Estoy viendo, con varios años de atraso, El cuento de la criada. Las primeras imágenes que tengo de esos vestidos rojos y esas cofias blancas estructuradas vienen de los años del Ni una menos, de la marea verde, de las puestas performáticas que empezaron acá y se replicaron en otros países.
Aquella ficción distópica que Margaret Atwood imaginó en los 80 cae hoy como una maceta desde un balcón en la cabeza. No sé si me hubiese provocado eso hace diez años. El pulso del mundo era muy distinto entonces. Nos sentíamos más despiertas que nunca. El cuento de la criada fue leído en su momento como una representación del patriarcado, de cuya transversalidad, esta semana, tanto Berni como Cúneo dieron pruebas contundentes. Pero el patriarcado tenía, y no lo sabíamos, en su pulso agónico, una reacción brutal, un estertor.
La batalla cultural que libra la ultraderecha en todo el mundo incluye en su base un reordenamiento jerárquico de género, de un rigor que no podemos imaginar. Vean a Kast, en Chile, obligando a mujeres violadas y amparadas por la ley para abortar a escuchar los latidos del feto antes de la intervención. Un bonito detalle fascista.
Por eso es tan intenso ver ahora la serie profética. La república de Gilead, en la ficción, era el resultado de una guerra civil, de una “cruzada”, y no el resultado del voto popular. Era demasiado increíble en los 80 hacer surgir el ascenso del fascismo religioso de Gilead de las urnas. La realidad fue más devastadora. Atwood no previó la guerra cognitiva, los Cerimedo de la vida y la proliferación de los alienados.
Lo que vivimos hoy, si nos permitimos traspolar esa distopía con ésta, es que ya no hablamos de una república de Gilead instalada en casi todo Estados Unidos, sino de un país entero y más imperial que nunca avanzando con su fascismo de tinte religioso para justificar aberraciones criminales y enunciarlas como sagradas, sobre toda nuestra región. Malvinas es una operación de ese tipo.
Hoy Gilead actúa junto a un régimen amigo, cómplice y genocida, y ha puesto sus ojos en el Atlántico Sur. No me puedo imaginar nada, pero nada más grave. No puede ser digerido como un capricho más de Milei. Es otra cosa y es abominable. Tampoco veo que se acuse recibo, por parte de la mayoría de los dirigentes, de la situación límite y de qué hacer con ella. El arma más poderosa en Gilead y en todos los fascismos conocidos es la naturalización de las aberraciones. Cuando se toleran bolsas mortuorias y discursos de odio, después pasan cosas.
Esto de ahora no es ficción. Está pasando. Hay que repetirse que está pasando. Cada día un poco más de corrupción, de crueldad, de ambición lasciva, de entrega asquerosa, de control, de alucinaciones presidenciales, de mierdas humanas.
Estamos a unos metros del abismo de todos nuestros sueños personales y colectivos. Estamos por perderlo todo, así que mejor que reaccionemos, porque esta vez la película no continuará.


























