Un fallo de resultado incierto

Actualidad 06 de diciembre de 2022
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Este martes se conocerá el veredicto sobre la causa Vialidad y ya se informó, opinó, polemizó, con rigor o a puro invento y prejuzgamiento. Lo que en ningún caso puede dudarse es que sus consecuencias políticas son muy difíciles de pronosticar.

Es secundario que el asunto no le quite el sueño a la gran mayoría de la población, abstraída casi exclusivamente en el andar económico.

Si no hay una sorpresa gigantesca y Cristina es condenada, como lo indican todas las fuentes e indicios que quieran recorrerse, se profundizará un reacomodamiento en las fuerzas gubernamentales.

Eso sí podría incidir en el conjunto o en aspectos centrales del panorama. Podría, se reitera. No es seguro. También puede ocurrir que mayormente no pase nada porque “la gente” está en otra cosa, que no es el Mundial ni la Selección; porque después de todo es un fallo de primera instancia, y llevará años que haya una sentencia definitiva; porque no hay chance alguna, ni lógica ni afiebrada, de que CFK sea proscripta como candidata (a menos que no quede ni libro ni jurisprudencia en pie, lo cual, sí, daría paso a un terremoto institucional y -quizá- social).

Analizar el escenario desde una mirada rigurosamente judicial no tiene mayor sentido. Siempre fue así, en verdad.

Las causas más inconcebibles son Dólar Futuro y memo de entendimiento con Irán. En los propios medios de la derecha advirtieron, desde un comienzo, que se trataba de ridículos sólo conducentes a eso mismo. ¿Judicializar una disposición de técnica económica y otra que aprobó el Congreso Nacional?

Sin embargo, ambas dieron la medida de hasta dónde es capaz de llegar la obsesión persecutoria contra CFK o, más precisamente, contra lo que representa el peronismo en su acepción kirchnerista y sin importar que hoy sea una potencia de espíritu moderado.

Vialidad ofrece pegarle a Cristina no con pruebas, sino a partir de las “convicciones íntimas” que ya supieron esgrimirse para condenar a Lula.

No hay cuerpo del delito que los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola hayan podido demostrar. Y cada aspecto de lo que pudiera sospecharse como tal fue demolido por la defensa de la vicepresidenta, con argumentos que los medios dominantes ignoraron olímpicamente.

La cadena nacional que acompaña el acting de Luciani, desde un principio, es antítesis del silencio otorgado al cúmulo de evidencias contrarias.

Si Cristina fuera absuelta, estaríamos ante una de las mejores noticias de salud republicana en la historia argentina no por una razón de simpatías políticas: sólo impresionaría que el Poder Judicial no es, en modo terminante, una famiglia putrefacta que carece de excepciones sólidas.

Si la condenan, en cambio, sea por asociación ilícita o por defraudar al Estado porque “no podía no saber”, habrá una relación inversamente proporcional. La Justicia fallará según sus sentimientos, y no a través de las probanzas. Ocurrió y continuará sucediendo hasta el fin de los tiempos, desde ya, pero hay causas que son bisagra y ésta es una de ellas. O debiera serlo.

La obscenidad de lo que parece irreversible tiene, entre tantísimos otros, el detalle de que Luciani optó por no retrucar la batería que, punto por punto, expusieron y asentaron CFK y sus abogados.

¿Cómo se llega a cruzar el límite de que un fiscal decida no ampararse en una mínima solvencia profesional? ¿Ni siquiera por amor propio?

Se llega porque se sienten impunes, y se sienten impunes porque no se les demuestra que corren riesgo en caso de sentirlo. Eso es el Poder, mucho antes que el dinero: la impunidad.

El Partido Militar y sus secuaces civiles, a lo largo de casi toda nuestra historia, fueron el símbolo de ese despotismo. Los segundos permanecen así, pero el Juicio a las Juntas inauguró un camino que extinguió a los militares como factor de poder. ¿No hay magistrados y operadores del Partido Judicial temerosos de que tarde o temprano pueda tocarles a ellos?

Ahí es cuando se abre el cuadro de posibilidades políticas.

La sorpresa mayúscula, reiterado, sería que Cristina quede absuelta porque las pruebas de corrupción, en todo el proceso, fueron indemostrables.

Es más: ya que la vara es estrictamente política, a la derecha y a sus personeros cambiemitas les convendría esa absolución porque privaría a CFK de la posibilidad de “victimizarse”. Desactivaría un amplio movimiento a su favor. Regeneraría alguna confianza en que la Justicia es capaz, alguna vez, de obrar con los ojos vendados de su símbolo.

No semeja que vaya a funcionar así: el odio es, o sería, más fuerte que esa especulación.

En consecuencia, estamos ante la probabilidad -hasta el martes consiste en eso- de un fallo escandaloso que, por un lado, “sólo” le agregaría una enésima mancha al tigre. Pero por otro, como de hecho ya acontece, en política terminaría de abroquelar al oficialismo en torno a la figura de Cristina.

Esto último no implica, únicamente, declaraciones encendidas de la alta dirigencia del Frente de Todos.

Cabe suponer que una condena a la vicepresidenta podría despertar músculos dormidos entre cierta militancia desencantada, y (entiéndase la expresión) reavivarle el entusiasmo por vía de contrastar la persecución judicial que sufre.

Puede inferirse que esa eventualidad no alterará en absoluto la correlación de fuerzas vigente, por tratarse de una temática que interesa a los núcleos duros ultra-politizados.

¿Qué influencia tendría un fallo adverso a Cristina en la (muy creciente, según parece y como indica cualquier encuesta creíble) porción de la sociedad desentendida de los avatares políticos y, más todavía, embroncada o hasta furiosa con cuanto provenga de allí? 

Señalado en términos electorales: el dichoso “tercio fluctuante” que va para acá o para allá, de acuerdo a cómo soplen los vientos y perspectivas económicas.

Impacto escaso o nulo, podría ser la respuesta, porque el cualunquismo apunta a que en nada (me) cambia la vida la suerte judicial de CFK.

Empero, también sigue pasando que representativo y significativo no son necesariamente la misma cosa.

Una corriente mayoritaria, respecto del tema que fuere, acaba siendo una mera opinión que hoy incide y mañana no.

En cambio, una fortaleza significativa puede ser transitoriamente minoritaria pero, afirmada en sus convicciones y disposición, capaz de retroalimentarse para crecer. O reaparecer. 

Es y será la marcha de la economía lo que, al cabo, determine el destino de esta experiencia “frentista” no fracasada por completo. Lo estará si se rompe formalmente. Por el momento, frenó al borde del precipicio y resiste. Desde ya, se acepta el juicio negativo acerca de un oficialismo dedicado a aguantar y no al avance.

Pero, de por sí, viene sucediendo que Cristina habla y trabaja para rearticular al peronismo. No sólo apartó los cuestionamientos públicos al Gobierno, sino que muestra gestos de “reconciliación”, comprensión o apaciguamiento muy considerables (el apoyo a la gestión de Massa; el cese de las imputaciones a algunos referentes de movimientos sociales).

Sabe perfectamente lo que está en juego. El intento de asesinarla, con toda seguridad, no hizo más que confirmarle y confirmarnos la proyección de un caldo de cultivo violento, que rompe el pacto democrático implícito desde 1983. O más grave aún: lo rebajó hasta la elementalidad de No Matarás.

En esas condiciones se inscriben su situación judicial y los intentos de que el peronismo quede borrado del mapa.

Que la derecha lo consiga no sería obra de un fallo, sino de la impericia de los actores del campo popular para estar a la altura de las circunstancias.

Por Eduardo Aliverti * P12

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