A estos datos se agrega el contexto global. Lo que hoy sucede con el riesgo país se explica casi 100 por ciento por factores internos, el fenómeno es local, pero el escenario puede volverse impredecible si Donald Trump pierde las elecciones intermedias, como indican todas las encuestas y la tendencia de las apuestas, el nuevo indicador indirecto estadounidense. No porque se espere una gran variabilidad en materia de tasas de referencia, que de hecho ya subieron, sino porque los mercados financieros dejarán de ver a Estados Unidos como garante de última instancia de la deuda argentina. Sin el apoyo de Trump no habrá red de contención, lo que comenzará a agravarse a medida que se acerque el martes 3 de noviembre, es decir, pasado mañana, por eso ya hay capitales que buscan ponerse a resguardo de la exposición argentina.
El problema, de nuevo, es que esto contrasta con la necesidad de divisas de la economía local, necesidad que suma los dólares para sostener un tipo de cambio sobrevaluado, la “fuga” preelectoral y los vencimientos de deuda, que se traducen en la demanda del programa financiero.
La inestabilidad del panorama mantiene muy nerviosa a la casta de economistas ortodoxos que, hasta ayer nomás, festejaron el programa libertario y que, al igual que los acreedores, hoy buscan ponerse a resguardo. Por un lado, todo el establishment comenzó a preocuparse por cómo continuar el modelo de Milei sin Milei. Pelearse con Rocca o Madanes Quintanilla, “chatarrín y gomito”, puede ser una anécdota, pero juega muy en contra cuando las papas queman. Es una historia conocida: cuando los ajustes ortodoxos fracasan, conducen a la recesión y solo dejan como saldo el aumento del endeudamiento, la culpa se desvía a la ejecución defectuosa. El discurso sigue siendo persistir porque, contra viento y marea, “los votantes ya entendieron que hay que mantener la disciplina fiscal”, aunque se excluya de la ecuación fiscal la variable ingresos y su componente endógeno, es decir, su relación con la evolución del PIB.
Por otro lado, en los momentos críticos reaparecen, como si nada hubiese sucedido, los pescadores de río revuelto que intentan que se asegure la continuidad de la apropiación de los dólares excedentes. Son los Cavallo de la vida que sostienen que la solución es seguir liberalizando, que se deben liberar también las restricciones a la compra de divisas a las empresas. Se prevé que esta liberalización disparará el tipo de cambio, lo que significa una suba de la inflación, pero como el nuevo tipo de cambio será, ahora sí, el verdadero, generará certidumbre sobre el rumbo económico, con lo que sería un salto por única vez que, luego, llevaría a una estabilización vía nuevo ingreso de capitales e inversiones.
Sin debatir aquí los supuestos y efectos macroeconómicos de profundizar la liberalización, la conclusión preliminar es que toda la profesión de economistas, ortodoxos y heterodoxos, ya asumió que el modelo del oficialismo fracasó y que, más temprano que tarde, será necesario un reseteo. La alternativa es la de siempre cuando, en el año tres, los modelos no funcionan: prolongar el statu quo de la agonía a la espera de un resultado electoral milagroso que permita continuar el modelo por otros medios.



























