Fue una larga campaña, con muchas idas y vueltas, con una danza de encuestas para todos los gustos. Pero, al final, fue una linda campaña, una gran fiesta popular. Lula recorrió todo el país, con varias docenas de actos de norte a sur de Brasil. Nunca renunció a que la campaña se hiciera con el contacto directo con la gente, más allá del reconocimiento del rol estratégico de la disputa en las redes. Lula será el presidente democrático con más tiempo en el gobierno en toda la historia de Brasil, sin nunca dejar de ser un líder sindical.
Lula sale fuerte, más fuerte, de la campaña. Como el principal dirigente político de la historia de Brasil, pero también como un gran dirigente latinoamericano y mundial. Pierde la derecha brasileña, pero pierden también Donald Trump y el nuevo bloque de la extrema derecha latinoamericana, incluido Javier Milei.
No es excesivo decir que el mundo miraba hacia Brasil. Por la importancia que el país ha adquirido con la presidencia de Lula, pero también porque la extrema derecha apostó a que aquí podría imponerse y derrotar al que se ha vuelto el principal dirigente político de la izquierda.
De todas maneras, no solo Lula ganó, sino que el hijo de Bolsonaro perdió. La izquierda venció y la derecha, en su versión más radical, perdió.
Los ojos, a partir de ahora, se concentran en Argentina, en las elecciones de aquí a un año, cuando el país podrá salir del gobierno neoliberal de Javier Milei y tener un presidente que restablezca la alianza estratégica con Brasil, establecida desde 2003, con el abrazo fraternal de Lula con Néstor.




























