




El fracaso de Javier Milei en el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada en el Senado hizo visible algo que ya se percibía en el ambiente. El gobierno está en caída.
Milei había enviado un proyecto que pretendía, entre otras cosas, ampliar la posibilidad de compra de tierras por parte de extranjeros y flexibilizar las restricciones sobre su uso después de eventuales incendios. El texto obtuvo la media sanción, pero salió mutilado. Los capítulos más sensibles quedaron afuera. En la calle, bajo el agua, una multitud repetía una consigna básica: “la patria no se vende”.
Los años de Menem
Durante bastante tiempo, la comparación preferida por el propio Milei fue Carlos Menem. La identificación tenía cierta coherencia. Menem hizo en los años noventa lo que Milei quiso presentar como una tarea inconclusa de la Argentina: privatizaciones, apertura económica, desregulación, ataque al poder sindical, alineamiento internacional con Estados Unidos y una mutación cultural que transformó al mercado en la medida de casi todas las cosas. Ya en el primer año de Milei en el poder se podía hablar de un “menemismo acelerado”: la voluntad de comprimir en poco tiempo una ofensiva que en los noventa se desplegó a lo largo de una década. Pero la comparación, tomada en serio, devuelve una imagen menos favorable.
Menem tuvo algo que Milei todavía no consiguió: una secuencia de varios años de fuerte expansión económica, lo que permitió fabricar un coyuntural consentimiento material alrededor de una transformación regresiva. Entre 1991 y 1994, el PIB se expandió cerca de 35% en términos reales, a un ritmo de 8% anual. La convertibilidad pulverizó la hiperinflación, el crédito volvió y, para una fracción relevante de las clases medias, la fantasía del “primer mundo” adquirió la forma de objetos concretos. El reverso fue el aumento de la desocupación, la pérdida de empleo industrial y una desigualdad creciente: en mayo de 1995, en plena crisis del Tequila, el desempleo llegó al 18,4%, según la serie histórica del INDEC. Menem fue reelegido, entre otras razones, porque la estabilización posterior al terror económico de la hiperinflación y cuatro años de expansión habían construido una base material de consentimiento que logró sobrevivir incluso al rápido deterioro del mercado de trabajo.
Menem tuvo algo que Milei todavía no consiguió: una secuencia de varios años de fuerte expansión económica, lo que permitió fabricar un coyuntural consentimiento material alrededor de una transformación regresiva.
El gobierno necesita creer en 1995. De acuerdo a esa lectura, el malestar actual sería el precio transitorio de una modernización que todavía conserva la promesa de su recompensa futura. La sociedad protesta, las encuestas se mueven hacia abajo, el Congreso pone límites, pero la estabilización terminará ordenando todo. El problema es que Milei tuvo muchos de los costos del menemismo sin haber producido todavía algo comparable a la expansión prolongada y socialmente más extendida de los primeros años de la convertibilidad. Tras la caída de 2024, el PIB rebotó 4,4% en 2025, pero la recuperación comenzó a perder velocidad: en el primer trimestre de 2026 el PBI creció 2,3% interanual. En mayo, el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE, que anticipa el PBI) mostró un aumento de apenas 0,2% interanual, cayendo 0,5% contra abril en la medición desestacionalizada. La desocupación fue de 7,8% en el primer trimestre y la informalidad alcanzó al 44,2% de los ocupados. La industria manufacturera, pese al repunte de junio, cerró el primer semestre todavía 2,2% por debajo del mismo período de 2025 –que ya había sido malo–. Minería, agro y energía pueden mostrar números vigorosos sin fabricar una experiencia social de prosperidad comparable con la de la primera etapa de la convertibilidad. La inflación desacelerada volvió a tomar impulso en el último mes: 2,1% en julio.
Además, el menemismo caminaba con el viento internacional a favor. La caída del Muro de Berlín, la victoria norteamericana en la Guerra Fría y el llamado Consenso de Washington componían una atmósfera ideológica que presentaba privatización, apertura, retroceso estatal y liberalización de la economía como estaciones inevitables del progreso. La globalización era una promesa antes que una palabra defensiva. Los capitales corrían hacia los mercados emergentes, Estados Unidos ocupaba el centro indiscutido del sistema internacional y hasta buena parte de la centroizquierda mundial se adaptaba al nuevo lenguaje. Menem podía exagerar hasta el ridículo las “relaciones carnales”, pero no había inventado la corriente en la que efectivamente navegaba.
Milei gobierna en otro mundo. Donald Trump, su principal referencia internacional, impulsó una política basada en aranceles y protección de industrias estratégicas. En 2026, el FMI calculaba una tasa arancelaria efectiva estadounidense cercana al 18,5%, en tanto que la OMC advertía sobre la erosión de las reglas multilaterales. Milei proclama la superioridad del libre comercio cuando la potencia a la que alineó su política exterior protege industrias y cadenas de abastecimiento. Llegó a la fiesta del globalismo cuando buena parte de los anfitriones ya se habían levantado de la mesa.
Tampoco hay una dirección política mundial única. La derecha radical avanzó en América Latina, pero México sigue bajo control de MORENA, con Claudia Sheinbaum, en Brasil gobierna Lula y en Uruguay volvió el Frente Amplio. No hay un nuevo 1989: hay polarización y electorados que castigan antes de adherir de manera duradera a una línea política determinada. La idea de “interregno” sirve para definir el momento actual si se la despoja de todo fetiche: lo viejo pierde autoridad sin que una forma estable consiga ocupar su lugar.
El fantasma de Macri
Hay, de todos modos, una comparación más cercana en el tiempo: Mauricio Macri en diciembre de 2017. Dos meses antes, Cambiemos había ganado las elecciones legislativas, triunfo que leyó como un mandato para acelerar: reforma previsional, tributaria y laboral bajo la consigna del “reformismo permanente”. En diciembre, la modificación de la movilidad jubilatoria consiguió la aprobación del Congreso luego de una importante movilización que incluyó represión y cacerolazos. La ley salió, pero el gobierno perdió la batalla política e inició una lenta agonía. Meses después llegó la crisis cambiaria y el rescate desesperado del FMI.
La semejanza con Milei está en el mecanismo político. Un gobierno interpreta una victoria como prueba de que las resistencias desaparecieron, acelera contrarreformas que afectan intereses muy extendidos y descubre que el apoyo electoral no equivale a una disponibilidad ilimitada para soportar pérdidas. Macri tuvo su etapa gradualista; Milei la descartó desde el inicio. Su reloj corre más rápido.
El apoyo electoral no equivale a una disponibilidad ilimitada para soportar pérdidas.
La diferencia puede ser más peligrosa para el régimen político. En 2018 y 2019 había una oposición peronista con cierta capacidad de reagruparse detrás de una propuesta electoral. Cristina Fernández encontró una fórmula y gobernadores, intendentes, sindicatos y movimientos sociales confluyeron en una coalición, que se terminaría llamando Frente de Todos. Gobernó mal y preparó el ascenso de Milei. Pero existía.
Hoy el peronismo conserva gobernadores, sindicatos, intendencias, bloques legislativos y una extensa infraestructura territorial. Lo que no posee es una dirección indiscutida ni una fórmula que ordene sus fragmentos. Axel Kicillof puede competir con Milei en las encuestas, pero la existencia de un candidato competitivo no resuelve por sí sola una crisis de representación. El rechazo al gobierno crece más rápido que la adhesión a quien debería reemplazarlo. La memoria corta de la experiencia del Frente de Todos está aún muy presente.
En ese vacío asoma algo que durante años fue tratado como una pieza minoritaria del paisaje: una izquierda a la izquierda del peronismo. La encuesta de abril de AtlasIntel ubicó a Myriam Bregman como la dirigente con mejor balance de imagen entre las figuras medidas. El análisis político debería ser más ecuánime. Cuando Milei crecía desde porcentajes pequeños, cada movimiento era leído como síntoma; cuando una figura de izquierda amplía su audiencia, se la devuelve rápido al casillero de excepción personal. Sin embargo, el dato está ahí.
La paradoja es que Milei llegó para clausurar el desorden, pero produjo otro. Y no solo un desorden económico, evidente para la mayoría de la sociedad más allá de algunos enclaves. Prometió terminar con la “casta” y su gobierno quedó atravesado por investigaciones y escándalos que golpearon el núcleo de esa identidad. El caso $LIBRA, las presuntas coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad y la salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete en medio de una investigación por enriquecimiento ilícito. Con la economía de la vida cotidiana derrumbada, estos escándalos cobraron otra dimensión. Además, por culpa de estos casos de corrupción Milei perdió parte del “voto cocker”: las “señoras” republicanas que fueron una base histórica del PRO y que pueden avalan el ajuste, pero consideran que “hay que mantener las formas”. ¿Puede ese sector volver a Milei ante el “terror” de un eventual regreso del “populismo”? Quizá. Pero hoy forma parte de la desagregación de la base de apoyo del gobierno.
Por culpa de estos casos de corrupción Milei perdió parte del “voto cocker”: las “señoras” republicanas que fueron una base histórica del PRO.
El jueves “negro” del Senado, cuando el oficialismo tuvo que resignar parte esencial de su proyecto de ley para evitar una derrota, condensó ese deterioro, de base económica y consecuencias políticas. La reforma sobre tierras había provocado rechazo incluso fuera de las oposiciones tradicionales. Artistas, jóvenes que no habían participado de las movilizaciones clásicas y sectores sin identidad partidaria estable comenzaron a intervenir sobre un tema que el gobierno imaginó técnico. Los gobernadores tomaron nota; algunos aliados se apartaron. El oficialismo había transformado durante años la crueldad en demostración de firmeza: jubilados reprimidos, universidades amenazadas, trabajadores estatales despedidos, personas con discapacidad obligadas a demostrar una y otra vez que merecían asistencia. Funcionó mientras una parte importante de la sociedad creyó que el sacrificio tenía dirección y fecha de vencimiento. Cuando esa expectativa se debilitó, la dureza cambió de signo.
El momento elegido por el Gobierno tampoco fue el mejor: intentó avanzar con una ley de extranjerización de la tierra cuando una ola nacionalista envolvía al país después de que la selección, al final del partido contra Gran Bretaña, transformara la bandera de “Las Malvinas son argentinas” en un símbolo. La dinámica de lo impensado introdujo en la política un inesperado “factor Lo Celso”.
El tercio de los sueños
La política argentina enfrenta una dificultad recurrente para construir un orden de largo plazo. El menemismo alteró relaciones de propiedad y rehízo el sentido común económico, pero terminó en una crisis. El kirchnerismo recompuso la autoridad política después de 2001, pero sin resolver restricciones que pronto reaparecieron. Y fueron los ciclos que más duraron. Macri creyó que su victoria en las legislativas de 2017 cerraba la etapa anterior y terminó con un pedido al FMI y una derrota electoral. Alberto Fernández prometió normalidad y dejó una sociedad dispuesta a votar por una motosierra. El error se repite: confundir el desgaste del adversario con la estabilidad propia.
El declive de Milei todavía tiene piso. Conserva un núcleo social importante, una oposición fragmentada y el apoyo de parte del empresariado a aspectos centrales de su programa. Sería apresurado escribir su obituario; la Argentina tiene una larga tradición de muertos con excelente salud electoral. Además, un sector del sistema político siempre está dispuesto a acudir en auxilio del vencedor, sólo hace falta que su situación mejora un poco.
Sería apresurado escribir su obituario; la Argentina tiene una larga tradición de muertos con excelente salud electoral.
La suerte de Milei no depende exclusivamente de factores internos: las elecciones de medio término de noviembre en Estados Unidos tendrán impacto mundial, e incidirán especialmente en Milei, que tiene a Trump como uno de sus principales sostenes. Lo que suceda en octubre con la elección presidencial en Brasil también tendrá sus efectos, en un mundo que internacionaliza cada vez más sus climas políticos.
Tampoco alcanza con considerar la persistencia de su núcleo duro para explicar el momento. Milei había ganado prometiendo algo más ambicioso que gobernar para un tercio: quería demostrar que la sociedad argentina había cambiado de naturaleza. Que los trabajadores ya no querían sindicatos, que los jóvenes habían dejado atrás a la izquierda y los nacionalismos, que la universidad pública era un privilegio sospechoso, que la soberanía era una palabra antigua, que después de décadas de empate una mayoría finalmente estaba dispuesta a soportar cualquier costo con tal de terminar con el país anterior. Esa profecía es la que empezó a fallar.
No sabemos todavía si los límites del mileísmo conducen a una derrota electoral en 2027, a una difícil recomposición o a una crisis más profunda. Sí sabemos que el gobierno dejó de imponer por sí solo la pregunta sobre el futuro.
Menem llegó a 1995 con una sociedad golpeada pero con el recuerdo reciente de años de crecimiento y consumo. Y llegó a 1999 cuando esa promesa ya se había consumido. Macri llegó a diciembre de 2017 convencido de que su mejor elección inauguraba una nueva época, y descubrió en pocos meses que había sido el punto más alto antes del descenso. Milei quiso comprimir todas esas historias a ritmo acelerado. Tal vez lo consiga más de lo que él mismo imagina.


Por Fernando Rosso * Periodista / Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

























