




El debate mediático por la inflación se volvió un poco zonzo. Aparece cierta alarma cuando hay un shock de precios estacionales y todo vuelve a la calma cuando la estacionalidad se retira. En julio el número fue del 2,1 por ciento y todo indica que el resto del año se mantendrá rondando el 2. El balance preliminar es que para todo el año se consolida un valor, inflexible a la baja, en torno al 30 por ciento anual.


Al parecer, salvo para los ideologizados y los cultores galileanos del “eppur si muove”, el cuentito del fenómeno exclusivamente monetario para explicar la inflación se fue al tacho. No hay expansión monetaria y toda la acción de la gestión económica se limita a manejar los flujos financieros —léase, tomar y refinanciar deuda— para que el dólar se mantenga recontra anclado. Finalmente, para profundizar el misterio más misterioso, tampoco hay puja distributiva entre precios y salarios, lo que no significa ausencia de puja.
El ancla salarial
Con la inflación corriendo al 30 por ciento, las paritarias permanecen siempre pisadas en torno al 1 mensual, lo que significa que al ancla cambiaria se suma la salarial. No es un dato técnico, es un sesgo de clase del Gobierno, la “no neutralidad” en la puja distributiva. Ello es así porque no se trata de un ajuste transitorio, sino de una política permanente. A ello se agregan las consecuencias de segunda vuelta: la destrucción de empresas y de empleo transforma al mercado de trabajo en una desgracia, lo que, vía pérdida de capacidad de negociación de los trabajadores, retroalimenta las presiones bajistas sobre el nivel de los ingresos salariales. Dicho de otra manera, no es un problema de falta de combatividad sindical para oponerse al modelo, sino que los sindicatos experimentan cómo sus bases se desvanecen bajo sus pies. Como fue señalado en este mismo espacio el pasado jueves, por primera vez el trabajo asalariado formal representa menos de la mitad de los ingresos del trabajo, a lo que se agrega que incluso los sectores dinámicos de la nueva economía expulsan empleo. El resultado general es matemática elemental: la caída en cuentagotas, pero constante, del poder adquisitivo del salario. Este es el fenómeno económico central del presente: los bajos salarios se volvieron el hilo conductor de la política económica.
Los bajos salarios como problema transversal
Acerquemos la lupa. Un efecto que los especialistas redescubren todos los meses cuando el Indec revela el número de la inflación es el necesario reacomodamiento de los precios relativos, la mayor suba de los servicios frente a los bienes. Es verdad, los servicios fueron perdiendo subsidios y sus precios suben por encima de la inflación, pero para el grueso de las economías familiares el verdadero problema no es el nuevo precio intrínseco de los servicios, sino, especialmente, los bajos salarios. Dicho por el absurdo, si hoy se retirasen de la ecuación los costos de los servicios, los salarios seguirían siendo escasos para cubrir las necesidades. Generalizando: los bajos salarios aparecen como el factor transversal detrás de buena parte de los fenómenos negativos de la economía, entre ellos, la profundización de la mora, el pluriempleo y, por supuesto, la crisis de demanda que impide el repunte de la economía interna.
Para los no iniciados, meterse con los principios de las teorías económicas puede ser tedioso, pero la ortodoxia en la que abreva el oficialismo cree firmemente en un axioma económico que dice que “la oferta genera su propia demanda” (“ley” de Say). La realidad del presente no refuta en sentido estricto la formulación original de Say, pero sí pone en cuestión la interpretación vulgar que hace la ortodoxia moderna de ese principio. El Gobierno generó montones de medidas “por el lado de la oferta”, como, entre otras, las bajas de impuestos a los más ricos, de costos salariales y de costos de la inversión vía dólar barato, pero “la propia demanda” se empeña en no crearse. Podría contraargumentarse que la oferta no creció y, por lo tanto, mal podría hacerlo la demanda, pero eso sería confundir una identidad contable con una relación causal, cuando lo que importa es la dinámica económica que determina por qué las empresas no encuentran suficiente demanda para expandir la producción. Superando incluso lo que no dijo el viejo Jean-Baptiste Say, lo que cree la ortodoxia moderna es que para que la economía crezca deben tomarse medidas por el lado de la oferta, y que hacerlo por el lado de la demanda sería una suerte de desvío keynesiano.
El crédito como único desvío
Aquí aparece un matiz: el único desvío por el lado de la demanda permitido en un proyecto ortodoxo y de clase como el de La Libertad Avanza sería el crediticio. Es uno de los componentes que se pensó que reactivaría la economía una vez estabilizada tras el primer shock de ajuste. Muchas economías familiares que creyeron en el oficialismo “y sin que nadie les ponga una pistola en la cabeza”, como señaló el Presidente con su habitual profundidad y empatía, tomaron créditos pensando que en el futuro mediato sus ingresos se recompondrían. Ocurrió lo contrario: los salarios retrocedieron y el resultado no fue la gran reactivación esperada, sino el aumento de la mora. La segunda vuelta en la secuencia es que la mora significa también restricción de la demanda presente y futura. Y la tercera vuelta es que los morosos dejan de ser sujetos de crédito, lo que restringe el mecanismo crediticio como impulsor de la demanda.
Finalmente, hasta aquí no se introdujo el factor de las altas tasas que acompañó y retroalimentó la morosidad. En los bancos comerciales, sin meterse en el horror del abuso de las fintech o el extremo del crédito informal, las tasas activas son hasta diez veces superiores a las pasivas (lo que se paga por los créditos frente a lo que se recibe por depósitos a plazo). No es una exageración: son los números, 20 frente a 200 por ciento anual. Y hay casos peores. Para intentar salvar parcialmente este problema de tasas astronómicas y, de paso, movilizar depósitos en dólares, el pasado jueves el BCRA comenzó a flexibilizar la normativa para los préstamos en moneda extranjera. Ahora también se permitirá prestar a empresas que no generen divisas, aunque las nuevas financiaciones estarán limitadas a un porcentaje de los depósitos en moneda extranjera y sometidas a mayores exigencias de capital y evaluación del riesgo cambiario. El límite establecido es del 15 por ciento. Nobleza obliga, no es un panorama similar al de la precrisis de 2001-2002, pero sí es abrir la caja de Pandora del riesgo de descalce cambiario para un objetivo cortoplacista, como es algún impulso a la demanda por la vía del crédito, por ejemplo; para la construcción, quizá lo máximo que puede esperarse de la matriz ideológica oficial. Mientras tanto, la verdadera restricción de fondo para la reactivación seguirá estando “por el lado de la demanda”, que seguirá determinada por la depresión salarial.
Por Claudio Scaletta / El Destape
























