionar la reacción. En una entrevista con Reuters calificó la baja como un movimiento especulativo que no reflejaba los fundamentos de la empresa. Y agregó que era un buen momento para comprar acciones, aunque ella no pudiera hacerlo.
Detrás del castigo hay una discusión sobre el papel del Estado. Lula considera a Petrobras una herramienta de desarrollo, que debe combinar rentabilidad con inversión productiva y seguridad energética. Para los fondos que priorizan el reparto inmediato de dividendos, esa orientación es menos atractiva. Pero una preferencia financiera no convierte a la empresa en un mal negocio.
El golpe se repitió en otras compañías. Magazine Luiza perdió casi 60 por ciento de su valor en un solo día, y otras empresas ligadas al consumo cayeron más de 40 por ciento, golpeadas por la suba de las tasas de interés. Los grandes bancos llegaron a perder cerca de un tercio de su valor en Nueva York.
Una economía que sigue funcionando
La reacción del mercado contrasta con el estado de la economía. El FMI proyecta para Brasil un crecimiento de 2,2 por ciento este año, una inflación de 4,4 por ciento y un desempleo de 6,2 por ciento. Es una economía que crece y que sostiene el mercado de trabajo.
Brasil cuenta con un mercado interno de más de 200 millones de habitantes, una estructura industrial diversificada, un sector agroexportador competitivo y empresas de escala internacional.
La continuidad de Lula significa mantener una orientación económica que busca sostener la demanda interna, los ingresos de los trabajadores y la inversión pública. Por eso la ola de venta de activos bursátiles refleja un comportamiento de manada e irracional de los inversores.
El impacto en la Argentina
La turbulencia financiera cruzó la frontera. El Merval llegó a caer más de 5 por ciento y cerró con una baja de 3. Las acciones argentinas en Wall Street perdieron hasta 11 por ciento. El riesgo país, que había abierto en 707 puntos, terminó por encima de los 760, el nivel más alto en un año. El dólar subió diez pesos y se vendió a 1560 en el Banco Nación, un máximo nominal.
Mercado Libre muestra bien el canal de contagio. La empresa nació en la Argentina, pero Brasil es su principal mercado. Sus acciones cayeron casi 11 por ciento, tres semanas después de haber subido cerca de 10 por ciento con el triunfo de Bolsonaro en primera vuelta.
El impacto no es solo financiero. Brasil es el principal socio comercial de la Argentina y el destino clave de su industria. Un real más barato encarece los productos argentinos en Brasil. La industria automotriz es la más expuesta, porque buena parte de su producción se vende al país vecino. Y el golpe llega cuando la actividad local ya muestra dificultades.
La otra vía es la de los fondos. Los grandes inversores manejan América Latina como una sola cartera. Cuando reducen posiciones en Brasil, también venden bonos y acciones argentinas, aunque nada haya cambiado en la capacidad de pago del país. La elección brasileña no creó los problemas argentinos, pero sumó presión sobre un mercado que ya venía frágil.
Una sacudida regional
El efecto se extendió al resto de la región. El Colcap colombiano llegó a perder 2,5 por ciento y la Bolsa de Santiago cerró en su nivel más bajo en cinco meses. En Chile, las más golpeadas fueron las empresas con negocios en Brasil: Enel Américas cayó 8,6 por ciento y Latam, cerca de 6.
El contraste lo dio Wall Street, que cerró con subas. La reacción estuvo concentrada en Brasil y se extendió rápido a los países vecinos.
El resultado también tiene una lectura política. La victoria de Lula frustró la llegada al poder de un aliado de Donald Trump. El presidente brasileño defiende una política exterior autónoma, relaciones comerciales diversificadas y un rol activo en los BRICS.
Los inversores pueden preferir privatizaciones, recortes y menos Estado. También pueden preocuparse por la deuda. Pero esas preferencias no vuelven malos negocios a empresas que producen, venden y ganan dinero.
El domingo, más de 124 millones de brasileños eligieron quién los gobernará los próximos cuatro años. El lunes, las pantallas se tiñeron de rojo, empujadas por la brutal corrección de carteras luego de la apuesta del establishment por Flavio Bolsonaro. Pero Petrobras no dejó de producir un solo barril y el mercado mostró otra vez que su comportamiento no sigue lógicas sino que es absolutamente irracional.





























