Se les quedó atragantada la entrega, por una vez, nada menos que esta vez. Y fue posible porque hubo una voluntad que se dejó ver adentro y afuera del Congreso, sobre todo afuera, bajo la lluvia y las balas.
La represión demente que desplegaron todo el jueves duró precisamente todo el día porque mucha gente se quedó a pelear. Nunca es pelea real, es cacería, pero el jueves se encontraron con algo compacto y persistente. Con algo que los puso nerviosos y no habían visto últimamente. Se llama pueblo.
Tenemos que cuidarlo. Este reencuentro con nosotros mismos empezó con un trapo que inesperadamente nos abrió las compuertas de un amor clausurado.
Empezó con ese pedazo de sábana en el que un grupo de pibes argentinos que habían ido al Mundial escribieron “Las Malvinas son argentinas” sin saber que su botella atravesaría el mar de indiferencia y anestesia y nos llenaría de viento la camiseta.
Qué se iban a imaginar esos pibes que hicieron lo que tantos millones de personas hacen diariamente en el mundo, escribir sus carteles, escribir en un trapo o un cartón sus injusticias, el nombre de sus muertos, de sus líderes proscriptos o gritar su furia.
Antes del trapo, la muerte del Indio dio las primeras señales, nos arrimó a la gama de sentimientos y sensaciones que no figuran en la dimensión Milei de la existencia: el amor, la ternura, la redención, el tocar fondo y volver a salir gracias a otro, el dar la mano al que todavía está en el fondo.
Después, alguien inventó la manera de que todos pudiéramos imprimir carteles o remeras con la misma tipografía del trapo. Lo vimos hasta en la sopa. Lo elegimos. Decidimos que representaba todo lo que nos habían robado y nos piensan robar estos piratas.
En estas notas he venido nombrando como “la mayoría repugnante” a la que ha sostenido a Milei desde otros partidos. Han robado a destajo esos también. Pero esta vez se asustaron.
Falta mucho por recorrer. Pero hemos pasado una gran prueba: hay un pueblo que salió unido a defender la supervivencia de su país y la suya propia. Ahora que somos esto, sigamos siéndolo. Fragmentados somos pura impotencia. Unidos, les damos miedo. Nada les más miedo que nuestra comunión.




























