La pelea por el excedente

Economía01/10/2026
El concepto de “excedente” es extraordinariamente potente para explicar la historia económica. Está en la raíz de la complejización de las sociedades humanas, de la división del trabajo y del desarrollo de las estructuras de poder social. Apareció con el surgimiento de la agricultura, cuando las sociedades comenzaron a producir por encima de su subsistencia, lo que posibilitó la aparición de nuevos actores sociales que se liberaron de la necesidad de dedicarse a producir alimentos. Desde entonces fue posible sostener burocracias, milicias y elites sacerdotales, es decir, clases especializadas. El poder nació junto con el excedente y se encuentra en la base del surgimiento de los aparatos estatales y los imperios. Saltando miles de años hasta el presente, no es una exageración semántica concluir que, en última instancia, lo que está por detrás de cualquier lucha por el poder, de cualquier lucha política, es la disputa por el control del excedente, es decir, la disputa por su reparto.
Pero aquí no hablamos de la historia de las civilizaciones. Habitamos en la coyuntura. La historia del presente local puede expresarse como la lucha por la apropiación del excedente de dólares que genera la economía. Cuando están por cumplirse tres años de la experiencia libertaria, quedan pocas dudas de que los dólares no derraman. Se sabe que existen tres sectores dinámicos que generan divisas, los que están detrás del boom exportador: agro, minería e hidrocarburos, pero también se sabe que dejaron de alcanzar para sostener el crecimiento del PIB, cuya evolución se acerca peligrosamente a la recesión técnica. A ello se agrega que todas las actividades vinculadas al mercado interno, como la industria, la construcción y el comercio, no dejan de achicarse, lo que se traduce en caída de la demanda agregada, cierre de empresas y aumento del desempleo, un panorama que se expresa en el aumento del desánimo social. Mientras ello sucede, el gobierno repite cifras inventadas sin ruborizarse y retuerce los escasos números positivos, lo que redunda en una profundización de la pérdida de credibilidad. La población deja de escuchar. Hay un mundo de los funcionarios y sus voceros y otro de la calle.
Las rarezas económicas se profundizan. Los precios internacionales de las exportaciones vuelan, los términos del intercambio nunca fueron tan favorables para las exportaciones locales. El viejo problema de la restricción externa, que en las últimas décadas le puso techo al crecimiento, parece conjurado. Sin embargo, los dólares, los excedentes, pasan de largo.
El gobierno hizo del ancla cambiaria su principal instrumento de lucha contra la inflación. Por eso no acumula reservas. Sabe que su demanda de divisas compite con la de los privados. La “formación de activos externos”, la mal llamada “fuga”, ronda hoy los 3000 millones de dólares mensuales y se espera que, dado el dólar barato y la incertidumbre electoral, la dolarización de carteras se profundice. A ello se suma que los vencimientos de deuda de 2027 suman casi 25 mil millones de dólares, más exactamente 24.900: 15.700 de capital y 9.200 de intereses. La gran incógnita, entonces, es cómo se resuelve esta demanda, es decir, la lucha por la apropiación del excedente de dólares.
Cuando se mira el actual superávit externo no debe olvidarse que las exportaciones pertenecen a los privados, lo que pone en primer plano los mecanismos a través de los que el sector público accede a este excedente de divisas. Esta es la razón por la que los mercados comenzaron a reaccionar negativamente y sube el riesgo país, un círculo vicioso que retroalimenta la incertidumbre. Dicho de manera rápida, el riesgo país es un número automático que surge del precio de una canasta de bonos locales. Si los tenedores de esos bonos mayoritariamente venden, es decir, si bajan su exposición a la deuda argentina, como comenzaron a aconsejar los bancos de inversión como JP Morgan, el precio de los bonos baja, lo que indirectamente supone que pagan un interés más alto (compro hoy un bono más barato, pero su valor al vencimiento es el mismo). Bonos como los Globales 2030, por ejemplo, ya pagan tasas de dos dígitos.

A estos datos se agrega el contexto global. Lo que hoy sucede con el riesgo país se explica casi 100 por ciento por factores internos, el fenómeno es local, pero el escenario puede volverse impredecible si Donald Trump pierde las elecciones intermedias, como indican todas las encuestas y la tendencia de las apuestas, el nuevo indicador indirecto estadounidense. No porque se espere una gran variabilidad en materia de tasas de referencia, que de hecho ya subieron, sino porque los mercados financieros dejarán de ver a Estados Unidos como garante de última instancia de la deuda argentina. Sin el apoyo de Trump no habrá red de contención, lo que comenzará a agravarse a medida que se acerque el martes 3 de noviembre, es decir, pasado mañana, por eso ya hay capitales que buscan ponerse a resguardo de la exposición argentina.

El problema, de nuevo, es que esto contrasta con la necesidad de divisas de la economía local, necesidad que suma los dólares para sostener un tipo de cambio sobrevaluado, la “fuga” preelectoral y los vencimientos de deuda, que se traducen en la demanda del programa financiero.

La inestabilidad del panorama mantiene muy nerviosa a la casta de economistas ortodoxos que, hasta ayer nomás, festejaron el programa libertario y que, al igual que los acreedores, hoy buscan ponerse a resguardo. Por un lado, todo el establishment comenzó a preocuparse por cómo continuar el modelo de Milei sin Milei. Pelearse con Rocca o Madanes Quintanilla, “chatarrín y gomito”, puede ser una anécdota, pero juega muy en contra cuando las papas queman. Es una historia conocida: cuando los ajustes ortodoxos fracasan, conducen a la recesión y solo dejan como saldo el aumento del endeudamiento, la culpa se desvía a la ejecución defectuosa. El discurso sigue siendo persistir porque, contra viento y marea, “los votantes ya entendieron que hay que mantener la disciplina fiscal”, aunque se excluya de la ecuación fiscal la variable ingresos y su componente endógeno, es decir, su relación con la evolución del PIB.

Por otro lado, en los momentos críticos reaparecen, como si nada hubiese sucedido, los pescadores de río revuelto que intentan que se asegure la continuidad de la apropiación de los dólares excedentes. Son los Cavallo de la vida que sostienen que la solución es seguir liberalizando, que se deben liberar también las restricciones a la compra de divisas a las empresas. Se prevé que esta liberalización disparará el tipo de cambio, lo que significa una suba de la inflación, pero como el nuevo tipo de cambio será, ahora sí, el verdadero, generará certidumbre sobre el rumbo económico, con lo que sería un salto por única vez que, luego, llevaría a una estabilización vía nuevo ingreso de capitales e inversiones.

Sin debatir aquí los supuestos y efectos macroeconómicos de profundizar la liberalización, la conclusión preliminar es que toda la profesión de economistas, ortodoxos y heterodoxos, ya asumió que el modelo del oficialismo fracasó y que, más temprano que tarde, será necesario un reseteo. La alternativa es la de siempre cuando, en el año tres, los modelos no funcionan: prolongar el statu quo de la agonía a la espera de un resultado electoral milagroso que permita continuar el modelo por otros medios.

Fuente: El Destape

Te puede interesar
Lo más visto
Suscríbete al newsletter para recibir periódicamente las novedades en tu email