




Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando llegan las vacaciones: ¿estamos descansando de verdad o simplemente hemos cambiado de escenario?


Cerramos el ordenador, activamos la respuesta automática del correo y hacemos la maleta. Sin embargo, el móvil sigue con nosotros. Las notificaciones continúan llegando, los grupos de WhatsApp siguen activos y, casi sin darnos cuenta, seguimos respondiendo a estímulos de forma constante.
Vivimos en un contexto en el que estar conectados se ha convertido en el estado por defecto. Respondemos mensajes mientras caminamos, revisamos correos durante una comida y consultamos el teléfono en cualquier momento de espera. No porque sea imprescindible, sino porque nos hemos acostumbrado a hacerlo.
El problema no es la tecnología. Sería absurdo plantearlo así. La tecnología nos permite trabajar mejor, mantenernos cerca de quienes queremos e incluso disfrutar más de nuestro tiempo libre. La verdadera cuestión es otra: ¿seguimos siendo nosotros quienes decidimos dónde ponemos nuestra atención?
El verano nos ofrece una oportunidad para recuperar esa capacidad de elección.
¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando descansamos?
La ciencia lleva años recordándonos algo que muchas veces olvidamos: descansar no es perder el tiempo. El sueño y las pausas son procesos esenciales para el cerebro. Durante esos momentos consolidamos recuerdos, recuperamos energía, regulamos procesos fisiológicos y mejoramos nuestra capacidad para aprender, concentrarnos y tomar decisiones.
De hecho, investigadores del National Institutes of Health (NIH) comprobaron que incluso los descansos breves ayudan al cerebro a consolidar aprendizajes y mejorar el rendimiento posterior. Descansar no solo nos hace sentir mejor; también nos permite rendir mejor.
Pero descansar no consiste únicamente en dormir más horas. También significa dejar espacio para que la mente respire.
¿Qué sucede cuando recuperamos nuestra atención?
Durante todo el año nuestra atención compite con un flujo constante de correos, mensajes, llamadas y notificaciones. No siempre respondemos porque sea urgente, sino porque nos hemos acostumbrado a hacerlo.
Desde el coaching ejecutivo, la conversación ya no gira tanto en torno a «desconectar» como a recuperar la capacidad de elegir dónde ponemos nuestra atención. Porque el verdadero descanso no consiste únicamente en dejar de trabajar, sino en dejar de reaccionar continuamente a todo lo que reclama nuestra energía.
Como explica Rosana Macías, socia de Auren y experta en coaching ejecutivo: «Muchas personas llegan a las vacaciones pensando que necesitan descansar cuando, en realidad, lo que necesitan es recuperar su capacidad de estar presentes. Descansar no es hacer menos cosas; es estar plenamente en aquello que estamos haciendo. Se trata de cambiar el modo reacción por el modo acción consciente.»
Esta reflexión también encuentra respaldo en la evidencia científica. Un estudio reciente realizado con cerca de 500 personas observó que reducir temporalmente el acceso a internet móvil durante dos semanas mejoraba la atención sostenida, el bienestar psicológico y la sensación general de satisfacción.
Quizá por eso algunas de las mejores experiencias del verano son también las más sencillas: una conversación que se alarga, un paseo sin rumbo, un libro que consigue atraparnos o una sobremesa sin mirar la pantalla cada pocos minutos.
¿Y qué ocurre cuando dejamos espacio para pensar?
El descanso no solo nos ayuda a recuperar energía; también nos permite pensar mejor.
Investigaciones difundidas por Harvard muestran que los momentos de menor estimulación favorecen que la mente divague, conecte ideas y genere nuevas perspectivas. En otras palabras, aquello que solemos llamar «no hacer nada» puede ser mucho más productivo de lo que imaginamos. Muchas de nuestras mejores ideas aparecen precisamente cuando dejamos de perseguirlas.
¿Cómo podemos llevarnos ese bienestar más allá de las vacaciones?
No hace falta desaparecer durante semanas ni renunciar a la tecnología. Basta con introducir pequeños cambios que nos ayuden a recuperar espacios de atención consciente.
Podemos empezar por gestos sencillos:
- Silenciar las notificaciones durante unas horas.
- Dejar el teléfono lejos de la mesa mientras comemos.
- Salir a caminar sin auriculares.
- Leer un libro sin interrupciones.
- Compartir una conversación sin consultar el móvil cada pocos minutos.
- Reservar un rato del día para no estar pendiente de nada ni de nadie.
No se trata de vivir desconectados. Se trata de volver a conectar con aquello que normalmente queda en segundo plano: las personas, las conversaciones, las experiencias y también con nosotros mismos.
Porque las vacaciones no son una oportunidad para alejarnos del mundo. Son una oportunidad para volver a estar presentes en él.
Y quizá el mejor mensaje automático que podamos activar este verano sea uno muy sencillo: «Estoy ocupado disfrutando.»
Nota:rrhhdigital.com


























