Estabilizar la economía para evitar un ajuste estructural

Economía 05 de agosto de 2022
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Luego de unos meses de estabilidad tras la firma del acuerdo con el FMI, en junio los dólares paralelos comenzaron a subir. La falta de coordinación y claridad de la política económica fueron los disparadores: en primer lugar, la venta de bonos en pesos derrumbó sus precios; luego el Banco Central reforzó el cepo restringiendo importaciones, lo cual generó incertidumbre sobre el acceso a insumos y bienes y aceleró la inflación. La renuncia de Martín Guzmán, la demora en la designación de Silvina Batakis y los “anuncios de anuncios” aceleraron la corrida.

Dada esta cronología, debemos pensar en dos componentes de la crisis actual. A mediano plazo, la crisis que se inició en 2018 aún no ha sido resuelta, ya que el país sigue sin acceso al mercado internacional de deuda -depende de los dólares del FMI- y continúa el control de cambios (cepo). El elemento coyuntural es consecuencia de la gestión económica del gobierno.

Cómo se desató la corrida

El comercio exterior es superavitario. En 2022 se conjugan precios internacionales altos para la exportación de commodities, pero también importaciones más caras de energía, dada la invasión rusa a Ucrania. A diferencia de otras situaciones críticas, como la crisis del 2001 o el final del kirchnerismo en 2015, hoy el dólar oficial no está barato en términos históricos. A la vez, como consecuencia de la brecha cambiaria, los turistas extranjeros cambian al tipo de cambio paralelo, por lo que esos dólares no ingresan a las reservas Internacionales del Banco Central, mientras que los argentinos que viajan al exterior recurren al cambio oficial que, aún después de los impuestos y retenciones, les sigue resultando más conveniente.

El peso se siguió apreciando desde mediados de 2021, los meses de mayor liquidación de ventas del agro ya terminaron y las malas perspectivas profundizan el problema: quienes pueden, eligen no liquidar sus ventas en divisas; y quienes pueden comprar dólares, salen a buscarlos.

Como señalamos, la corrida comenzó con la caída de los precios de los bonos del gobierno en pesos, la única alternativa disponible al financiamiento vía emisión. Para evitar futuros problemas de financiamiento del gobierno, el Banco Central emitió pesos para comprar esos bonos y sostener su precio. Esos pesos también están presionando sobre el dólar paralelo. Eso desató la corrida. Pero, ¿por qué se vendieron masivamente esos bonos y por qué esos pesos fueron al dólar? Estos interrogantes se conectan con algunos problemas más generales de la economía argentina.

La estrategia acordada con el FMI implicaba financiarse en pesos para no depender tanto de la emisión monetaria. Ahora bien, esa capacidad depende de dos cosas: la magnitud del financiamiento necesario y la tasa de interés que se pague, dos cuestiones ligadas entre sí. Si se requiere mucho financiamiento y hay dudas sobre el repago -y el historial argentino en este sentido no es bueno-, la tasa deberá ser alta. Pero si se necesita financiamiento durante mucho tiempo y la tasa es alta, al déficit original se suman los abultados intereses, complicando la posibilidad de repago. 

En junio esa posibilidad de repago se puso en duda (ya sea por el déficit fiscal en aumento, los rumores de default, etc.). Más allá de su origen, se generó una estampida para vender esos bonos en pesos. Como la tasa de interés en Argentina ni siquiera le gana a la inflación, luego de vender el bono los inversores salieron a comprar dólares. Lo mismo había ocurrido durante el gobierno de Macri en 2018, lo que generó una devaluación del tipo de cambio oficial. Ahora, con cepo, la demanda se volcó al cambio paralelo, agrandando la brecha.

La historia argentina demuestra que el dólar, de una u otra manera, termina siendo síntoma, termómetro y refugio individual frente a las crisis. Desde 2011 la economía argentina no logra crecer de manera sostenida y acumular reservas de manera genuina. Durante el segundo gobierno de Cristina Kirchner, el déficit externo fue consumiendo, a pesar del cepo, las reservas, hasta agotarlas. Macri cubrió el déficit con endeudamiento, hasta que su explosión derivó en el préstamo récord del FMI. En el gobierno Alberto Fernández, la ausencia de reservas y de financiamiento externo obligaron a mantener los controles cambiarios, pero la continua incertidumbre de corto plazo, amplificada por un creciente desequilibrio financiero, se expresó tanto en el refuerzo de esos controles como en la corrida del dólar paralelo.

La reacción del gobierno

Frente a la crisis, algunos festejan, como han hecho ciertos dirigentes opositores. Otros se abrazan a la fe de que el mercado ajustará y llevará a un mejor lugar después del infierno, algo que se ve en todas las crisis, no importa quien gobierne. O, considerando que la política tiene por objeto resolver problemas, se puede intentar pensar algunas vías de solución en el marco de las agudísimas limitaciones que, por contexto o impericia, enfrenta el gobierno.

Empecemos por lo que no está disponible: un shock, ese mágico conjunto de políticas entrelazadas que cambian radicalmente las perspectivas. Y no está disponible porque requiere previamente resolver los problemas actuales: tipo de cambio y reservas holgadas, así como precios relativos corregidos (tarifas). Sin ello, ninguna política de shock es posible. Y tampoco están disponibles las “fuentes” típicas de dólares: ni deuda externa en dólares ni la asistencia del FMI. Dada la suba de tasas de interés en Estados Unidos y el cepo, tampoco ingresarán capitales de corto plazo.

Una alternativa que muchos defienden es dar un salto en la cotización del dólar oficial: devaluar. Pero en el contexto de inflación alta esto produciría una nueva aceleración de los precios, además de un deterioro social garantizado. La devaluación permitiría postergar una nueva corrida… al costo de validarla. Sin embargo, sin caer en una devaluación brusca, ajustar el dólar oficial con la inflación es necesario porque no hay margen para incentivar aún más la demanda y las importaciones.

También, en línea con lo que dijimos más arriba, es necesario subir la tasa de interés a niveles positivos (por encima de la inflación), de modo de crear algún incentivo a mantener los activos en pesos. Esta medida no es una panacea, es contractiva sobre la actividad económica, pero es necesaria dado el contexto de crisis. Al encarecerse el financiamiento, quizás pueda incentivar la liquidación de divisas de aquellos que se financian en pesos para no vender un activo dolarizado (la cosecha, por ejemplo). Pero, sobre todo, es necesario sostener las tasas de interés positivas durante un largo tiempo, como camino para resolver el “bimonetarismo”.

Analicemos las dos medidas anunciadas hasta ahora por el gobierno para como reacción a la corrida. La primera es el mecanismo temporal para promover la liquidación de soja otorgando acceso al “dólar solidario” por hasta el 30% de sus ventas. A pesar de no haber devaluado o reducido retenciones, la medida tendrá un costo político para la coalición de gobierno, pero no es fácil saber si producirá efectos económicos.

La segunda consiste en que los turistas extranjeros puedan cambiar dólares en bancos y casas de cambios al dólar MEP. El problema es que es un trámite más complejo que venderlos en el lobby del hotel al dólar blue. Pero además esos dólares no van al Banco Central, y por otra parte los turistas argentinos gastando en el exterior al dólar oficial más impuestos. Para resolver esto de manera rápida, la única salida es el desdoblamiento: enviar esos consumos -y potencialmente otros- al dólar paralelo. Aunque el Banco Central seguiría sin captar esos dólares, bajaría la demanda sobre el oficial.

Para ir desarmando la compleja situación actual se imponen otras medidas, que no tienen un efecto inmediato pero son fundamentales. Por un lado, el cepo y la brecha conspiran contra las reservas, ya que nadie quiere liquidar al dólar oficial. Es momento, a tres años de inaugurado este cepo y con los aprendizajes del período 2011 a 2015, de planificar y comunicar un camino -muy gradual- hacia su eliminación. Sea con acuerdos sectoriales como los anunciados, liberando gradualmente la acreditación de dólares a los exportadores u otro mecanismo, pero es ineludible. No es posible continuar gestionando las reservas del Banco Central únicamente a través de regulaciones sobre la demanda de dólares.

Por otro lado, el final del invierno implica una reducción de las costosas importaciones de energía, lo cual genera un alivio. Es indispensable garantizar que el año que viene esto no vuelva a ocurrir concluyendo el gasoducto de Vaca Muerta. A ello se suman, por supuesto, todas las medidas de política industrial que fomenten las exportaciones.

El debate por el déficit

Ninguna medida, de corto o mediano plazo, alcanzará a estabilizar el sector externo de la economía o ganar márgenes de acción política si el gobierno no tiene garantizado su financiamiento.

En este sentido, la salida de esta crisis también transita por el déficit fiscal. Resultado del acuerdo con el FMI y la reestructuración de la deuda, Argentina tiene por un tiempo resueltos sus problemas históricos de deuda en dólares. Ese horizonte está despejado. El problema, como vimos, reside en que su déficit no llega a ser cubierto con deuda en pesos, por lo que recurre a la emisión demasiado seguido. Además, si un mecanismo para evitar la corrida es elevar la tasa de interés, necesariamente se debe anunciar una reducción del déficit. Si no se hace, la combinación de mayor endeudamiento e intereses altos conducirá a una nueva crisis. No es sólo una “señal”; es condición de solidez financiera.

Aquí el camino se bifurca. Una alternativa para bajar el déficit es lanzar medidas tendientes a lograr ingresos fiscales: mayores retenciones, impuesto a las ganancias inesperadas, revaluación de inmuebles. Sin embargo, este tipo de políticas se encuentran congeladas, porque el gobierno no las considera razonables o duda de las posibilidades de aprobación parlamentaria.

El otro camino es reducir gastos, básicamente a través del recorte de los subsidios a las tarifas de energía y transporte. Los argumentos a favor son múltiples: es un gasto demasiado grande para el Estado, que genera derroches en el consumo y que es pro-rico. Un sector de la coalición gobernante -y de la oposición- sostiene que cualquier reducción del déficit por medio del gasto es ajuste, y no está dispuesto a apoyarlo. Ambas posiciones son correctas: hay que reducir el gasto en subsidios y eso implica un ajuste.

Aquí es donde el contexto es relevante: qué se ajusta y por qué. Los subsidios conjugan un gasto disparatado en el marco de una política tarifaria errada en medio de una situación de falta de financiamiento. De ser otro gasto, la respuesta sería otra. Sin embargo, la “segmentación” anunciada no resuelve el problema (es más: a futuro lo profundiza). Lo más sensato, dado el contexto, sería avanzar en un esquema de reducción de subsidios más rápido, donde una porción de los recursos ahorrados se destine a atender la situación social que la corrida empeoró: Asignación Universal, jubilaciones y salarios mínimos.

¿Qué está en juego?

Hablemos ahora del elefante implícito en esta nota. ¿Las propuestas y líneas de acciones mencionadas configuran una salida por derecha de la crisis? ¿No implican convalidar las propuestas de Juntos por el Cambio?

No hay nada más destructivo que la explosión descontrolada de una crisis. No hace falta abundar sobre esto; en Argentina hay ejemplos de sobra. En este sentido, lo que día a día incrementa las chances de un triunfo opositor y la llegada al poder de la derecha -con cheque en blanco- es el agravamiento de la situación económica y social. La debacle actual valida socialmente un discurso que no tiene matices: el desastre es generado por el “progresismo”, por el gasto social y por los derechos laborales. Si el gobierno del Frente de Todos no logra frenar la crisis, en 2023 se impondrá naturalmente un ajuste generalizado y las reformas laborales, tributarias y previsionales que viene reclamando la oposición de derecha.

El camino planteado -puede haber otros- requiere corregir variables tanto en la coyuntura de la corrida como en el mediano plazo: elevar la tasa de interés, reducir velozmente los subsidios destinando parte del ahorro a gastos sociales, desarrollar Vaca Muerta y evitar la apreciación del peso. Para ello, el gobierno debe admitir que la macroeconomía argentina se encuentra al borde del estallido y que es necesario ingresar en una etapa de estabilización, priorizando otras herramientas para atender la situación social.

Por Juan M. Graña * Dr. en Economía. Investigador del CONICET para Le Monde Diplomatique

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