La economía muerta del experto en crecimiento

Economía10/09/2026

Suele decirse que cualquier economista que prediga una crisis siempre acertará y pasará por oráculo, aunque la verdadera destreza consista en acertar el cuándo con alguna exactitud. Desde esta perspectiva, solo se trataría de momentos del ciclo. Pero no es así: son vulgarizaciones. Las cifras recesivas del presente son algo más grave que el resultado de los ciclos; son la consecuencia de las malas políticas implementadas.

No es que algo haya salido mal, mucho menos la zoncera de que la macro está bien y que, si se persiste, más temprano que tarde la micro reaccionará. Los ciclos económicos existen, pero la política económica se inventó, precisamente, para conducirlos. Esa es su función, por definición. Si hacer política económica fuese solamente una cuestión de administración presupuestaria, de debe y haber, la economía sería una ciencia redundante, innecesaria.

Pero lo más triste del presente es que nadie que conozca un poco del abecé de la ciencia desconocía que las políticas que se implementaron eran recesivas. La diferencia es que, para una parte importante de los economistas oficialistas, la recesión era un objetivo. Se necesitaba atravesar el valle de lágrimas del ajuste asimétrico, con la factura a cargo de los más débiles. Si se ponen a un lado las intenciones –que, en este caso, serían los intereses de la clase social victoriosa en la disputa– y se mira solamente la técnica, el problema es que destruir la demanda agregada tiene consecuencias muy concretas. A ello se agrega que de las recesiones se sale con políticas activas. Por sí solas, las fuerzas del mercado no resuelven las recesiones. Se trata de algo que la teoría económica ya sabe desde hace por lo menos un siglo, aunque recién se haya formalizado en 1936.

Luego, además de la teoría, está la práctica. La historia local es un gran laboratorio: cada vez que los ajustes desembocaron en grandes recesiones, sus cultores invitaron a persistir, a “profundizar”. Si un gobierno reaccionaba tardíamente para evitar el fracaso, se le achacaba no haber profundizado lo suficiente, no haber ido “al hueso”. Quizá la frase que mejor sintetice este estado de cosas sea la que se empleaba en los años ’90: hacer “cirugía mayor sin anestesia”. El mismísimo Mauricio Macri, cuyo gobierno batió récords de endeudamiento, trajo de regreso al FMI y terminó en recesión, sigue convencido de que su fracaso se debió a no haber ido a fondo. El pobre “Mauricio” no deja de sufrir porque Javier Milei le arrebató su “segundo tiempo” para concretar el sueño de “hacer lo mismo, pero más rápido”. Y, encima, destino ingrato, lo hizo hasta con quienes fueron sus funcionarios: de Bullrich a Sturzenegger, de Caputo a Santilli. Hasta la pseudoalberdiana ley Bases fue tipeada para el PRO. Y Milei fue todavía más audaz: no solo abdujo al macrismo residual, sino que, cartón lleno, se fue a La Rioja a buscar a los simbólicos Menem. El antiperonismo inoculado en dosis persistentes por el poder mediático sabe respetar las excepciones.

En el presente permanente, generado a diario por este poder, “el pasado” sería solamente la anomalía kirchnerista. Ninguno de los gobiernos neoliberales más recientes, de Carlos Menem a Macri, pasando por Fernando de la Rúa, formaría parte de ese pasado al que no se desea volver, aunque todos hayan terminado mal. Y cuando se habla de los datos positivos de la primera década del siglo –que tuvo sus bemoles–, desde el desendeudamiento y la mejora del poder adquisitivo del salario hasta la evolución del PIB y el consumo, en el contexto de una economía dinámica, salta a escena la más exitosa de las creaciones mediáticas: el mayor bienestar de los sectores populares habría sido “una ficción” y, al parecer, la sociedad no quiere volver a aquel tiempo en el que estaba mejor, pero “no era real”.

El presente, en cambio, sí es real. La industria no deja de caer –las cifras difundidas esta semana hablan de un impresionante 5 por ciento interanual– la construcción está parada, cierran comercios, cierran empresas. La inversión pública desapareció y la inversión extranjera, a pesar de todas las facilidades del RIGI, se encuentra en pisos históricos. Y no solo eso: el capital extranjero se va del país y le vende sus activos, a precio de ganga, a grupos locales. Una revancha nacionalista que los trolls financiados por la SIDE todavía no descubrieron, pero que seguramente Flacso ya está desmenuzando. Dicen que el capital vota con los pies. No sería de extrañar que sean estos grupos locales ganadores quienes definan al sucesor de Milei. Incluso la inflación, presentada como el gran éxito del modelo, a pesar de ser frenada a fuerza de deuda en divisas, se encuentra por encima de la que se registraba en aquel pasado de comienzos de siglo. Y, finalmente, todo lo que sucede en la economía encuentra su expresión última en el mercado de trabajo, cada vez más precarizado y con salarios de subsistencia. Vale recordar que, así como uno de los fines principales de la política económica es la conducción del ciclo, el fin de la política, aunque más subjetivo, es la mejora del bienestar de la población, una mejora que empieza en el mercado de trabajo.

Lo que sucede con la mora generalizada no es solo el resultado de la falta de regulación y de la fiesta de la usura, sino también un síntoma del deterioro persistente de los ingresos como producto del achicamiento del mercado interno. Las familias primero quemaron sus ahorros. Después, creyendo que el ajuste tendría fin, tomaron deuda para cubrir gastos corrientes y, al final del camino, como la recuperación nunca llegó, apareció la mora. Y no precisamente por haber comprado televisores para el Mundial, como señalara el especialista en crecimiento.

La expresión política de lo que sucede en la economía también era previsible: es la inestabilidad que se expresa en la incertidumbre sobre la reelección. Muchos de los políticos profesionales que se subieron al barco mileísta están recalculando. El debate se parece bastante al de fines de los ’90 y se sumerge en la pregunta acerca de qué hacer para compensar la recesión. La disputa enfrenta a un Milei dogmático, que proclama urbi et orbi que no se dejará vencer por los impulsos populistas y persistirá en el ajuste permanente –inevitable cuando la caída de la actividad interna hace caer la recaudación tributaria–, con sus funcionarios más pragmáticos que intentan convencerlo de la necesidad de algunas políticas activas; es decir, de la necesidad de conducir el ciclo. Suponiendo que ganen los pragmáticos, es probable que ya sea demasiado tarde para darla vuelta.

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