La reacción de Flávio fue salir en fuga del país, como a estas horas están cubriendo todos los medios del mundo. Pero la lógica de fondo persiste: convertir la derrota en una denuncia de persecución y mantener abierta la posibilidad de desconocer las reglas electorales. Y también de autopreservación: Flávio cuenta con varias acusaciones de corrupción en su contra y una parte de la Justicia lo tiene entre ceja y ceja.
Según la reconstrucción difundida por medios brasileños y argentinos, el senador cruzó por tierra desde Brasil a Puerto Iguazú el martes 27 de octubre, acompañado por su esposa y sus dos hijas, y abordó un avión privado Gulfstream G400, matrícula argentina LV-JQW, operado por Baires Fly. La aeronave tenía como destino declarado Guayaquil, Ecuador, donde realizó una escala para cargar combustible antes de continuar hacia Miami, en una ruta que evitó el espacio aéreo brasileño.
Mientras se desarrollaba el viaje, circularon informaciones contradictorias sobre su ubicación, en una secuencia que alimentó las sospechas de que la confusión mediática pudo haber servido para distraer la atención. El papel de la Argentina también quedó bajo la lupa: el gobierno de Javier Milei confirmó el cruce fronterizo y el embarque. Trump, por su parte, respaldó a la familia Bolsonaro y dijo que Washington habilitaría el ingreso de Flávio y sus familiares mediante visas. Recordemos que su hermano Eduardo Bolsonaro está radicado en Estado Unidos.
La Justicia había ordenado que entregara sus pasaportes y no abandonara el país, en el marco de investigaciones por presuntas irregularidades financieras que él niega.
La solicitud de entregar su pasaporte en medio de la campaña electoral despertó críticas por la extrema politización de la Justicia brasileña, que podría haber establecido otros tiempos para actuar.
La fuga de Flávio Bolsonaro el martes 27 tomó por sorpresa incluso a dirigentes de su propio Partido Liberal. Plantea una paradoja que merece atención: Flávio puede intentar convertir su situación judicial en la historia de un perseguido político y presentar la intervención de la Justicia como una prueba de que el sistema teme a su fuerza electoral.
La estrategia no es nueva: transformar una investigación en una causa política permite desplazar la discusión desde las conductas investigadas hacia la supuesta ilegitimidad de quienes las investigan. Pero también hay un problema para el propio dirigente: si la intención era encabezar una oposición con casi 60 millones de votos, ¿qué clase de liderazgo se construye abandonando a los aliados y eludiendo el escenario institucional en el que debería ejercerlo?
Lula busca explotar el contraste entre la actitud de Flávio y su propia conducta cuando fue condenado y encarcelado en 2018, en el marco de la causa Lava Jato. Aunque denunció la persecución judicial y luego logró que se anularan sus condenas, Lula permaneció en Brasil y convirtió su encarcelamiento en una etapa de su disputa política, sin abandonar la pretensión de volver al poder.
Piden la prisión preventiva de Flávio Bolsonaro y una alerta roja de Interpol tras no entregar su pasaporte
Incluso el padre de Flávio, Jair Bolsonaro, permanece detenido en arresto domiciliario luego de haber cumplido parte de su condena en una cárcel ordinaria. Su detención fue ordenada por el juez de la Corte Suprema Alexandre de Moraes, el mismo que ordenó retener los pasaportes de Flávio. La situación judicial de Bolsonaro padre fue justamente uno de los ejes de la campaña, y Flávio prometía la amnistía como una de sus primeras medidas al llegar al Palacio del Planalto.
La cuestión decisiva es qué hará el bolsonarismo con ese resultado. La impugnación de las elecciones, las denuncias de fraude sin pruebas concluyentes y la negativa a reconocer la voluntad popular no son simples gestos retóricos cuando provienen de dirigentes con capacidad de movilización y vínculos internacionales.
Además, la Justicia Electoral se las dejó picando al extender el horario de votación. Y luego De Moraes, pidiendo el secuestro de los pasaportes del candidato derrotado al día siguiente de la elección. No importa tanto el fondo, sino cómo impacta en el partido político. Para los Bolsonaro y sus seguidores, existe persecución política. Para el lulismo, son criminales prófugos.
Desconocer los resultados electorales adversos y cuestionar a los tribunales en la previa se han convertido en una herramienta más del arsenal de las nuevas derechas. Cohesionan a la propia base y a la vez erosionan la confianza en las instituciones y preparan el terreno para desconocer futuros resultados adversos. La experiencia brasileña de enero de 2023, cuando seguidores de Jair Bolsonaro asaltaron las sedes de los poderes públicos en Brasilia, mostró hasta dónde puede llegar esa dinámica.
Las entrevistas realizadas por Jorge Fontevecchia a Michel Temer y Sérgio Moro permiten observar otra dimensión del conflicto: la discusión sobre el papel de la Justicia y las condiciones para reconstruir la convivencia política.
Temer, que respaldó a Flávio en la segunda vuelta, propuso que Lula convoque a los tres poderes del Estado, a organizaciones de la sociedad civil y a la oposición para impulsar una conversación nacional. Su planteo tiene una lógica institucional atendible: un presidente reelegido por un margen relativamente estrecho necesita construir acuerdos para gobernar un país dividido. Sin embargo, el propio Temer fue más lejos en la entrevista al considerar que una amnistía para Jair Bolsonaro sería un gesto ideal de pacificación, aunque reconoció que no cree que Lula vaya a concederla.
Escuchemos el fragmento:
Allí aparece el límite de la conciliación: dialogar para garantizar la gobernabilidad no es lo mismo que ofrecer impunidad ni convertir la responsabilidad por un intento de ruptura institucional en una moneda de negociación. La pacificación democrática exige reglas compartidas, no necesariamente el borrón y cuenta nueva.
También se entrevistó ayer a Sérgio Moro, ministro de Justicia de Jair Bolsonaro, quien sostuvo que el gobierno de Lula adoptó medidas de beneficios sociales durante la campaña que, a su juicio, afectaron el resultado electoral y justifican el recurso judicial presentado por Flávio. También cuestionó la decisión de restringir sus movimientos y reclamó una reforma del Supremo Tribunal Federal, al que atribuye un protagonismo excesivo en la vida pública brasileña.
Escuchémoslo en sus propias palabras:
El planteo de Moro introduce un problema que no puede reducirse a la disputa entre Lula y los Bolsonaro: la creciente judicialización de la política brasileña y la politización de la Justicia.
Brasil se convirtió en un caso paradigmático de la tensión entre Justicia y política. En un contexto internacional de adelgazamiento y descrédito del sistema democrático, el desafío consiste en evitar dos extremos igualmente peligrosos: que la Justicia actúe como un poder sin contrapesos o que las denuncias de parcialidad se utilicen para desacreditar cualquier decisión adversa. El lawfare existe, pero no pega solo para un lado, sino que la justicia es como un tiburón que huele una gota de sangre en el agua y va por su presa.
La fortaleza de una democracia depende, precisamente, de que los tribunales puedan investigar y sancionar con independencia, pero también de que sus procedimientos sean transparentes, sus decisiones estén fundamentadas y existan garantías para todos los ciudadanos, incluso para quienes gobiernan o aspiran a hacerlo. Cuando la justicia termina más cuestionada incluso que el ecosistema político, como sucede constantemente en Latinoamérica, las democracias se ven todavía más debilitadas. Los recientes fallos en torno al caso Libra son un ejemplo.
Las repercusiones de la reacción del gobierno argentino prometen tener un fuerte impacto. La administración de Javier Milei confirmó que no emitirá un comunicado para felicitar a Lula, y su vocero, Adrián Ravier, justificó la decisión al recordar que el mandatario brasileño no había realizado un gesto personal de reconocimiento cuando Milei ganó las elecciones en 2023. Luego, habrían sido parte fundamental de ayudar a Flávio Bolsonaro y su familia a fugarse.
La relación entre Estados se convierte en una prolongación de los agravios entre individuos. Los gobiernos de Argentina y Brasil pueden tener diferencias ideológicas profundas, pero comparten intereses comerciales, fronterizos y regionales que no desaparecen porque uno de sus gobiernos rechace al otro.
Donald Trump respaldó a la familia Bolsonaro y Washington confirmó que facilitaría el ingreso de Flávio y sus familiares a Estados Unidos, mientras el presidente estadounidense cuestionó la elección brasileña sin presentar pruebas de irregularidades. Todo forma parte de una misma estrategia partidaria en la cual Milei es una pieza fundamental del plan de Trump, pero también del propio. La política regional se parece cada vez más a la doméstica de cada país. Se globalizó la polarización.
La derrota de Flávio tampoco significa que la ultraderecha brasileña haya quedado desarticulada. Su partido conserva una fuerza parlamentaria considerable, gobierna distritos importantes y representa a casi la mitad del electorado que participó en el balotaje. La salida del candidato abre una disputa por el liderazgo, en la que pueden ganar espacio figuras como Michelle Bolsonaro y otros dirigentes que busquen diferenciarse de la estrategia familiar.
Pero, al mismo tiempo, la ausencia de Jair Bolsonaro del centro de la escena y la decisión de Flávio de marcharse dificultan, al menos en lo inmediato, que el movimiento encuentre una conducción capaz de convertir el malestar electoral en una acción coordinada. La desorganización de una cúpula no equivale a la desaparición de las ideas ni de los votantes que la sostienen.
La ultraderecha conserva capacidad de movilización y una narrativa que transforma los reveses en agravios. La pregunta es: ¿esa narrativa todavía puede expandirse o si empieza a perder eficacia cuando sus dirigentes deben explicar sus propias decisiones, responder ante la Justicia y hacerse cargo de las consecuencias de sus actos?
Bolsonaro obtuvo 60 millones de votos y el país quedó virtualmente dividido en dos mitades. El centro desapareció y la polarización es total. Pero el interrogante es si finalmente dejó de soplar el viento a favor de las expresiones de la nueva extrema derecha.
Durante los últimos años, su crecimiento pareció imparable. Las críticas, las controversias y hasta los conflictos con las instituciones podían terminar reforzando su identidad, alimentando la idea de que eran víctimas de un sistema dispuesto a impedir su llegada o su permanencia en el poder.
Además, parecían ser los únicos que aprovechaban efectivamente las nuevas tecnologías, las redes sociales y mejor interpretaban las nuevas dinámicas políticas. El ejército digital de Lula, que se sobrepuso incluso al algoritmo de Meta, que lo perjudicaba, dejó importantes lecciones en materia de estrategia político-digital.
La victoria de Lula no es un caso aislado, pero tampoco representa una nueva tendencia. No hay lugar a dudas de que las nuevas derechas han logrado un éxito contundente en el continente con la llamada “ola azul”, pero se quedaron sin el premio mayor, que es justamente el país más potente: Brasil. Pero sí hay una victoria desde la batalla cultural, que a mi entender es estética y no ideológica. Sin lugar a dudas van a empezar a surgir los “Milei zurdos” que utilicen las mismas estrategias políticas seguramente con éxito.
Lula es un hombre del siglo XX que ayer cumplió 81 años y logró dar vuelta una elección que parecía perdida. Pero ahora enfrentará un mandato con un país todavía más dividido. Desde el norte se extiende la sombra de Trump, que con el clan Bolsonaro refugiado en Estados Unidos pondrá presión sobre su principal antagonista de la región. Pero tampoco será eterno, y en las próximas elecciones legislativas el mismo Trump puede sufrir un duro revés, más allá de que no tenga impacto en su política exterior. En Argentina, Milei sigue ocupando el centro de la escena política y profundizará sus lazos con la Nueva Internacional Derechista en búsqueda de la reelección el año que viene.
Se vienen tiempos turbulentos.
Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira. / Modo Fontevecchia




























