¿Que quiere Cristina?

Actualidad 30 de octubre de 2022
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¿Qué busca Cristina? ¿Qué sentido orienta sus dislocantes apariciones públicas, durante las cuales renuncian los ministros, el país político se paraliza, se abren nuevas grietas? ¿Hay un rumbo estratégico más allá de la evidente intención de marcar una diferencia con el estilo deprimente de Alberto? ¿Solamente quiere condicionar el rumbo y meter temas en la agenda pública (los planes sociales, el déficit fiscal, el bimonetarismo)? Y si es así, ¿por qué fuerza la salida de los funcionarios cercanos al presidente, al punto de convertir al gobierno en un “Alberto sin albertistas”, moviéndose en dirección al peronismo real de los sindicalistas, los gobernadores y los intendentes?

Una primera hipótesis es que está construyendo un camino seguro hacia el refugio bonaerense. La provincia como una cueva en la que invernar hasta que pase el nuevo frío opositor, que se da por hecho. Axel Kicillof gobernador, Cristina senadora y el kirchnerismo replegado en su mundo de intendentes y la Legislatura. Aunque no sea posible adelantar la elección bonaerense y sacudirse el peso muerto del gobierno nacional porque la candidatura de Cristina debe elegirse en la lista nacional. El hecho de que en la provincia no haya ballotage hace que la victoria sea factible, sobre todo si una candidatura libertaria divide el voto antiperonista. Podría ser un camino, aunque para una líder y un grupo político que si de algo se han ufanado es de la dichosa voluntad política, dar por perdida una elección un año y medio antes de que ocurra parece excesivamente fatalista.

En este diseño, la postulación a presidente podría definirse en unas PASO bajo los términos que imponga Cristina. Al decidir si acopla o no su nombre a una u otra candidatura presidencial, Cristina se reserva este poder único. Podrán presentarse uno, tres o diez precandidatos, pero todos deberán llevarla a ella de senadora, y sólo aquellos que cuenten con su aval tendrán chances reales de ganar. Provista de esta llave, Cristina podría apoyar a un candidato sobre otro o simplemente ordenar la competencia en dos o tres dirigentes más o menos presentables (para ella).

La segunda hipótesis es menos rebuscada: Cristina quiere ser candidata a presidente. La idea circula, fantasmal, por los círculos políticos: Cristina quiere jugar. Ella, de nuevo. Si algo dice el lenguaje gestual, si la actitud de las personas tiene algún valor a la hora del análisis político, durante el discurso del sábado pasado Cristina lucía… radiante, como alguien que no se quiere ir de una fiesta. La justificación política de su candidatura es la de siempre: es la dirigente peronista con el piso más alto de votos, dispone de un conjunto de apoyos institucionales y territoriales relevantes y conserva la adhesión de un sector minoritario pero importante de la sociedad. 

Esto explicaría muchas cosas. Por caso, el kirchnerismo nunca terminó de aclarar por qué se opuso al acuerdo con el FMI ni qué hubiera hecho en lugar de firmarlo, y Cristina debe saber que combatiendo la evasión o enfrentando a los especuladores no se solucionan los problemas económicos de la Argentina. Citando a Facundo Manes, eso es fulbito para su gilada, puro terraplanismo económico. Lo que nos lleva a la idea de que la distancia con Alberto, quizás sea menos programática que política. Si Cristina no quiere imponer un programa alternativo, quizás entonces esté buscando construir una diferencia, a partir de una relectura del 2019: ella -creen muchos kirchneristas y quizás ella misma- hubiera podido ganarle a Macri. En aquel momento parecía dudoso (por una vez, Cristina habría sobrestimado a Macri), pero hoy no resulta tan delirante. Por lo tanto, el error no fue recuperar la unidad del peronismo ni crear el Frente de Todos, sino elegir a Alberto. Un solo error, una única explicación del fracaso.

El contexto regional, marcado por una segunda ola de izquierda en América Latina, la acompaña. Puede ser un espejismo, porque a los nuevos progresismos les está costando muchísimo afirmarse en el poder e impulsar transformaciones, pero la marea está subiendo. El tiempo que lleva tipear un tuit separará un posible triunfo de Lula del operativo clamor a Cristina.

Por supuesto, las debilidades de una candidatura presidencial de Cristina son las de siempre, las mismas que en 2019, incluso agravadas: básicamente, el rechazo de un sector importante de la sociedad, la hostilidad de la clase media y la desconfianza de los actores económicos (incluyendo sindicalistas). A lo que cabe agregar ahora la dificultad de imaginar una promesa cristinista para el 2023. ¿Qué propuesta signará su regreso después de haberse equivocado? 

La unidad del peronismo no garantiza nada, apenas la gobernabilidad –y eso está por verse. ¿Una Cristina al estilo del Perón del 73, hambrienta pero herbívora, para el gran pacto social que nunca hizo Alberto (en buena medida porque ella no se lo permitió)?

Las alusiones de Cristina al bimonetarismo podrían constituir una pista. Como sostiene Claudio Scaletta, quizás una inflación del 25 o el 30 por ciento pueda bajarse gradualmente, a lo Israel, pero una en torno al 60 o hasta el 100 es un bicho totalmente diferente, exige un abordaje distinto, más drástico. Y la doble moneda es, en efecto, el punto a partir del cual comenzar a pensar una respuesta. 

Incluso entre los economistas heterodoxos del peronismo comienza a afianzarse la idea de que algún nivel de dolarización será inevitable para morigerar la furia de los precios. Un caso de estudio es el Plan Real implementado por Fernando Enrique Cardoso en 1994, también en un contexto de alta inflación e inestabilidad cambiaria, que comenzó con la creación de una Unidad Real de Valor atada al dólar para sincronizar contratos y precios: una especie de Convertibilidad blanda, con tipo de cambio semi-fijo y sin la obligación de que el Banco Central respaldara con dólares el total de moneda nacional en circulación. El problema es que tanto el Real como la Convertibilidad vinieron acompañados de un fuerte ajuste fiscal, una rápida apertura comercial y privatizaciones, sin lo cual hubieran terminado como terminó el anterior programa de estabilización ensayado en Argentina, el Austral alfonsinista.

Los planes de estabilización suponen siempre un ajuste. Aunque sus efectos anti-inflacionarios generan un alivio instantáneo y hasta un boom de consumo, se trata de una ganancia de una sola vez. En el largo plazo está bastante comprobado que las reformas estructurales que requieren para sostenerse inducen la quiebra de los sectores productivos menos competitivos y achican la base económica: una Argentina limitada al campo, los minerales e hidrocarburos y algunos segmentos competitivos del sector servicios. 

Socialmente, la dolarización profundizaría algo que ya se está notando: la consolidación de dos circuitos económico-sociales diferenciados. Uno eficiente, globalizado y rico; otro poco competitivo, dependiente del Estado y pobre. En otras palabras, terminaría de transparentar la realidad de una economía que funciona en base a la baja permanente del salario, una novedad que introdujo el macrismo y que el actual gobierno no pudo revertir, y que dista de ser una excentricidad regional:es lo que sucede en Colombia, Perú, Chile, Brasil.

La dolarización, en suma, es una mala salida a la crisis crónica de la Argentina, aunque quizás sea la única posible. Requiere un fuerte consenso, porque el sufrimiento social que genera es alto, y un liderazgo político fuerte que la imponga y la sostenga. Si en algún momento Domingo Cavallo era el único capaz de romper la trampa de la convertibilidad devaluando, quizás Cristina sea, efectivamente, la persona adecuada para terminar con la inflación dolarizando. Pero conviene no perder de vista que dolarizar la economía implica sincerar la realidad de un país partido y dar por perdida la batalla por la igualdad. Si es eso lo que quiere Cristina, sería ganar para seguir perdiendo.

Por José Natanson * Anfibia

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