La pieza faltante del “sueño chino”

Actualidad - Internacional 03 de agosto de 2022
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“El lugar más peligroso del mundo”, titulaba The Economist a principios del mes de mayo. La portada de la revista estaba acompañada de una imagen de radar de Taiwán, como si la isla fuera el blanco de un submarino. Este texto se inscribe dentro de una larga serie de artículos con títulos similares, que se hacen ellos mismos eco de una multiplicación de declaraciones alarmistas acerca del futuro de la isla. En un informe publicado en marzo de 2021, el influyente grupo de reflexión estadounidense Council on Foreign Relations consideraba que Taiwán se estaba “transformando en el punto más explosivo del mundo pudiendo conducir a una guerra entre Estados Unidos, China y probablemente otras grandes potencias”. Al mismo tiempo, el almirante Philip Davidson, comandante de las fuerzas estadounidenses en la región indo-pacífico declaraba, durante una audiencia ante el Senado, que podría estallar un conflicto en el Estrecho de Formosa “en el curso de esta década”.

Aunque las declaraciones provenientes de los Estados Mayores no estén desprovistas de segundas intenciones presupuestarias, estos temores se fundan sobre una realidad: la creciente presión militar de China sobre sus vecinos, y particularmente sobre Taiwán. Primero, Pekín cortó todos los canales de diálogo con la administración de la presidenta Tsai Ing-wen, elegida en enero de 2016 y de tendencia independentista. Luego, la tensión escaló aun más tras su reelección cuatro años después. Según Antoine Bondaz, investigador de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS, en francés), se produjeron 380 incursiones de la aviación china en la Zona de Identificación de Defensa Aérea taiwanesa a lo largo del año 2020. La frecuencia de estas incursiones siguió aumentando en 2021.

Las recientes tensiones tienen un doble origen. Uno tiene sus raíces en la historia geopolítica de las relaciones entre las dos orillas del Estrecho de Formosa, el otro está ligado al lugar que ocupa la isla en la rivalidad entre Estados Unidos y China.

“Un país, dos sistemas”

En 1945, tras cincuenta años de colonización japonesa, el Kuomintang (KMT), que entonces dirigía China, tomó el control de Taiwán. Cuatro años después, derrotado en la guerra civil que lo oponía al Partido Comunista Chino (PCC), el KMT replegó en Taiwán las instituciones de la República de China, fundada en el continente en 1912, tras el derrocamiento de la dinastía Qing. Confrontado a la inminencia de una invasión por parte de las fuerzas comunistas, el KMT debió su supervivencia al estallido de la Guerra de Corea, en junio de 1950 y a la protección estadounidense de Taiwán en el marco de la política de contención del comunismo en Asia. La situación en el Estrecho de Formosa quedó entonces congelada por dos décadas.

Con el apoyo de Estados Unidos, la República de China, dirigida con mano de hierro por Chiang Kai-shek, conservó el lugar de representante de China ante las Naciones Unidas, en detrimento de la República Popular China (RPC) que se vio excluida.

Sin embargo en 1971, la Resolución 2758 de las Naciones Unidas le otorgó la membresía a Pekín y expulsó a “los representantes de Chiang Kai-shek”. Inmediatamente, Taiwán se vio confrontada a una catarata de rupturas diplomáticas y, finalmente, Washington puso fin a sus relaciones con Taipei para reconocer a Pekín, el 1º de enero de 1979. Desde entonces, la política de Estados Unidos con respecto a Taiwán está regida por cinco textos principales (el Taiwan Relations Act, los tres “comunicados conjuntos sino-estadounidenses” y las “Seis Garantías”). Consideran que existe sólo una China, la RPC, pero no toman posición acerca de “la cuestión de la soberanía de Taiwán” e insisten sobre “su resolución pacífica”. Efectivamente, estos textos no hacen más que tomar nota de la posición de Pekín según la cual Taiwán forma parte de la RPC, sin avalarla explícitamente.

En 1979, la isla no disponía más que de veinticuatro aliados diplomáticos, una cifra cercana a las quince cancillerías que al día de hoy reconocen la existencia de un Estado en Taiwán. Consciente de estar en una posición de fuerza, la RPC cambió entonces de estrategia al pasar de la “liberación” de la isla por medio de las armas a la promoción de una unificación pacífica a través del refuerzo de las relaciones económicas y humanas. En un “mensaje a los compatriotas taiwaneses” publicado el día del establecimiento de las relaciones oficiales con Washington, las autoridades comunistas proponían el comienzo de intercambios en todas las áreas. El eventual uso de la fuerza no fue abandonado sino que se relegó al lugar de solución de última instancia.

Dos años más tarde, Pekín fue un poco más lejos al formular las condiciones para la integración pacífica: la isla podría conservar “un alto grado de autonomía en cuanto región administrativa especial” y Pekín no se inmiscuirá en todo aquello que se refiera a “asuntos locales”. Dicho de otro modo, los taiwaneses podrían conservar su sistema económico y su modo de vida. Estas propuestas constituyeron el acta de nacimiento de la fórmula “un país, dos sistemas”, finalmente aplicada a Hong Kong. Posteriormente, la posición de Pekín no evolucionó más. En el discurso que pronunció en ocasión de los cuarenta años del “mensaje a los compatriotas taiwaneses”, el 2 de enero de 2019, el presidente Xi Jinping recordaba nuevamente que la única perspectiva para Taiwán era la integración a la China popular en el marco de “un país, dos sistemas”, no pudiendo Taipei pretender más que un estatuto de autoridad local.

Dinámica identitaria

Esta intransigencia tiene sus raíces en la persistencia de una concepción esencialista de la nación que considera a los lazos de sangre como primordiales: al provenir del continente, los taiwaneses son necesariamente chinos. No tienen voz ni voto sobre este tema, la historia de sus antepasados habla por ellos. Ahora bien, la historia, según Xi Jinping y su “sueño chino” formulado en 2012, tras su ascenso a la cabeza del PCC, lleva al conjunto de los chinos a devolverle el orgullo a su país borrando el “siglo de humillaciones” sufrido a partir de la Primera Guerra del Opio (1842). Tras el retorno de Macao y de Hong Kong, Taiwán es el último territorio perdido, la última “humillación”.

A pesar de la discrepancia ideológica que lo oponía al PCC, ese nacionalismo esencialista, al convertir en una misión sagrada la regeneración de la grandeza de la nación china, era compartido por Chiang Kai-shek y el KMT que lo impusieron a la población de Taiwán. Con tanta más facilidad cuanto que más de un millón de habitantes del continente, el equivalente al 15% de la población de la isla, encontró refugio allí. Sin embargo, en la estela de la democratización de la isla, a partir de fines de los años 80, el nacionalismo chino encontró competencia en la creciente identificación con una nación taiwanesa que tiene necesariamente una parte de sus raíces culturales en China pero también su propia trayectoria histórica y política. Esta dinámica identitaria desembocó en la primera alternancia política y en la formación de un gobierno independentista en el año 2000.

A partir de su derrota, la dirección conservadora del KMT consideró al independentismo taiwanés como a su principal enemigo y comenzó un acercamiento al PCC en nombre de su compartida adhesión a la “Gran China”. Volvió al poder en 2008, con el apoyo del empresariado y de los medios de comunicación ampliamente convertidos a la causa, usando un doble discurso ante la población sobre las cuestiones de soberanía y prometiéndoles beneficios económicos del acercamiento al continente. Bajo la presidencia de Ma Ying-jeou, se firmaron diecinueve acuerdos con Pekín, que, principalmente, sentaron las bases de un “mercado común a través de las dos orillas”. Se multiplicaron los intercambios de todo tipo y la dependencia económica de Taiwán ante China, ya importante, tomó proporciones inquietantes a los ojos de los independentistas: 40% de las exportaciones se dirigen hacia ese país. El camino trazado treinta años antes por las autoridades chinas para lograr la unificación pacífica parece haberse convertido en una autopista.

Pero el “sueño chino” concluyó en 2014. En ese entonces, el gobierno KMT enfrentó una movilización nacional contra un acuerdo de liberalización de los servicios que intentó hacer aprobar por el Parlamento. Al autorizar las inversiones chinas en los sectores de la edición, los medios de comunicación y la cultura, así como la apertura del mercado de trabajo local a los trabajadores chinos, este acuerdo suscitó los más amplios temores. La ocupación del Parlamento y de las calles a su alrededor durante tres semanas y media durante el “Movimiento Girasol” cristalizó numerosos años de descontento y marcó un vuelco en las relaciones con China. Esto provocó el despertar de la conciencia ciudadana en los menores de 40 años que no conocieron más que la democracia, y reveló una nueva generación de militantes y de políticos mucho más recelosa en cuanto a las consecuencias políticas de la búsqueda de la integración económica a través del Estrecho.

Las encuestas llevadas a cabo desde hace unos quince años muestran el continuo fortalecimiento de la identificación con una “nación taiwanesa” independiente y soberana, En 2020, según el Centro de Estudios de las Elecciones de la Universidad Nacional Chengchi, en Taipei, dos tercios de la población se consideraba “únicamente taiwanés”, contra menos de un quinto en 1992. Una encuesta publicada en la revista CommonWealth confirma esta cifra y da una imagen más precisa de la situación vista desde Taiwán. Se perfilan dos tendencias. Por un lado, las relaciones con China no pueden ya desarrollarse según la hoja de ruta de Pekín, al rechazar el 90% de la población la fórmula de “un país, dos sistemas” y al estar en caída libre el atractivo económico del país. Por otro lado, en los menores de 30 años, el “sueño chino” está efectivamente terminado. Más de cuatro quintos de esta franja etaria se considera “únicamente taiwanés”, dos tercios piensa que “Taiwán” más que “República de China” debería ser el nombre de su país y casi la misma cantidad se pronuncia a favor de la independencia.

“Ambigüedad estratégica”

Como los taiwaneses se volvieron sordos ante el canto de las sirenas de la coprosperidad china, Pekín esgrime la amenaza militar. Sin embargo este cambio de enfoque se topa con la rápida evolución de las relaciones chino-estadounidenses. Desde la ruptura de sus relaciones diplomáticas, Washington ya no está vinculado a Taipei por medio de un tratado de defensa. El Taiwan Relations Act, una ley adoptada en abril de 1979, subraya la importancia de la resolución pacífica de la disputa que enfrenta a las dos orillas, prevé el suministro a Taiwán de las armas necesarias para su defensa y obliga a “mantener la capacidad de Estados Unidos de resistir cualquier uso de la fuerza u otras formas de coerción que pondrían en peligro la seguridad o el sistema económico y social” de la isla. Al tiempo que busca evitar mencionar de manera explícita la hipótesis de una intervención militar en caso de una agresión china, la fórmula la torna sin embargo posible; es la base de la “ambigüedad estratégica” sostenida por Washington.

De hecho, ante los ojos de Estados Unidos, Taiwán siempre ha sido un peón cuyo valor estratégico relativo se inscribe dentro de los cálculos de “Realpolitik” regional. Ahora bien, hace algunos años, este valor aumenta. Tras haber sido una ficha en la política de contención del comunismo durante la Guerra Fría, la isla se convirtió en el modelo de sociedad capitalista y democrática que Washington pensaba insuflar en China a través de una política “de compromiso”. A lo largo de tres décadas, este enfoque, asociado al apetito de las multinacionales que esparcieron allí sus industrias contaminantes y hambrientas de mano de obra explotable, condujo al optimismo de los dirigentes estadounidenses en cuanto a su integración en “su mundo”. Aún preponderante durante la administración de Obama, le cedió el lugar a una perspectiva más conflictiva bajo las administraciones de Trump y Biden. Taiwán ocupa allí un lugar no desdeñable.

En el plano geoestratégico, sigue siendo un eslabón esencial de la primera cadena insular que va desde Japón hasta Indonesia, frenando el acceso al Pacífico Oeste a la marina china. A nivel económico, Taiwán juega un rol central en cuanto a la voluntad de Washington de frenar el ascenso chino. Particularmente en relación al proyecto de la administración Biden de constituir una alianza de las “tecno-democracias”. Las fundiciones de la isla efectivamente producen la mayor parte de los semiconductores de última generación, componentes indispensables para la economía digital mundial (smartphones, objetos conectados, inteligencia artificial, etc.). Estados Unidos quiere asegurarse de que estas capacidades permanecerán en su bando.

Por Tanguy Lepesan para Le Monde Diplomatique

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