Aníbal trabajó toda la vida y ahora, ya jubilado, maneja un auto por aplicación. Lo mismo le pasa a Ricardo, que trabajaba en obra pública hasta que el gobierno la suspendió. Ahora es jubilado y chofer de aplicación. Graciela junta las monedas con sus hijos para pagar un préstamo y comer al menos una vez por día. Carlos reparte volantes a los 74 y busca changas de plomería para arañar fin de mes. En agosto de 2026 la jubilación mínima es de 489.775,92 pesos, al sumar el bono extraordinario congelado en 70.000. Según un informe de la Universidad Nacional de Avellaneda 27 mil adultos mayores de 65 años se reinsertaron en el mercado laboral. Y alarma la cantidad de jubilados endeudados, que también estarán representados este jueves, en la marcha al ministerio de Economía por el sobreendeudamiento familiar, organizada por la CGT, la Utep, empresarios pyme y endeudados autoconvocados. Página/12 recuperó historias en primera persona que reflejan la realidad apremiante de los adultos mayores que salieron a trabajar para sobrevivir.
La historia de Graciela
La jubilada vive en Merlo y cobra la mínima. “Cuando cobro la jubilación, no la toco, porque me están llegando casi 150 mil pesos de luz. La mitad de lo que percibo. Compré garrafa a 33 mil pesos, porque acá no tengo gas, y tampoco hay agua corriente”. Graciela está operada de tumores en los intestinos y está medicada de por vida. “De remedios gasto 80 mil pesos, y 10 mil pesos de impuestos”. La jubilada tiene una hija y un hijo que trabajan, pero sus salarios son de 500 y 800 mil pesos respectivamente. Hacen pozo común, y así sobreviven. “Comemos una vez por día, a la noche. Después tiramos a mate con pan. Un desastre total”, cuenta.
Según el informe citado de la Undav, el 61,6 por ciento de las mujeres mayores que trabajan lo hacen en la informalidad. “Tengo montada una fotocopiadora que en el pasado tuve la posibilidad de armar. Pero cuando se me rompió la máquina, no pude comprar los repuestos, que son caros, muy caros. Le hice durante mucho tiempo los cuadernos y fotocopias a chicos de escuelas y facultades. Hoy no puedo hacer absolutamente nada. Tengo todo parado”, dice Graciela.
“Me incomoda pedirle a mi familia”
Ernesto Aníbal Peñaloza tiene casi 70 años y fue pintor toda su vida hasta que las rodillas le pasaron la factura. Subir a un andamio para trabajar dejó de ser posible. Ahora maneja un auto por aplicación. Cobra la jubilación mínima, que percibe con un descuento de préstamos que sacó en ANSES y en el Banco Francés en el pasado, por lo cual cobra todavía menos de 300 mil pesos. “Salgo con el auto a trabajar después de las 10 de la mañana, porque temprano tomo medicamentos por la próstata que me hacen ir al baño permanentemente, entonces no puedo trabajar. Busco recorridos donde tenga estaciones de servicio en todas partes para no pasarla mal”, explica. No maneja por La Plata porque le da miedo. Elige Berazategui, Bosques, Quilmes, Lomas de Zamora. Maneja su auto personal hasta las 16 horas y vuelve a casa. Cuenta que los sábados y domingos no trabaja porque “se da el lujo” de pasar tiempo con sus nietos y familia. “A mí me incomoda mucho pedir ayuda a mis hijos. No me hace sentir bien. Mi hija del corazón siempre me dice que toda la vida ayudé yo, que ahora me deje ayudar. Entonces, cuando me falta algo o necesito una mano de ellos, trato de pensar en esto que me dijo ella y no me siento tan mal”.
El cuerpo también paga la factura
Carlos vive en Villa Domínico y trabaja —siendo jubilado— de plomero a los 74 años. “Cobro la mínima, entonces me la rebusco. Tiro volantes por el barrio y espero que aparezca algún trabajo. Trabajé en el municipio de Avellaneda, me dedicaba a obras de instalación de gas, pero se me rompió un cartílago en el pie izquierdo y el manguito rotador, y eso complicó todo. Hoy sigo trabajando, y cuando hay que bajar una pared, no puedo responder que me duele el brazo; lo hago. Termino mal, pero lo hago. Esa es mi realidad, como la de muchos jubilados”. Carlos explica que hoy con lograr hacer un trabajo por semana se conforma. Antes era diferente, había más demanda, pero eso cambió. “Yo me ofrezco como plomero, gasista, y sé que hasta el día 10, 12, algunos te llaman, pero después se nota que la mayoría evita gastar. A lo sumo te piden algún presupuesto. Y vamos bajando los presupuestos para que nos den el trabajo. A veces cambio plata”, relata.
“Los remedios que me dio el gastroenterólogo me salen 50 mil pesos. La garrafa me sale 30 mil. La luz me salió 40 mil pesos. Sacá la cuenta, me queda un promedio de 10 mil por día. Los audífonos hasta hace unos años me los daba PAMI, y ahora fui porque empiezo a tener inconvenientes con el tema del equilibrio por la hipoacusia, y me di cuenta al agacharme trabajando. Pero cuando fui con la receta a Quilmes, me dijeron que busque otro lugar porque no tomaban nada de PAMI porque no pagan”. En relación a la red de contención familiar, Carlos la tiene, pero intenta evitar pedir dinero a sus hijos. “No me parece justo. Prefiero pasar necesidad, pero no quiero pedirles, cada uno tiene su familia. No quiero que me vean como ‘pobre papá’; nunca fue así. Si puedo laburar, aunque me duela el tobillo o el brazo, seguiré trabajando”.
Actualmente, hay 1.345.954 jubilados endeudados con prestamistas no bancarios, según lo relevado por Undav. Los intereses y aumentos ahican las -ya muy bajas-posibilidades que tienen los jubilados de vivir una vida digna.




























