Reseteo del sistema

Actualidad - Internacional 02 de mayo de 2024
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Entrevistado por la agencia Télam en octubre de 2023, tras considerar que “desde que terminó la Segunda Guerra Mundial hasta ahora ha habido guerras por todos lados”, el Papa Francisco observa: “Eso es lo que me llevó a decir que estamos viviendo una guerra mundial en pedacitos”. De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial y durante toda la Guerra Fría hubo una serie de guerras de diversos tipos y de intensidad variada. Guerras difusas de liberación nacional, guerras revolucionarias, guerras civiles y golpes de Estado asolaron todos los continentes. Con el fin de la Guerra Fría y la “universalización” de la democracia como valor y del capitalismo como forma de producción económica, los menos informados pensaron que los motivos de conflicto habían desaparecido y que la paz finalmente reinaría en el planeta. Sin embargo, ni por un segundo la violencia dejó de dejar sus huellas sangrientas. Con formas viejas y nuevas, con instrumentos viejos y nuevos, continuó su desfile de mutilación, azote y muerte, atormentando a la humanidad.

Aunque la violencia ha sido un espectáculo constante de la “guerra en pedacitos”, como afirma Francisco, hoy en Ucrania parece haber adquirido una condensación específica que ha erizado el sistema internacional y coagulado de asombro el antagonismo en todos los continentes: la confrontación sistémica de multilateralismo contra unipolarismo imperial. Si hasta el 24 de febrero de 2022 toda esa violencia, variada y difusa, parecía responder individualmente a la punición que la potencia hegemónica imponía a todo aquel que se opusiera a sus intereses, lo que configuraban el mundo regido por reglas –sus reglas imperiales–, desde que comenzó la guerra en Ucrania la violencia ha adquirido el claro significado de resetear el sistema, guiando los distintos conflictos vigentes. En esa fecha, no todos se dieron cuenta de que asistían al reset del sistema mundial y que la lógica de las reglas del poder, que justificaban la violencia punitiva para un supuesto orden, se estaba derrumbando. El mundo ya no sería como había sido hasta ese momento.

La clave explicativa de este reinicio y el manual de uso del nuevo mundo tal vez se pueda encontrarse en el documento difundido el 4 de febrero de 2022 por los Presidentes Putin de Rusia y Xi Jinping de la República Popular China, durante los juegos de invierno en Beijing, unos días antes del inicio de la guerra de Ucrania. En él, ambos condenan los “intentos de algunos Estados de imponer sus propios ‘estándares democráticos’ a otros países, de monopolizar el derecho a evaluar el nivel de cumplimiento de los criterios democráticos, de trazar líneas divisorias basadas en la ideología [...] La hegemonía plantea serias amenazas a la paz y la estabilidad global y regional y socava la estabilidad del orden mundial”.

En esta manifestación, en la que declaran una “amistad ilimitada” (de la que Occidente se burló por considerarla superflua – no podía esperarse otra cosa de quienes traicionan a sus propios aliados), ambas potencias anuncian el florecimiento de un nuevo mundo como una alternativa a aquel regido por reglas casuísticas unilaterales. Este mundo propuesto es un sistema internacional regido por leyes y no por reglas, donde prevalece el concepto de “indivisibilidad de la seguridad”, en el que se respeta la autodeterminación de los pueblos, sus formas de gobierno, sus historias particulares y sus culturas; un mundo de cooperación y solidaridad, donde los intercambios comerciales sean beneficiosos para todos (win-win) y no un mero cálculo de suma cero. Especialmente, un sistema mundial multilateral como propuesta de relación igualitaria entre países que se oponga a hegemonías indiscutidas. Un freno a la unipolaridad que hizo su fatal debut hace 25 años, con el bombardeo ilegal de la antigua Yugoslavia el 24 de marzo de 1999. Y este freno se aplicó violentamente en Ucrania.

El comienzo de la guerra de sanciones económicas ha dejado clara una división en el mundo en la que las abstenciones cuentan. Por un lado, la Unión Europea nunca ha estado tan unida. De hecho, en los diversos conflictos armados en los que se ha visto envuelta, Europa siempre ha estado dividida. Este fue el caso de Irak, Afganistán y Libia. Pero esta vez, Europa se sintió más unida y celebró la consolidación de la OTAN como un instrumento común apto para imponer los intereses estadounidenses al resto del mundo. Por otro lado, menos ruidosa y más cautelosa fue la posición de la mayoría de los países, negando o absteniéndose de condenar económicamente a Rusia. Aún así, muchos de los que aprobaron las sanciones continuaron comerciando con Rusia directa o indirectamente. En cualquier caso, los resultados esperados de la aplicación de sanciones no se produjeron.

En el campo de batalla, las cosas empezaron a ponerse difíciles para Ucrania y Europa se comprometió cada vez más con un callejón sin salida honorable para satisfacer las demandas de su socio más grande. Hoy, quizás más que en la crisis de los misiles en Cuba (16 al 28 de octubre de 1962), el mundo tiene un pie en el umbral de una guerra mundial de contornos y consecuencias impredecibles, pero todas atroces. A los apasionados discursos de algunos líderes europeos a favor de un compromiso mayor y directo de Europa en la guerra contra Rusia, se añadió como irritante provocación el 22 de marzo último el atentado terrorista al teatro Crocus City Hall de Moscú, que dejó un saldo sangriento de muertos y heridos. El Presidente Putin podrá dar una respuesta que propiciará el ascenso a otro peldaño en la escalera de caracol de la guerra.

¿Hasta qué punto esta escalada de la guerra por procuración de la OTAN contra Rusia, en la medida en que exige el compromiso directo de los países europeos con el conflicto, podrá funcionar como un centro gravitacional que amalgame en su contra esos “pedacitos” de la guerra mundial mencionados por el Papa Francisco? Movimientos anticoloniales en el Sahel en África; el conflicto palestino-israelí a punto de incendiar Oriente Medio; la militarización del Estrecho de Taiwán y su metástasis en el Pacífico; el bostezar nuclear de Corea del Norte, entre otros conflictos actuales y latentes, pueden verse atraídos por la lógica centrípeta del conflicto sistémico ya diseñado, del unilateralismo hegemónico decadente versus un multilateralismo igualitario en gestación, y soldar los múltiples frentes de estos “pedacitos” en un único frente de la guerra mundial. El resto del mundo, el que votó a favor de abstenerse de imponer sanciones a Rusia, en el mejor de los casos aprovechará la crisis del sistema para buscar una posición de no-alineamiento pragmático –en defensa de sus intereses nacionales, negociando con las partes beligerantes– y de neutralidad “activa”, lo que significa resistir presiones que busquen su posicionamiento bélico. Las frecuentes visitas a América Latina de la general Laura Richardson, comandante del Comando Sur de Estados Unidos, son un indicio de que esta neutralidad y no-alineamiento no será fácil ni pacífica.

“Todo imperio perecerá”, anunció Jean-Baptiste Duroselle en su famoso libro [1]. La pregunta es cuándo y cómo sucederá. Podría tratarse de un declive lento y pacífico, en el que la otrora híper-potencia busque su espacio para una convivencia pacífica y solidaria entre iguales; puede ser que persista en una resistencia feroz e inconformada que dará lugar a un declive prolongado y doloroso para todos; o podrá intentar acabar con este mundo que ya no puede controlar, cruzando el umbral nuclear del conflicto. Lo cierto es que nada es más peligroso que una potencia en decadencia, lo que presagia la peligrosa transición de una “guerra mundial en pedacitos” para un mundo despedazado.

[1] Duroselle, J.B. Todo Imperio perecerá. Teoría de las Relaciones Internacionales. Brasilia, editorial UnB, 1992.
 

Por Héctor Luis Sanit Pierre / El Cohete

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