




Una de las mayores victorias culturales de la derecha consiste en haber conseguido que sus reiterados fracasos económicos queden fuera del debate público, como si fueran ajenos al fiasco que provocaron. Cada experiencia conservadora se presenta como una novedad, aunque repita las mismas políticas y provoque consecuencias sociales similares. En cambio, los gobiernos que mejoraron los ingresos, ampliaron derechos y recuperaron niveles de empleo son identificados como “el pasado” al que no se debería regresar.


Esta alteración de la memoria económica es notable. El ajuste salarial, el endeudamiento externo, la apertura comercial, la desindustrialización, la subordinación al Fondo Monetario Internacional y el alineamiento automático con Estados Unidos no son considerados expresiones del pasado, pese a que lo son. Se los presenta como un camino moderno hacia el futuro.
Por el contrario, la recuperación del salario, la ampliación de la cobertura previsional, la protección de la industria, la regulación del mercado de cambios y una política exterior con mayores márgenes de autonomía son descalificadas como prácticas antiguas que condenaron a la Argentina al estancamiento.
La pregunta “¿querés volver al pasado?” es una trampa del sistema político y mediático conservador. ¿Cuál es ese pasado? La evidencia empírica muestra que Milei representa el pasado traumático, puesto que su política económica significa deuda, ajuste, cierre de empresas, desempleo y sometimiento al FMI.
La repetición del fracaso
La política económica liberal-libertaria es más de lo mismo; no ofrece ninguna innovación relevante. Su núcleo remite a los proyectos políticos de la última dictadura, el menemismo y el gobierno de Mauricio Macri. En todos ellos se desplegó, con diferentes intensidades, una combinación conocida que resultó devastadora para la economía real y las condiciones de vida de la mayoría de la población.
El menú, repetido pese a sus resultados desastrosos, está compuesto por la apertura importadora, la valorización financiera, el atraso cambiario, el vertiginoso endeudamiento externo, la pérdida de capacidades industriales, el deterioro de los ingresos y la creciente dependencia del financiamiento externo.
Hay que reconocer que la derecha política y económica tiene una autoestima elevada. Representa el peor pasado y se presenta como el mejor futuro. Milei reproduce esa matriz con una retórica agresiva y un ajuste ejecutado a mayor velocidad. Promete una transformación histórica, pero aplica un programa viejo.

Se reitera, entonces, el proceso de desindustrialización, que no consiste únicamente en el cierre de una fábrica y en el despido de miles de trabajadores. También implica abandonar conocimientos empresariales, proveedores, redes de innovación, capacidades tecnológicas y posibilidades de desarrollo.
Milei presenta esa destrucción como modernización. Ocurrió durante la dictadura, volvió a suceder en los ’90, se reiteró con Macri y reaparece ahora. El pasado del desastre económico se hace presente con mayor intensidad.
El regreso de la deuda y el FMI
El endeudamiento externo también es una pieza central del programa de Milei. La propaganda libertaria insiste en que el gobierno no toma deuda porque exhibe superávit fiscal. El nuevo acuerdo con el FMI y la acumulación de compromisos financieros desmienten esa afirmación.
El organismo financiero multilateral no es un observador neutral, puesto que audita las cuentas, establece metas, reclama reformas y condiciona la política cambiaria, monetaria y fiscal. El país sigue concentrando una porción extraordinaria de la cartera del Fondo y afronta un calendario muy exigente de vencimientos.
Milei profundiza esta dependencia, pero celebra la subordinación y convierte cada elogio de la conducción del FMI en una certificación de calidad de su programa. La historia vuelve a repetirse, es decir, el peor pasado se hace presente con Milei.
La secuencia de la bicicleta financiera es conocida. Primero ingresan capitales especulativos y préstamos para sostener la estabilidad cambiaria. Luego, al obtener una extraordinaria renta en dólares, esos capitales se retiran y dejan un exigente cronograma de vencimientos de intereses y capital de la deuda. De este modo, la economía queda condicionada por obligaciones crecientes hasta que la deuda termina convirtiéndose en la fuente principal de la crisis.

La clave es identificar cómo se alcanza esa estabilidad cambiaria y durante cuánto tiempo puede sostenerse.
El esquema actual descansa en el atraso cambiario, el ingreso de deuda, los desembolsos de organismos internacionales, en especial del FMI, el blanqueo rebautizado “Inocencia Fiscal” y las privatizaciones. Es decir, se utilizan ingresos extraordinarios, que se producen una sola vez, para sostener una paridad cambiaria atrasada.
La estabilidad actual no revela fortaleza, sino que posterga la manifestación del desequilibrio. Se acumulan obligaciones financieras y se entrega patrimonio estatal para sostener un dólar barato que, al mismo tiempo, debilita la producción nacional y estimula la demanda de divisas.
Este mecanismo también forma parte del traumático pasado financiero. La convertibilidad ofreció durante varios años la certeza de que un peso valía un dólar. Para sostenerla se recurrió al endeudamiento y a las privatizaciones, y cuando esos recursos se agotaron, estalló una crisis económica y social devastadora. Macri volvió a utilizar deuda para financiar el desequilibrio externo y contener el dólar, y el resultado fue la corrida de 2018 y el préstamo más grande en la historia del FMI.
Los gobiernos kirchneristas enfrentaron restricciones externas y aplicaron controles cambiarios. Esas regulaciones pueden haber sido administradas con errores, pero respondían a un problema real. Cuando una economía no genera los dólares suficientes para atender al mismo tiempo importaciones, turismo, ahorro, remisión de utilidades y vencimientos de deuda, debe administrar las divisas disponibles, endeudarse o devaluar.
El primer camino es atacado en el debate público como una restricción insoportable, mientras que el segundo es celebrado como libertad, aunque termine condicionando durante décadas a toda la sociedad. La regulación cambiaria hace visible las restricciones y provoca un rechazo inmediato; en cambio, la deuda las oculta durante un tiempo, hasta que llega el momento de pagarla.

La desaceleración de los precios no puede analizarse de manera aislada del derrumbe inicial de los salarios y de los ingresos de los jubilados. Los precios aumentan menos porque millones de personas compran menos, porque las empresas no pueden trasladar todos sus costos sin perder ventas y porque el dólar funciona como ancla.
La inflación fue contenida mediante un ajuste regresivo. Es una inflación reprimida por ingresos devastados, consumo deprimido y por una paridad cambiaria atrasada. En los ’90 también se logró, con una receta simiular, una estabilidad de precios que parecía definitiva.
Esto no significa desconocer el daño social y emocional que provoca una inflación elevada. Lo importante es discutir cómo se consigue reducirla y quién paga ese proceso. No es lo mismo lidiar con la inflación con salarios en recuperación, inversión productiva y una economía que genera dólares que hacerlo mediante recesión, pérdida de ingresos y endeudamiento externo.
La construcción del olvido selectivo
El éxito de la narrativa conservadora no puede explicarse solamente por la potencia de los grandes medios de comunicación o por la capacidad política de Milei. También existe la colaboración, culposa o cómplice, de dirigentes y fuerzas políticas pertenecientes a experiencias populares.
Algunos aceptan el balance histórico escrito por el mundo conservador. Piden disculpas por políticas que mejoraron la vida de las mayorías y renuncian al debate público sobre “el pasado”. Es insólito que se acepte que el deterioro argentino comenzó con los gobiernos que recuperaron salarios, empleo y producción, mientras se absuelve a quienes endeudaron, ajustaron y desindustrializaron el país.
Esto no implica negar errores de gestión ni desequilibrios económicos, pero esas fallas no deben absolver a quienes aplicaron varias veces las mismas políticas y provocaron crisis todavía más profundas.
La derecha consiguió apropiarse de la palabra “futuro” y esa victoria cultural permite que cada ciclo conservador empiece sin hacerse cargo del desastre dejado por el anterior.
La economía liberal-libertaria no está conduciendo a la Argentina hacia un territorio desconocido. Se sabe cuál será el desenlace, y no es confortable ese destino. Cuando Milei o las figuras políticas que el poder económico propone para reemplazarlo preguntan si la sociedad quiere volver al pasado, corresponde interpelar de cuál de ellos hablan. Porque el pasado más doloroso para la mayoría de la población es el que Milei presenta hoy como futuro.


























