


En tiempos de pestes, a todos los médicos les preguntan por la peste. Son climas de época. Las preguntas repetidas que reciben los economistas también sintetizan climas. Dicho de manera burda, si, por ejemplo, la pregunta recurrente es por el precio del dólar, es indicio de que al tope de la agenda económica se encuentra la inestabilidad cambiaria. Si la recurrente es por cómo se combate la inflación, va de suyo que el problema son los precios. En el presente todavía no se generalizó la pregunta por cómo salir del estancamiento, aunque ya flota en el aire. Pero buena parte del “círculo rojo”, y también de la población de a pie, advierte que el modelo libertario se agotó y solo tiene para ofrecer una continuidad desesperante. La recesión interna inducida para estabilizar se volvió eterna y la caja de herramientas libertaria para salir del parate está vacía. El escenario seguro es el de una inestabilidad política que irá in crescendo.


Dicho también de manera esquemática, el keynesianismo llegó al mundo como una necesidad de la teoría económica para resolver el problema de las recesiones. Nunca fue una religión estatista ni propuso Estados gigantescos, como lo caricaturizan quienes lo desconocen, sino que desarrolló el impulso de la demanda agregada (DA) como instrumento para romper los círculos viciosos de las recesiones. La asociación vulgar de keynesianismo con estatismo deriva de que uno de los componentes de la DA es el gasto público —el resto son el consumo, la inversión y las exportaciones netas—, que es el que más inmediatamente puede impulsar un gobierno cuando de salir de una recesión se trata.
Luego, como hablamos de teoría, es decir, de leyes económicas con relaciones causa-efecto, el instrumento funciona para los dos lados. Si la DA, en vez de expandirse, se contrae, la recesión se profundiza. Aparece entonces una secuencia bastante experimentada por la economía local en tiempos de neoliberalismo: cae la demanda, entonces cae la producción y, en consecuencia, cae la recaudación impositiva. Para un gobierno cuyo mantra es el equilibrio fiscal y que mira solamente uno de los componentes de la ecuación, el gasto, la reacción frente a la caída de los ingresos públicos es seguir reduciendo ese gasto, lo que genera la retroalimentación del círculo vicioso contractivo, generalmente retratado con la figura del perro que se muerde la cola.
Por eso, una pregunta recurrente del presente, a tono con el clima de época, es si un futuro gobierno popular estará compelido a mantener el equilibrio fiscal.
El gasto, los impuestos y la disputa distributiva
Es un poco agotador repetirlo, pero la ecuación del déficit tiene dos componentes: gastos e ingresos. El credo de la ortodoxia no es el equilibrio fiscal, sino la reducción del gasto, al que, correctamente, se asocia con los impuestos. Sobran los elementos discursivos en los que el propio Presidente lo enfatiza: “los impuestos son un robo, los evasores son héroes y el Estado debe ser destruido por dentro”. El problema es que la población ya advierte que no es “la casta” la que pierde privilegios con la reducción del gasto, sino ella misma la que pierde la provisión de bienes públicos más o menos esenciales. Se vacía el PAMI, los salarios públicos ajustan por debajo de la inflación, no se mantienen las rutas y la infraestructura en general, se pauperiza a las Fuerzas Armadas y de seguridad, se recortan las prestaciones a las personas con discapacidad y los maestros tienen ingresos por debajo de la línea de pobreza. Los hospitales públicos se desfinancian, los científicos emigran. Hasta se cierran los coros de niños, por si alguien necesitaba más símbolos de época.
La lista de todo lo que se pierde, de todo lo que se destruye, es terrible. En el camino, los medios de comunicación intentan convencer a la población, generalmente con éxito, de que no merece nada y que debe asumir la pobreza pública como una calamidad bíblica. De nuevo, el objetivo no es cuidar el equilibrio fiscal, sino atacar el gasto para reducir impuestos. El detalle es que no se trata de todos los impuestos, sino fundamentalmente de la carga tributaria que recae sobre los más ricos. Se reducen Bienes Personales, cargas patronales, retenciones, etc. Dicho de otra manera, se trata de un gobierno clasista que reduce las funciones del Estado para cobrar menos impuestos a los que más tienen. En términos marxistas, el mileísmo representa el triunfo absoluto de la burguesía en la lucha de clases.
La estructura impositiva y las relaciones de poder
Pero regresemos al déficit y a sus componentes. ¿Se puede mantener el equilibrio fiscal manteniendo las funciones básicas del Estado, es decir, sin reducir el gasto? Sí, se puede, pero se debe actuar sobre la estructura impositiva. No hace falta ponerse marxistas y hablar de lucha de clases para comprender que la estructura impositiva expresa las relaciones de poder al interior de la sociedad. Para que un gobierno mantenga al mismo tiempo el equilibrio fiscal y el gasto debe aumentar los impuestos. A quién le cobra mayores impuestos es una cuestión de relaciones de poder. Se supone que un gobierno popular, digamos peronista, debería cargar proporcionalmente más sobre los que más tienen.
Gastar más sin alterar la base tributaria es mucho más cómodo. Una vía es la emisión monetaria. Para alguna teoría optimista, la sola expansión de la DA vía el gasto genera sus propios recursos mediante la expansión de la producción y, en consecuencia, de la recaudación. El déficit se financiaría así a posteriori. Lástima que no funcione como un relojito. Incluso la teoría monetaria más heterodoxa, la llamada Teoría Monetaria Moderna, sostiene que los impuestos deben “retirar” una parte del dinero creado en el “momento uno” por un gasto que se inicia sin haber recaudado antes. Si esa mayor cantidad de dinero no se retira, se genera inflación. Lo que se quiere destacar es que incluso un gobierno que quiera impulsar la expansión del PIB mediante el aumento dirigido del gasto debe considerar cómo financiarlo, y eso demanda ocuparse del componente “olvidado” del equilibrio fiscal: la recaudación, los impuestos.
Por supuesto que lo más fácil es expandir el gasto sin una recaudación acorde, es decir, a posteriori y no ex ante. Es fácil porque no hay que pelearse con nadie, no hay que meterse con las relaciones de poder que determinan quién paga los impuestos. Pero es una opción destinada al fracaso porque, al final del camino, habrá inflación elevada, lo que terminará con el gobierno popular deslegitimado y afuera del poder. Y esto sin analizar lo que sucede en el sistema productivo, donde la inflación destruye las señales y los incentivos para una planificación ordenada del desarrollo.
Equilibrio fiscal y reconstrucción de la moneda
La primera respuesta preliminar para la pregunta de época es que sí: un gobierno popular deberá mantener el equilibrio fiscal como base para la reconstrucción de la moneda. Pero la única vía para conseguir este equilibrio no es la destrucción de la provisión de bienes públicos esenciales, sino la reforma impositiva sobre la base de nuevas relaciones de poder. Y esta no es una tarea fácil. Demanda mucha voluntad política, proyecto y rumbo claros, y funcionarios explicando todos los días a la población el camino que se está siguiendo. Los adversarios en la disputa, ya lo demostraron, son muy poderosos y eficientes en la generación de contradiscursos.
Finalmente queda una segunda pregunta fundamental para un futuro gobierno popular: qué hacer con la nueva condicionalidad del endeudamiento externo y, por extensión, cómo manejar la relación con los mercados, es decir, con los actores financieros. Es un tema que demandará un futuro texto, porque el espacio de estas líneas llegó a su fin.
Por Claudio Scaletta / El Destape


























