







En estas semanas previas a las elecciones cruciales de medio término, se generaliza la explicación de que el equipo económico sube muy fuerte la tasa de interés para contener las presiones alcistas del dólar y, en consecuencia, de la inflación.


El saldo es arrojar la economía a una recesión en el momento más álgido del proceso electoral, estrategia política que ningún gobierno anterior, desde la recuperación de la democracia, ha encarado por el inmenso riesgo de padecer la derrota en las urnas.
Si el objetivo es restringir todo lo posible la cantidad de dinero en circulación, vía colocación de deuda pública a tasas elevadas y el incremento de los encajes al umbral récord del 53%, podría hacerlo también vendiendo dólares, dejando que la paridad alcance el techo de la banda cambiaria.
En este caso, no se afectaría tanto el nivel de actividad doméstica ni generaría un profundo desorden en el funcionamiento del mercado bancario. Además, no se frenaría el flujo de créditos a empresas y particulares, uno de los principales motores de la recuperación de la economía mileísta.
El FMI, el verdadero ordenador del plan económico
El interrogante, entonces, es por qué el equipo económico liderado por Luis Caputo está instrumentando una política monetaria y cambiaria, con el indudable aval del presidente Javier Milei, que tiene elevados costos políticos y económicos.
La respuesta dominante en la city es que, de ese modo, Milei asegura llegar a las elecciones con un dólar dominado y sin desbordes de precios. Sin embargo, el motivo es otro: el FMI prohibió vender los dólares que entregó en abril pasado. Compromiso que asumen Caputo y Milei para evitar el derrumbe del plan económico liberal-libertario.
Este potente condicionamiento fue revelado a El Destape por un protagonista que conoce en detalle el desarrollo y posterior aprobación del acuerdo con el Fondo por 20 mil millones de dólares.
Antes de dar el visto bueno a este insólito préstamo, teniendo en cuenta que Argentina es el principal acreedor del organismo porque había recibido 45.000 millones de dólares en el gobierno de Mauricio Macri, con un desenlace terrible, los principales directores del FMI, junto a la titular Kristalina Georgieva, definieron una condición secreta.
En un encuentro reservado del directorio, sin otros representantes de menor peso específico, evaluaron el capítulo no difundido del préstamo a la Argentina de Milei: antes de permitir que el tipo de cambio toque el techo de la banda de flotación, el Banco Central deberá adoptar las medidas monetarias contractivas necesarias para evitarlo, como una fuerte suba de la tasa de interés y el elevar encajes hasta niveles récord, y así no vender los dólares recibidos del organismo para fortalecer las reservas y frenar las presiones cambiarias.
El equipo económico de Milei se comprometió a cumplir con esta condicionalidad, que fue explícita debido a la experiencia traumática registrada en 2018 cuando Luis Caputo, hoy ministro de Economía y entonces presidente del Banco Central de Mauricio Macri, rifó miles de millones de dólares del FMI para defender un esquema cambiario fallido.
Esta restricción no difundida permite entender el desborde de la tasa de interés que ha arrojado la economía a un clima recesivo previo a las cruciales elecciones de septiembre, en la Provincia de Buenos Aires, y de octubre, de medio término a nivel nacional.
La prohibición de vender los dólares del préstamo del FMI obliga al ministro Luis Caputo a subir muy fuerte las tasas y restringir el crédito elevando los encajes bancarios.
El historial conflictivo del FMI con Argentina
La historia económica argentina muestra que cada vez que el Fondo Monetario Internacional intervino de manera decisiva, el desenlace fue recesivo, con crisis de deuda y deterioro social. Desde los años ochenta hasta hoy, la presencia del FMI se tradujo en políticas de ajuste ortodoxo que, lejos de estabilizar, agudizaron los desequilibrios.
- En 1989, el acuerdo stand-by firmado por Raúl Alfonsín derivó en una hiperinflación cuando el organismo interrumpió desembolsos tras evaluar que el programa no cumplía las metas fiscales. La consecuencia fue una transición traumática, con estallido social y una pérdida brutal del poder adquisitivo de los salarios.
- En 2001, bajo la presidencia de Fernando de la Rúa, el FMI primero sostuvo al gobierno con desembolsos para financiar la convertibilidad y luego le soltó la mano en diciembre, cuando decidió no girar los fondos comprometidos. Ese corte abrupto aceleró el colapso: default de la deuda, caída del sistema bancario, congelamiento de depósitos y la mayor crisis institucional desde la recuperación democrática.
- En 2018, con Mauricio Macri, la Argentina se convirtió nuevamente en el principal deudor del FMI, con un préstamo récord de 45.000 millones de dólares. Esta vez, el Fondo violó sus propias reglas internas: habilitó fondos para financiar fuga de capitales y respaldar un régimen cambiario insostenible. El resultado fue recesión, inflación desbordada y un endeudamiento que aún hoy condiciona la política económica.
Recesión, más deuda e inestabilidad
Cada ciclo de endeudamiento con el Fondo desemboca en recesión, más deuda y vulnerabilidad. El experimento liberal-libertario de Milei no es distinto, aunque él intente presentarse como un político outsider que rompe con la historia: su plan está atado al monitoreo del FMI, que se convirtió en garante de su política económica. La prohibición de vender los dólares del préstamo evidencia el férreo control del organismo sobre la política cambiaria y monetaria.
La fragilidad del esquema mileísta radica en que se basa en dos pilares: altas tasas de interés y confianza en que el FMI (es decir, Estados Unidos) seguirá apoyando. Es una apuesta riesgosa. Las tasas por encima del 100% anual destruyen el crédito, paralizan el consumo y golpean a la industria. Y el apoyo del Fondo no es incondicional: depende del cumplimiento de metas fiscales y monetarias que, en el contexto de una recesión profunda, son cada vez más difíciles de alcanzar.
A esta vulnerabilidad se suma un dato inquietante: la deuda con el FMI representa más del 60% de las obligaciones externas de corto plazo. Esto significa que cualquier tensión con el organismo —una revisión crítica, un desembolso demorado, un cambio en el escenario geopolítico— puede desatar un nuevo episodio de inestabilidad financiera.
El chaleco de fuerza para Milei
El “ancla” de la política de Milei es, en verdad, un chaleco de fuerza. Le permite exhibir cierto control sobre el dólar en el corto plazo, pero al costo de hipotecar la capacidad de maniobra futura. La historia reciente demuestra que cuando el FMI condiciona las políticas económicas, el margen de decisión nacional se reduce a su mínima expresión.
Los antecedentes son elocuentes: planes de ajuste en los noventa que prepararon el terreno para el colapso de 2001; el préstamo monumental a Macri que dejó un legado de deuda impagable; y ahora, la nueva condicionalidad impuesta a Milei, que dispone la restricción de vender los dólares del FMI, lo que lo obliga a endurecer la política monetaria aunque eso signifique dinamitar la economía real en plena campaña electoral.
El interrogante central es cuánto tiempo se mantendrá este equilibrio precario. El oficialismo apuesta a que la sociedad tolere meses de recesión con la promesa de una estabilidad cambiaria. Pero la experiencia muestra que las crisis bajo tutela del FMI se desatan cuando se combina recesión, deuda y malestar social. Y ese cóctel ya está servido.
El indicador de confianza de la Di Tella se acerca al umbral de los 2 puntos, por debajo del cual todos los oficialismos que permanecieron durante un tiempo prolongado terminaron perdiendo elecciones. Fuente: Eseade.
La economía arrojada a una nueva recesión
Milei se enfrenta así a la paradoja de sus antecesores: para sostener su plan necesita del Fondo, pero esa dependencia misma lo acerca al fracaso. La economía con salarios en caída, consumo desplomado y empresas asfixiadas por el crédito caro se mueve al borde de un nuevo shock. La sombra del FMI, lejos de disiparse, se proyecta una vez más sobre el futuro inmediato del país.
En este marco, los pronósticos privados ya reflejan la debilidad estructural. Orlando Ferreres y Asociados recortaron dos veces sus estimaciones de crecimiento: del 5,5% a 4,7% y, más recientemente, a 4,5% del PIB. “La mayor parte de ese crecimiento es arrastre estadístico, no inversión, que sigue en niveles bajos. En realidad, desde diciembre pasado la economía creció solo 0,1%, lo que es prácticamente nada”, explicó Ferreres.
El economista proyectó que la inflación de agosto será cercana al 2,2% y la estimación anual se mantiene en 28%. El Gobierno apuesta a que este dato tenga un peso significativo en las elecciones, y los empresarios también. Sin embargo, Ferreres advirtió que en julio la economía cayó 1% y subrayó la debilidad de la inversión, que apenas alcanza el 13,5% del PIB.
El riesgo país se disparó 150 puntos en la última semana, hasta 850 puntos, mientras que el Merval cayó 5,6% y cerró en 1450 dólares, su nivel más bajo de 2025, acumulando una pérdida de 30% en el año. El reporte de la agencia de Bolsa Cohen explica que la volatilidad en las tasas de interés, la mala posición de reservas internacionales y la incertidumbre política llevaron a que la cotización de bonos soberanos y acciones se ubiquen entre los niveles más bajos del año. Concluye que “bajar el riesgo país es importante para que Argentina regrese a los mercados internacionales de crédito y refinanciar los vencimientos de deuda”.
El riesgo país se disparó 150 puntos en la última semana, hasta 850 puntos, mientras que el Merval cayó 5,6% y cerró en 1450 dólares, su nivel más bajo de 2025, acumulando una pérdida de 30% en el año. Fuente: Cohen Aliados Financieros.
Derrumbe de la confianza en el gobierno de Milei
A este cuadro de debilidad económica se le suma un deterioro acelerado en los indicadores de confianza. Según el relevamiento de la Universidad Torcuato Di Tella, el Índice de Confianza del Consumidor retrocedió un 13,9%, al pasar de 46,4 puntos en julio a 39,9 puntos en agosto, mientras que el Índice de Confianza en el Gobierno cayó 13,6%, hasta ubicarse en 2,12 puntos. Este último indicador se acerca al umbral de los 2 puntos, por debajo del cual todos los oficialismos que permanecieron durante un tiempo prolongado terminaron perdiendo elecciones.
El último informe económico de Eseade, centro de estudio ultraliberal, destaca que esta caída se registró antes del “Karinagate” y de otros escándalos recientes, lo que anticipa un escenario político todavía más frágil. “Aunque algunos analistas sostienen que, por la cercanía de los comicios y la debilidad de la oposición, este deterioro no alterará sustancialmente el resultado electoral, lo cierto es que la dinámica de expectativas ya se encuentra en un terreno delicado, donde cualquier nuevo shock puede acelerar la pérdida de legitimidad del oficialismo”, advierte.
La condición del FMI de impedir la venta de los dólares del préstamo expone la vulnerabilidad extrema del plan económico: sin reservas disponibles, con tasas que asfixian al sistema productivo y con una recesión en marcha, Milei sostiene el tipo de cambio solo por la tutela del organismo. No es fortaleza, es fragilidad.
La economía queda atrapada en un callejón donde el plan económico está condicionado por la tecnoburocracia del FMI, desde Washington, y donde el margen de acción se reduce al ajuste permanente. Bajo estas reglas, lo que se presenta como estabilidad cambiaria es apenas un respiro transitorio antes de un nuevo episodio de inestabilidad, que la mayoría vislumbra para después de las elecciones de fines de octubre.
Por Alfredo Zaiat / El Destape







