




Una tecnología puede transformar completamente la economía mientras sus inversores pierden auténticas fortunas. Según Reuters, el STAR50, el índice de referencia de las grandes compañías del mercado de innovación tecnológica de Shanghai, ha perdido nada menos que un 40% desde julio, lo que ha provocado que «se evaporasen» unos 480,000 millones de dólares de capitalización. Estamos hablando de compañías vinculadas al desarrollo de la inteligencia artificial y los semiconductores, una de las grandes apuestas estratégicas del país como motor de su economía. En China, a todos los efectos, la burbuja de la inteligencia artificial ya ha estallado.


Las razones de semejante caída parecen complejas: no se puede decir que haya un único detonante, sino que concurren circunstancias que van desde valoraciones excesivamente infladas, dudas más que razonables sobre la demanda futura y amenazas de posibles restricciones comerciales.
Lo dije hace ya algún tiempo, en abril de 2024: hay una gran diferencia entre que haya una burbuja financiera, que la hay y muy grande, y la permanencia o importancia de una tecnología. Las burbujas financieras son parte de la naturaleza humana: cuando se desarrolla una tecnología de propósito general, surge una fiebre intensamente contagiosa por intentar ordeñar sus resultados que da lugar este tipo de comportamiento, que obliga a tratar de diferenciar claramente entre inversión desproporcionada e innovación útil. Que de repente los mercados financieros se den la gran bofetada o que una serie de compañías dedicadas a la inteligencia artificial y temas relacionados quiebren y desaparezcan no supone automáticamente una prueba de que toda inversión anterior fuese absurda o de que toda corrección resulte beneficiosa. Si tienes más de cuarenta o cincuenta años y no has vivido dentro de una cueva, ya has visto esta historia antes.
Como comentó el pasado febrero el co-CEO de SMIC, Zhao Haijun, «a las empresas les encantaría construir en uno o dos años la capacidad de data centers equivalente a la que necesitarían para una década (…) pero aún no han terminado de definir qué harán exactamente con ellos». Es decir, que una necesidad real puede perfectamente traducirse en una inversión excesiva o claramente adelantada a la demanda.
Unitree es otro caso clarísimo: de ser la estrella absoluta de las salidas a bolsa en la bolsa de Shanghai, con una demanda minorista que excedía en más de 8,000 veces a la oferta de acciones disponible, ha pasado a una caída en barrena de sus acciones que supone la pérdida de la mitad del valor de la compañía desde el pasado agosto. Es, obviamente, un problema de expectativas y de especulación que recuerda mucho a la fiebre de las puntocom a principios de siglo: no se trata de que los robots de Unitree carezcan de utilidad, en absoluto, sino de que las expectativas bursátiles que habían generado eran simplemente demenciales. Es como aquella compañía de la que hablé no hace mucho: con tal de obtener datos para entrenar robots, está dispuesta a limpiar gratis miles de hogares con trabajadores humanos a los que obviamente hay que pagar y que, eso sí, tienen que llevar puesta una cámara en la frente.
Es una de las características más claras de una burbuja: las prisas absurdas y la financiación desmesurada y obtenida de maneras «pintorescas», con vehículos fuera de balance. Unos niveles de apalancamiento y unas concentraciones de riesgo que pueden, en cualquier momento, hacer mucho más grande y más virulenta una eventual corrección. En ese sentido, que estalle la burbuja en China no tiene por qué ser un calendario inevitable para los Estados Unidos… pero sí es una muy buena advertencia, sobre todo para los inversores que se juegan su dinero.
Al final, lo verdaderamente importante es separar adopción tecnológica de entusiasmo financiero. Exigir resultados medibles, costes sostenibles (no empeñarse en generar energía a precios demenciales, por ejemplo) y usos concretos. El pinchazo debería endurecer la evaluación de las inversiones, por supuesto, pero no necesariamente convertirse en coartada para dejar de aprender o experimentar. La burbuja no descalifica a la tecnología, que sigue siendo importantísima y que, como todas las de propósito general, no tiene vuelta atrás, pero sí pone en cuestión las expectativas, las valoraciones y la forma de financiar su despliegue. La utilidad de la inteligencia artificial no garantiza la rentabilidad de cualquier empresa, infraestructura o inversión que lleve su etiqueta.
Nota:https://www.enriquedans.com/



























