El peronismo después de la industria

Actualidad05/01/2026
diego-rivera-industria-automotriz

El capitalismo global entró en una nueva fase de aceleración evolutiva que está transformando las formas de producción a lo largo del planeta. En este escenario es imperioso intentar comprender los efectos que esta aceleración tendrá en el mundo del trabajo y, por extensión, en la organización política y, en última instancia, en la vida cotidiana.

Importa también que esta comprensión sea situada. Pensamos desde un país capitalista periférico, de tamaño medio, con abundancia “no extraordinaria” de recursos naturales, y que a juzgar por el progresivo deterioro de su infraestructura y de sus condiciones sociales, abortó parcialmente un proceso de desarrollo industrial incipiente.

Estas pocas definiciones conducen a dos dialécticas: una, entre localismo y globalismo, y otra –recurriendo a la jerga tradicional de la economía política– entre las transformaciones de “la base material y la superestructura jurídico política”.

La primera dialéctica demanda una crítica de lo que suele denominarse irónicamente “mirada provinciana”, que refiere a creer que todo lo que sucede en las esferas de la producción y la política internas son fenómenos puramente locales, despegados de las corrientes globales. Por el contrario, siempre existe una dialéctica entre ambos mundos y resulta imposible comprender los fenómenos locales separados de los globales, lo que no siempre es un dato obvio en los debates. La segunda dialéctica es más directa: los cambios en el mundo de la producción siempre interactúan con las formas de representación política.

Ambas dialécticas se entienden mejor a partir de procesos concretos. Existe una relación dialéctica entre industria y peronismo. El peronismo surge a partir del desarrollo industrial, dinámica que a su vez retroalimenta. Al mismo tiempo la industrialización que retroalimenta no está separada de las transformaciones globales, de la interacción con el mercado mundial.

Argentina potencia

La primera Cepal, el estructuralismo latinoamericano, estudió y definió con precisión estos procesos. Explicó que la industrialización “sustitutiva” se produjo en momentos de “contracción en el centro”. Según esta perspectiva, Argentina se industrializó a partir de la necesidad de abastecerse de los productos que los países inmersos en las grandes guerras mundiales no podían suministrarle.

En paralelo, la creciente industrialización generó un proletariado industrial, los “cabecitas negras” que migraban desde la vida agraria de las provincias a las periferias urbanas con el objetivo de trabajar en las industrias nacientes, los “descamisados” que irrumpían desde el “interior” en la gran ciudad que, con anhelos parisinos, miraba al “exterior” mientras se mantenía en alerta frente al “aluvión zoológico”. El peronismo emergió así incorporando al nuevo sujeto social a la vida política y fue artífice de su organización. Esta fue la potencia de su hegemonía ideológica de al menos medio siglo.

La retroalimentación industrial se dio a partir del diagnóstico del propio Perón, que esperaba una inminente Tercera Guerra Mundial. Consideraba indispensable tener soberanía militar, la que resultaba inseparable del desarrollo industrial. A partir de organismos como la Dirección General de Fabricaciones Militares se hizo prospección geológica, se desarrolló la minería, se comenzaron a construir los primeros altos hornos. Se buscaba iniciar la industria pesada diseñando una integración vertical. La soñada “Argentina potencia” era una potencia industrial, un guante que, a su manera, recogería el desarrollismo frondo-frigerista.

Y si había industria había sindicatos, es decir administración del emergente conflicto social incluyendo el mayor bienestar de los trabajadores. La relación era directa: si había migraciones internas era porque existía el atractivo de salarios más altos y de empleo formal. Se vivía el sueño del ascenso social que se completaba con “mi hijo el doctor”, con la universidad pública y gratuita, otro logro del peronismo. Fue el peronismo quien sentó las bases para la consolidación de las clases medias extendidas, aunque siempre tuvo dificultades para representarlas, clases que durante la segunda mitad del siglo XX diferenciaron a la estructura social argentina de las del resto de la región.

Con notable miopía, las clases dominantes locales nunca terminaron de comprender el rol del peronismo en la administración del conflicto social y lo vivieron, en cambio, como una amenaza. Una visión compartida hasta el presente por la potencia hemisférica, Estados Unidos, a quien siempre le disgustó la “Tercera Posición”, la autonomía de la política exterior peronista en su “patio trasero”, bien a trasmano de la Doctrina Monroe. Tras la Revolución “Libertadora” de 1955, el exilio de Perón no abortó la industrialización sustitutiva, un proceso que recién comenzaría a agotarse a comienzos de los años 1970.

La globalización de la producción

Sobre este agotamiento existen diversas lecturas. Una convencional, no exenta de provincialismo, sostiene que la industrialización fue abortada por la última dictadura militar a partir de 1976. Es la visión de la “revancha clasista”, sintetizada por el economista Adolfo Canitrot y continuada por algún progresismo. La dictadura, en tanto expresión de la voluntad política de las clases dominantes, habría tenido completa claridad de que el conflicto social, por entonces motorizado también por las organizaciones político militares que propugnaban la lucha armada, era un producto directo de la industrialización. Si se abortaba la industrialización, se terminaba el conflicto, lo que explicaría la saña de las torturas y desapariciones contra la militancia peronista en general y los delegados fabriles en particular. El relato se completa con la comunidad de intereses con la potencia hemisférica, que también habría estado interesada en que se aborte la industrialización y el soberanismo de la “Tercera Posición” que, en tiempos de la Guerra Fría, se consideraba funcional al bloque soviético. Hoy parece pasado remoto, pero el Muro de Berlín caería recién en 1989, fecha a partir de la cual comenzaría el auge del Consenso de Washington; otra etapa.

Para mediados de siglo se espera que China produzca alrededor del 50% de las manufacturas mundiales.

Regresando al análisis estructural, una lectura alternativa a la de la venganza clasista, sostiene que, cuando llegó la dictadura, el agotamiento de la industrialización sustitutiva ya estaba en marcha. La crisis del petróleo de 1973 significó el fin de la energía barata y el consecuente aumento de los costos de producción globales, lo que volvió inviable al modelo “nacional fordista”, el de la integración vertical en un solo país, con salarios altos, sindicatos fuertes y Estado de Bienestar. La respuesta para afrontar los mayores costos fue el germen del desarrollo de lo que hoy se conoce como “cadenas globales de valor” (CGV), es decir la deslocalización de la integración vertical. La producción se separó en distintas etapas que, en la búsqueda de menores costos, se distribuyó en diferentes países a lo largo del planeta. Esto también dio lugar a la subcontratación y tercerización de procesos y servicios y a la consolidación de las firmas multinacionales. En adelante ya no se encontraría a todos los trabajadores de una empresa en un solo espacio, en un solo lugar, lo que debilitaría la organización sindical y, consecuentemente, la participación de los salarios en los ingresos totales. Estas CGV necesitaban la libre movilidad de capitales y mercancías y, al mismo tiempo, ya no necesitaban de Estados activos promoviendo y regulando los mercados nacionales. Su ideología se plasmó en el Consenso de Washington: apertura, desregulación y privatizaciones.

Las CGV generaron también otro cambio estructural que volvió directamente imposible el regreso al statu quo ante, a la industrialización sustitutiva: la globalización de la producción, el crecimiento de las escalas productivas y del tamaño de los mercados para absorber esas nuevas escalas. Mayores escalas significan menores costos de producción unitarios, lo que excluyó de la competencia a las producciones de escalas más pequeñas. A su vez las mayores escalas facilitaron una de las viejas conclusiones ya advertidas por el padre de la economía política, Adam Smith, sobre las causas de “la riqueza de las naciones”: los mercados más grandes facilitan la especialización y el desarrollo tecnológico. Aunque no sea evidente a simple vista existe una línea directa entre las CGV, la revolución digital, los robots y la inteligencia artificial (IA).

Hubo países que fueron más capaces que otros para aprovechar las nuevas formas del capitalismo. China fue uno de ellos. De copiar tecnología y beneficiarse de ser la aportante de mano de obra barata a comienzos del desarrollo de las CGV, pasó a estar a la vanguardia del desarrollo tecnológico en el 90% de los sectores críticos. La potencia asiática posee hoy cerca de la mitad de los robots industriales del planeta y trabaja para independizarse del resto del mundo en sus cadenas de suministros de tecnología crítica. Para mediados de siglo se espera que produzca alrededor del 50% de las manufacturas mundiales. A pesar de las constantes e interesadas predicciones lúgubres de la prensa occidental sobre su inminente parate, su maquinaria es imparable. En el contexto de la guerra comercial arancelaria desatada por Donald Trump, su superávit comercial alcanzará en 2025 un nuevo récord: superará por primera vez el billón de dólares sólo en bienes.

La suma de todos los fracasos

El escenario del capitalismo de las próximas décadas, que será liderado por la “comunista” China, permite prever una producción industrial geográficamente centrada en Asia, robotizada y controlada por la IA, lo que supone una altísima concentración orgánica del capital y una barrera tecnológica y de entrada que volverá especialmente difícil la competencia para los países periféricos.

Visto desde Argentina, esto implica que es un error seguir imaginando a la industria como la gran generadora de mano de obra, al menos del modo en que lo fue bajo el modelo nacional fordista. En particular, resulta anacrónico, ahistórico, creer que una economía como la local puede refundarse sobre la base de un regreso a la industrialización sustitutiva.

La primera conclusión preliminar es que los cambios en el modo de producción capitalista rompieron la base material sobre la que se construyó el peronismo, el industrialismo nacional fordista. En la década de 1990, tras la dictadura y el interregno alfonsinista, ya bajo el menemismo, el peronismo realmente existente fue otra cosa, funcionó como lo seguiría haciendo inercialmente en las primeras décadas del siglo XXI: como un aparato de poder construido sobre una heterogeneidad de partidos populares conservadores provinciales y el remanente en retroceso del poder sindical. El único actor nuevo fueron los llamados “movimientos sociales”, es decir las organizaciones que sumaron a los trabajadores que el nuevo capitalismo dejaba fuera del sistema con el fin de reclamarle compensaciones al Estado, conocidas como “planes”. Estos recursos se utilizaron mayormente para retribuir el funcionamiento de cooperativas que trabajaron por fuera de las reglas del mercado. Fue pura contención social, pero sin un horizonte de sustentabilidad. Dicho de otra manera, el aparato de poder peronista se utilizó como herramienta para impulsar el modelo que sucedió al ocaso de la industrialización sustitutiva, el neoliberalismo del Consenso de Washington.

Ya bajo la etapa kirchnerista, y tras el agotamiento del menemismo, se intentó recuperar la dimensión redistributiva e inclusiva del peronismo, aunque sin reconstruir las condiciones materiales que la volvieran sustentable. A pesar de la voluntad política, no fue posible desarrollar una estructura productiva que evite la restricción externa, situación que impactó en la macroeconomía y en la estabilidad política. La causa de fondo del agotamiento del ciclo kirchnerista fue el estancamiento de la evolución del PBI a partir de 2011, situación que no pudo recuperarse en el anómalo gobierno 2019-2023 que sucedió al ciclo de endeudamiento acelerado del macrismo. El neoliberalismo extremista del presente es el resultado directo de la suma de estos fracasos.

El modelo mileísta

Regresando a la segunda dialéctica, a cómo interactúan las transformaciones en el mundo de la producción con las formas de representación política, cabe preguntarse, primero, por el nuevo modelo productivo al que se dirige la economía local y, segundo, por el tipo de peronismo que puede existir sin una economía industrial.

A grandes rasgos, el producto del mileísmo será el desarrollo de una economía de enclaves productivos, que sumará al agro pampeano la energía y la minería como sectores potencialmente generadores de divisas. Por las características del RIGI, el régimen de promoción para grandes inversiones, este modelo no tendrá el complemento del desarrollo de proveedores, es decir de cadenas de valor en torno a las actividades extractivas, lo que significa que los enclaves tendrán escaso efecto multiplicador. Tampoco está claro que la macroeconomía local pueda aprovechar las divisas generadas, dado que a partir de los dos años hasta desaparece la obligación de liquidar exportaciones. En paralelo, el desfinanciamiento de la ciencia, de la técnica y de la educación pública afectará la futura calidad de los “recursos humanos”, calidad que todavía se mantiene como un diferencial local positivo. Dadas las opciones de las economías de plataformas que no existían en tiempos del modelo nacional fordista, el progresivo ajuste del mercado de trabajo se producirá por calidad, no por cantidad, lo que ya se observó en 2025, con destrucción de empresas, pero sin caída acorde del empleo. Con leve crecimiento económico, pero sin creación acorde de empleo. Un resultado posible será la “monotributización” del mundo del trabajo. A su vez, se producirá una lenta reconfiguración regional. Los enclaves relativamente prósperos, pero poco demandantes de mano de obra, de las franjas cordillerana y central, convivirán con periferias urbanas empobrecidas. Esta es la proyección lógica si la conducción del proceso económico queda exclusivamente en manos del mercado.

La respuesta a la segunda pregunta, el tipo de peronismo que puede surgir a partir de la nueva estructura social en consolidación, se la dejamos a la imaginación política del lector. La única certeza es que no podrá ser el mismo que el del modelo productivo industrial que dejó de existir. Aunque se sigan reivindicando las tres banderas, ya no alcanzará con el sueño de “volver a Perón”.

Por Claudio Scaletta * Economista / Le Monde Diplomatique

Te puede interesar
Lo más visto
Suscríbete al newsletter para recibir periódicamente las novedades en tu email