La Argentina de Milei, final de juego

Economía20/09/2026

Quizá uno de los momentos más insólitos de la gestión del ministro de Economía, Luis Caputo, haya sido la comparación que acaba de intentar, sin ruborizarse, entre el programa cuya autoría comparte con Javier Milei y el de las zonas económicas especiales creadas por China para introducir gradualmente relaciones de mercado en una economía hasta entonces comunista.

La comparación fue tan absurda que hasta logró dar un poco de vergüenza ajena. Y para explicarlo no hace falta citar a ningún especialista en la potencia asiática. Cualquier lector interesado en economía sabe, aunque sea a grandes rasgos, lo que sucede en China. En rigor, cualquiera que consuma información de actualidad sabe que en el capitalismo global existen dos grandes potencias económicas. Sabe también que ninguna está en decadencia, pero que una avanza bastante más rápido que la otra, lo que genera tensiones profundas en el orden económico mundial. Tan profundas que hasta voló por los aires una globalización de medio siglo.

La planificación y la estabilidad política china

Hilando apenas un poco más fino, cualquier lector atento sabe que China es la gran fábrica del mundo y que llegó a ese lugar como resultado de una planificación sostenida que tiene por detrás un factor pocas veces puesto en primer plano por los analistas occidentales: su estabilidad política. Va de suyo que no puede haber planificación económica de largo plazo sin proyecto hegemónico y relaciones de poder estables.

Su modelo político, que algunos “Occidente-céntricos” acríticos llaman –tontamente, para decirlo de manera suave– “dictadura comunista”, es en realidad la continuidad histórica de un modelo milenario. No se niega aquí la revolución maoísta ni el rol hegemónico del PCCh, pero la forma en que se seleccionan los funcionarios no es muy distinta de la que practicaron durante siglos sucesivas dinastías (véase, por ejemplo, el imperdible “En busca de la China moderna”, de Jonathan Spence). Nadie llega a dirigente sin haber atravesado rigurosos procesos de selección intelectual. Nadie dirige una provincia sin antes haber dirigido un municipio. Y nadie dirige el Estado sin haberse fogueado dirigiendo exitosamente una provincia. En China es inimaginable que llegue al máximo poder del Estado alguien sin formación y sin experiencia de gobierno. Hay un partido único, es verdad, pero hay más elecciones internas que nunca antes en miles de años de historia. Las plutocracias occidentales, que desde hace décadas pierden notablemente la carrera del desarrollo y en cuyas sociedades se profundizan la polarización social, la exclusión y epidemias como la del fentanilo, tienen escasa autoridad moral para levantar deditos acusatorios. Además, es un poco obtuso creer que el único modelo político históricamente superior es el propio. También es bastante primitivo creer que allende las propias fronteras solo habitan los bárbaros.

Dos modelos económicos contrapuestos

El segundo gran absurdo de la comparación caputiana es no advertir que China es un país que profundizó su industrialización, llevó adelante una verdadera revolución industrial que sacó a millones de campesinos de la subsistencia, se urbanizó y, muy especialmente –esta es la característica más importante de la acción de su gobierno–, potenció el desarrollo de la infraestructura de todo tipo, lo que cualquiera puede ver en la propaganda que China exporta al mundo: obras, obras y más obras; autopistas, trenes de alta velocidad, grandes estructuras, parques industriales y kilómetros de grandes edificios. Inversión en I+D y alunizaje en el lado oscuro de la Luna. Esta dimensión llevó a algunos autores a caracterizar al gobierno chino como un “gobierno de ingenieros” frente al “gobierno de abogados” estadounidense (véase, por ejemplo, “Breakneck”, del sino-estadounidense Dan Wang, un texto nada complaciente con el modelo chino). En contrapartida, el modelo de Milei-Caputo es esencialmente reprimarizador, desprecia la industria y, literalmente, destruye la infraestructura. Sostiene taxativamente que la obra pública es un robo y, en el límite del absurdo y en el altar del superávit fiscal centrado en la destrucción del Estado, ni siquiera amortiza la infraestructura existente. Visto en perspectiva, la Argentina de Milei-Caputo es una casa abandonada y una fábrica herrumbrada.

Finalmente, la comparación entre los dos países es especialmente desafortunada porque, mientras China es el gran ejemplo mundial de desarrollo, Argentina fue en el último medio siglo, con la excepción de la anomalía de la primera década del siglo XXI, un ejemplo frustrante de “desdesarrollo”. En el último medio siglo se registró un deterioro persistente en la provisión de bienes públicos: se transfirieron progresivamente la salud y la educación públicas a las provincias, avanzó la educación privada introduciendo una brecha cognitiva de clase, como acaban de mostrarlo las pruebas PISA. Se enajenó, mayormente a precio vil, el patrimonio público y se descomplejizó progresivamente el aparato productivo, con retracción del peso de la industria en el agregado. Bajo las banderas de un falso federalismo, plasmado en la reforma constitucional de 1994, se redujo el poder negociador del Estado nacional. Desde una perspectiva macroeconómica, se perdió la función de reserva de valor de la moneda. Estas transformaciones en la base material se tradujeron en una reducción del peso de las clases medias que alguna vez diferenciaron a la sociedad argentina del resto de la región. Ya no. El mileísmo llegó para completar este proceso, para asestar el golpe final a las funciones esenciales del Estado.

La excusa para destruir los restos del sector público fue la supuesta búsqueda de la estabilidad macroeconómica, una estabilidad relativa que hoy se logra por la vía de la recesión de todas las actividades ligadas al mercado interno. Sin embargo, la recesión interna no solo desperdicia los ingresos extraordinarios del auge exportador, sino que también da lugar a otra dimensión contraria a lo que existe en China: la inestabilidad política y la imposibilidad de plasmar un modelo de desarrollo hegemónico y sustentable a mediano plazo.

Por Claudio Scaletta / El Destape

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