Milei desde el jardín

Actualidad04/01/2026
Gardiner

El 7 de agosto de 1980 se estrenó en Argentina Desde el jardín, dirigida por Hal Ashby, con Peter Sellers y Shirley MacLaine, entre otras estrellas del firmamento cinematográfico. La película se inspiró en la novela homónima del escritor polaco-estadounidense Jerzy Kosiński, publicada unos diez años antes. Es una sátira sobre la ignorancia que padece el poder real y sobre la manipulación de los medios de comunicación (en aquella época centrada en la televisión), que crean una realidad hecha a medida de los intereses de ese poder. El personaje principal es Chance, un hombre de mediana edad que ha vivido toda su vida en la casa del Anciano, del que sólo sabemos que es adinerado y que ha tomado a nuestro héroe involuntario bajo su protección. Chance, cuya madre murió en el parto y cuyo padre nunca conoció, se ocupa del jardín de la mansión. Tiene una discapacidad intelectual, al parecer hereditaria: “Aunque su madre había sido muy bonita, había padecido de la misma falta de entendimiento que él; la delicada materia del cerebro, de la que brotaban todos los pensamientos, había quedado dañada para siempre”. Nunca pudo aprender a leer o escribir y posee sólo dos intereses: la jardinería y la televisión; el resto del mundo le genera la misma indiferencia. No ha salido nunca de la casa: “Para Chance las calles no existían. Si bien nunca había abandonado la casa y su jardín, la vida que transcurría del otro lado del muro no despertaba su curiosidad.” Al morir el Anciano, Chance, que legalmente no existe en ningún registro, es expulsado de la casa; se viste con la elegante ropa vintage del Anciano, toma una maleta de cuero en la que coloca sus pocas pertenencias y sale a un mundo desconocido que sólo observó en la pantalla de la tele de su cuarto. Mientras vaga por las calles, es atropellado por el chofer de Benjamin Rand, un anciano y poderoso empresario. El accidente es menor, pero la esposa del magnate (interpretada por la maravillosa Shirley MacLaine), que viaja en el auto, insiste en llevarlo a su casa para que lo revise el médico de su marido. Toma al elegante desconocido como alguien de su propio círculo social. El diálogo inicial entre ambos ilustra el abismo entre lo que dice Chance y lo que entienden sus interlocutores:

“-Yo soy Chance -tartamudeó y, por no parecerle esto suficiente, añadió-: el jardinero (the gardener).

-Chauncey Gardiner -repitió la señora.

Chance se dio cuenta de que le había cambiado el nombre. Dio por sentado que, al igual que en la televisión, en adelante debía usar su nuevo nombre.

-Mi marido y yo somos amigos desde hace mucho tiempo de Basil y Perdita Gardiner -prosiguió la mujer- ¿Por casualidad está usted emparentado con ellos, señor Gardiner?

-No, no tengo ningún parentesco con ellos -replicó Chance.”

Gardiner entra así al mundo del poder real, al encantar primero a la esposa del magnate y luego al propio Benjamin Rand. El magnate moribundo queda fascinado por las afirmaciones sobre jardinería del recién llegado, dichos que interpreta como metáforas sobre la vida en general y la economía en particular. Piensa que Gardiner está pasado por un momento difícil y con su ayuda logra que el jardinero elemental se transforme en una especie de gurú cuyas naderías silvestres llegan a líderes empresariales, políticos y periodistas, causando la misma buena impresión. Es celebrado en los sets de televisión, pero también en los foros de la ONU. En realidad, cada interlocutor escucha lo que quiere escuchar: “Por eso, cuando Chance habla, todos a su alrededor reemplazan, reponen, suplantan sus palabras por unos discursos propios e imaginarios. Nadie escucha ni ve de verdad al otro, sino su posible campo de poder.”  Ni el Presidente de los Estados Unidos, ni el propio embajador de la Unión Soviética escapan a ese magnetismo y piden investigarlo a fondo. Por supuesto, no llegan a ningún resultado concreto ya que, al menos legalmente, Chauncey Gardiner no existe. Hacia el final del libro, un grupo de hombres poderosos debate sobre cuál debería ser el compañero de fórmula del Presidente, candidato a su reelección:

“-Piensen en cambio en Gardiner. Permítanme que haga hincapié en un hecho que acaba de mencionar alguien muy autorizado: Gardiner carece de antecedentes. No es, ni puede resultar objetable para nadie. Tiene buena presencia, se expresa con propiedad y sale bien en la televisión. Además, por lo que atañe a sus opiniones, parece ser uno de los nuestros. Eso es todo. Está muy en claro lo que no es. Gardiner es nuestra única posibilidad.”

Apenas unos días después del accidente fortuito que lo llevó de la calle hasta la mansión de los Rand, Chance -el hombre cuya “delicada materia del cerebro había quedado dañada para siempre”- es propuesto como candidato a la Casa Blanca. Si quedara alguna duda sobre lo que piensa Kosiński de su héroe, el último párrafo de la novela la despeja por completo: “Ni un solo pensamiento turbó la mente de Chance. La paz reinaba en su corazón.”

Al describir a un líder que emerge de la nada, es impulsado por los medios de comunicación y logra seducir a su audiencia a través de aforismos elementales sin sustancia alguna, Desde el jardín tiene una gran actualidad. Porque no sólo trata de la ignorancia supina, casi extrovertida, de nuestras élites económicas sino de la defensa de sus intereses como prioridad excluyente.

Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, es nuestro Chauncey Gardiner. No por tener alguna discapacidad intelectual sino por su pensamienchauncey gardinerto rudimentario, que nos recuerda las parábolas paisajísticas de Gardiner, y por su falta de empatía hacia las mayorías. Las élites económicas del país lo apoyan porque saben que este líder relativamente bobo que repite principios huecos referidos a ejemplos de un mundo imaginario es el fiel garante de sus intereses. Ese es el punto crucial, el apoyo no nace del encanto generado por un gurú de pacotilla sino por haber encontrado a un rottweiler que no duda en atacar a jubilados, estudiantes o trabajadores con tal de defender el plan de negocios que esas mismas élites y sus repetidoras mediáticas llaman modelo económico. Un perro guardián muy barato, que no pretende jugar en las grandes ligas y se conforma con el porcentaje módico que su hermana -la Primera Dama- recauda de las enormes transacciones que enriquecen a sus mandantes.

“Nadie escucha ni ve de verdad al otro, sino su posible campo de poder”; eso significa, en el caso de Milei, que no tiene otro poder que el que le transfieren temporalmente aquellas élites. Así como el poder no está en Gardiner sino en el pequeño círculo que lo elige; ni Milei, ni sus legiones romanas imaginarias podrían resistir el embate del poder real: las grandes corporaciones y la justicia que les responde, los medios más concentrados y la Casa Blanca. Ese poder real intentará deshacerse de su marioneta apenas su encanto se evapore por las consecuencias catastróficas de sus decisiones políticas. Ocurrió en los ‘90, cuando los medios lograron imponer a la Alianza como una opción superadora al menemismo, cuando fue apenas un cambio de candidato para mantener el tambaleante modelo de la Convertibilidad.

Chauncey Gardiner dejará entonces de ser una persona encantadora, un tipo diferente, un sabio de la vida; para transformarse en lo que siempre fue: alguien extremadamente limitado, carente de empatía e inflado por los medios. Dependerá del kirchnerismo -la única oposición real- que su reemplazo no sea una nueva Alianza.

Por Sebastián Fernández / El Cohete

Te puede interesar
Lo más visto

Suscríbete al newsletter para recibir periódicamente las novedades en tu email