Existen varias respuestas. Una remite a una cuestión estructural por las sucesivas crisis cambiarias que generaron mecanismos preventivos de dolarización. Otra se vincula con la situación actual del gobierno de Milei. Este factor hoy se resume en un presidente débil en términos políticos y con una gestión frágil frente a una economía estancada, además de una morosidad explosiva de familias y pymes.
Otro elemento clave es el agotamiento del atraso cambiario como estrategia antiinflacionaria. El actual tipo de cambio es percibido como “barato” y, por lo tanto, la compra de dólares está impulsada por la expectativa de una próxima devaluación. El razonamiento es el siguiente: “Pierdo hoy, pero estoy convencido de que ganaré mucho más mañana”. Este comportamiento se consolidó con la repetición de crisis cambiarias durante las últimas décadas.
Esto brinda algunas señales para comprender por qué se adelanta la corrida cambiaria. Por ahora no tiene la forma clásica de una estampida contra las reservas ni de una disparada descontrolada de las cotizaciones. Se manifiesta en la compra creciente de dólares por parte de las personas, el aumento de las transferencias al exterior y el endurecimiento de las condiciones monetarias para evitar que la cotización suba muy por encima de los 1.500 pesos.
El balance cambiario de julio publicado por el Banco Central expone esa dinámica. La Formación de Activos Externos del sector privado no financiero alcanzó los 3.143 millones de dólares y acumuló 16.100 millones en los primeros siete meses de este año.
La foto inquietante de las cuentas de julio
El balance cambiario ofrece una radiografía privilegiada para comprender la inconsistencia del programa económico. La balanza de bienes registró en julio un superávit extraordinario de 4.077 millones de dólares. El complejo oleaginoso y cerealero aportó 3.482 millones netos, mientras que el sector petrolero sumó otros 740 millones.
Sin embargo, la cuenta corriente cambiaria terminó con un saldo positivo de apenas 413 millones. El 93% del superávit comercial del mes fue absorbido por el pago de intereses, el turismo y la remisión de utilidades y dividendos.
Los intereses consumieron 2.309 millones de dólares. Los viajes, pasajes y gastos con tarjetas dejaron un déficit de 1.018 millones. Las empresas giraron al exterior utilidades y dividendos por 463 millones. El formidable ingreso generado por las exportaciones quedó reducido de ese modo a una fracción.
Desde enero de 2024 hasta julio de 2026, la balanza de bienes acumuló un saldo favorable de 58.012 millones de dólares, según el informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) elaborado con los registros del Banco Central. La cuenta corriente cambiaria, en cambio, apenas reunió un superávit de 2.323 millones. El 96% de las divisas aportadas por el comercio de bienes se va por la canaleta del pago de intereses de la deuda, el turismo al exterior, la remisión de utilidades y otros componentes de la cuenta corriente.
El sector petrolero ha comenzado a ofrecer una contribución estructural de divisas por el crecimiento de Vaca Muerta. El agro continúa siendo el principal abastecedor del mercado cambiario, mientras que la minería incrementa sus exportaciones. El plan económico de Milei recibe, por lo tanto, una masa de divisas que otros gobiernos no tuvieron. Aun con este panorama extraordinariamente favorable, no consigue acumular reservas netas suficientes ni aliviar las tensiones en el mercado de cambios. Algo debe estar haciendo mal el Gobierno y algo debe estar mal en el diseño del programa económico porque resulta incomprensible que la lluvia de dólares comerciales y financieros que baña a la gestión de Milei termine provocando una sequía de divisas de libre disponibilidad en el Banco Central.

Desde la apertura del mercado cambiario para las personas, en abril de 2025, hasta julio pasado, la FAE sumó 48.971 millones de dólares. Si se suma el aporte neto de divisas de los tres grandes complejos exportadores (energía, agro y minería) el saldo total alcanza los 57.950 millones de dólares.
El ritmo de ingreso de dólares es tan intenso como el de salida. Es un movimiento profundamente perturbador para la estabilidad.
El precio atrasado del dólar en 1.500 pesos
La presión compradora de julio continuó en agosto, aunque todavía no está disponible el balance cambiario de ese mes. La señal aparece en el comportamiento del mercado. El riesgo país comenzó agosto en 411 puntos básicos, llegó a tocar los 532 y terminó el mes en 512, lo que implicó un alza del 19% . En tanto, el Merval retrocedió 12% medido en dólares. Los bonos soberanos cayeron y las acciones bancarias estuvieron entre las más castigadas.
Mientras tanto, el precio del dólar tuvo movimientos más acotados. No fue una demostración de fortaleza del programa, sino el resultado de una intervención cada vez más intensa sobre la liquidez y las tasas de interés.
El economista Federico Pastrana, de la consultora C-P, advierte que durante julio y agosto la contención de la cotización en torno a los 1.500 pesos estuvo acompañada por un endurecimiento de las condiciones monetarias. En los hechos, la estabilización del dólar dentro de la banda de flotación se convirtió en el objetivo central de la política monetaria.
La menor oferta estacional de divisas y la posibilidad de que disminuyan los ingresos financieros anticipan una tensión adicional. La economía queda encerrada de ese modo en una trampa construida por el propio programa. Si el Gobierno flexibiliza la política monetaria para intentar recuperar la actividad, aumenta la demanda de dólares. Si sube las tasas y retira pesos para defender la cotización, profundiza el estancamiento y agrava las dificultades financieras de familias y empresas.

La inflación oficial sigue calculándose con una estructura de ponderaciones desactualizada, que subestima la incidencia de servicios y tarifas en el gasto actual de los hogares. El Gobierno combina un dólar contenido a fuerza de tasas elevadas con un índice que no refleja adecuadamente el encarecimiento de la canasta de consumo.
Incluso con ese auxilio, la inflación no termina de converger a los niveles prometidos por Milei y su ministro de Economía, Luis Caputo. El costo para obtener cada décima de reducción es cada vez mayor.
La fragilidad política agrega presión a este esquema económico regresivo. El mercado ya no evalúa solamente las metas fiscales o el respaldo del Fondo Monetario. También calcula la capacidad del oficialismo para sostener el ajuste y concretar sus reformas. Las dudas sobre la reelección de Milei empiezan a intervenir en las cotizaciones de acciones y bonos, así como en el comienzo de la cobertura cambiaria.
Cuanto más se prolonga el atraso cambiario, mayor es la demanda de dólares “baratos”. Y cuanto más suben las tasas de interés para contenerla, más se deterioran la producción, el crédito y la recaudación. El intento de proteger el ancla cambiaria termina debilitando las bases fiscales y políticas que deberían sostenerla.
La inconsistencia ya no aparece solamente en las proyecciones de economistas críticos, puesto que queda reflejada en el balance cambiario del Banco Central, en el cual se observa que el superávit comercial se consume en el pago de intereses de la deuda, el turismo al exterior y la remisión de utilidades.
La prueba más contundente del fracaso del plan económico de Milei es que la corrida cambiaria comenzó a tomar velocidad y se adelantó en el calendario, sin esperar al año electoral.



























