




A dos años y medio de su llegada al poder, ya sabemos lo que el modelo Milei, consolidado luego del temblor financiero del año pasado, tiene para ofrecer: inflación controlada y dólar bajo, que junto a la popularidad que aún conserva el Presidente y su capacidad para sellar alianzas informales con los gobernadores y el Congreso –“la coalición de la Ruta 40”– conforman el trípode en el que se apoya la nueva estabilidad. Bajo crecimiento económico centrado en los complejos extractivos y el campo, y un devastador efecto social: nunca, desde que hay registros, se consumió menos leche en Argentina (1).
Pero Milei, guste o no, resolvió algo. Había un problema, el caos macroeconómico, que había signado el final de los dos gobiernos anteriores, llegó Milei y lo solucionó. ¿Mucho o poco? Por ahora suficiente, en un país que vivió atrapado durante quince años en una parálisis de gestión, hundido en un empate eterno de impotencia reformista, esa sensación de nadie nada nunca. Por eso cualquier análisis de la gestión libertaria, por más crítico que sea, debería partir de la evidencia de que en Argentina el dirigente que logra resolver al menos un tema brilla como un diamante en la noche: puede ser Milei con la inflación, o Maximiliano Pullaro, que mejoró la inseguridad en Rosario y se encamina a ser el primer gobernador reelecto de la historia de su provincia, o incluso, por citar un ejemplo extemporáneo, Florencio Randazzo, que con solo mejorar dos cuestiones relativamente menores –la emisión de documentos y los vagones de los trenes– estuvo cerca de convertirse en gobernador.
Así las cosas, la única carta electoral que tiene el gobierno es la carta económica. Pero es un perro que se muerde la cola: la idea de que la reelección de Milei es la única alternativa capaz de asegurar la continuidad de la estabilidad y que un regreso del peronismo equivale a descontrol cambiario e inflación alimentará la clásica incertidumbre preelectoral, como sucedió el año pasado, y las consiguientes chances de que efectivamente este nuevo fogonazo de inflación y dólar acontezca. Por eso insisto tanto con que el peronismo debe dejar de lado su interna autoflagelante para construir un “vector de confiabilidad” capaz de transmitir a la sociedad –a esa parte de la sociedad que duda– la certeza de que su vuelta al gobierno no implica un regreso al caos.
El gobierno conoce los términos de su propia debilidad y los riesgos que enfrenta. Parar corridas es su especialidad. Por eso toda su estrategia económica tiene como objetivo mantener la inflación baja, acumular dólares que fortalezcan al Banco Central y disminuir el Riesgo País a niveles que permitan refinanciar la deuda sin recurrir a las reservas. La eliminación de las PASO que impulsa en el Congreso tiene el triple objetivo de complicarle la vida al peronismo, neutralizar el intento de algunos sectores del poder económico de construir una candidatura alternativa a la de Milei y evitar una elección en agosto –las PASO, sabemos, funcionan como primera vuelta– que conviertan el tránsito hasta octubre en un vía crucis financiero, como le pasó a Macri después de su primera derrota ante Alberto Fernández.
Mientras, Milei avanza en su estrategia de peruanización de Argentina, el camino del Inca sobre el que venimos advirtiendo. La desindustrialización rampante, la transformación de los conurbanos poblados por pymes de baja productividad en desiertos sociales y el desplazamiento del eje dinámico de la economía a la minería y los hidrocarburos van delineando un cambio de matriz productiva con amplias consecuencias sociales –más abajo vuelvo sobre esto– y también políticas. El debilitamiento de los grandes sindicatos industriales y el repliegue de las organizaciones sociales a los barrios son las más notables, pero no las únicas. En paralelo, un silencioso desplazamiento de poder se está produciendo al interior de la elite económica, en la medida en que el complejo agroexportador ya no es el único proveedor de divisas: 37 mil millones de dólares generará este año la supercosecha, contra 17 mil de hidrocarburos y 10 mil de minerales, que además van en aumento.
Esta novedosa diversificación de la fuente de divisas limita la tradicional capacidad de las cerealeras para presionar por una devaluación (como la que forzaron tantas veces, en general antes de la liquidación) o un tipo de cambio especial (como el “dólar soja” que le arrancaron a Massa o las retenciones cero que les concedió el propio Milei). La silobolsa pierde poder de fuego, lo que a su vez ayuda al gobierno a garantizar la estabilidad del tipo de cambio y explica las tensiones entre los productores agropecuarios y Milei, evidenciadas en el silencio que siguió a sus anuncios en el aniversario de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires. A casi veinte años del conflicto del campo, origen de muchas de las cosas que suceden hoy en Argentina, ¿será Milei el primer Presidente capaz de ganar esa pulseada? Tanto el RIGI, orientado a la minería y los hidrocarburos, como ahora el Súper RIGI, que busca promover la inversión en tecnología y data centers, apuntan a este mismo objetivo de multiplicar las alternativas de ingresos de dólares.
El impacto social de este cambio económico es claro. La semana pasada, el Indec difundió los últimos datos de informalidad, que alcanzó un récord histórico de 44,2% (2). Hoy Argentina tiene el doble de informalidad que Uruguay (3), 15% más que Chile (4) y 5% más que Brasil (5). Junto a la insuficiencia de ingresos y el endeudamiento crónico de las familias, la informalidad es la nueva marca de época, algo que los estudios de opinión cualitativos más perspicaces ya están empezando a captar. La consultora Sentimientos Públicos estudió, a partir de una serie de focus group, el modo en que está cambiando la idea de clase media. Como se sabe, históricamente las encuestas señalaban que un 70% de la sociedad argentina se autopercibía de clase media, más allá de la realidad de la escala salarial, la pirámide de ingresos o la estructura de clases. Así, la clase media era menos una categoría social que un lugar que se habitaba simbólicamente, vinculado a la educación, el progreso, la vocación por la cultura y una seguridad de ingresos que contemplaba el pudor de la no ostentación. Hoy, después de una década y media de crisis, ajustes e inestabilidad, la clase media no es ya un escudo simbólico sino una “etiqueta fantasmagórica y astillada”, algo que se exhibe más que se vive, lo que explica que cada vez más personas de clase media adopten comportamientos que en el pasado parecían reservados a los sectores populares, como el consumo rápido y excesivo (“por arriba de sus posibilidades”) y el abandono de la vocación por el ahorro (6).
Consecuencia de una crisis de la que Milei es resultado antes que causa, la clase media pareciera estar perdiendo su lugar de gran regulador de la sociedad argentina; sin embargo, no se trata de un proceso concluido –Argentina no es Perú, prototipo latinoamericano de país sin clase media–. Otra investigación, elaborada en este caso por Gonzalo Assusa y publicada hace tres meses en el Dipló (7), muestra en efecto que la gente se identifica cada vez menos con “la clase media” y cada vez más con “la clase media baja”. Las respuestas recogidas por los investigadores contienen una sutileza elocuente: “Soy de clase media bajada”; “Soy de clase media en peligro de extinción”; “Soy de clase media, pero pobre”. Para los autores del estudio, este particular fraseo revela una resistencia a abandonar el imaginario tradicional de sociedad integrada, con una categoría moral –clase media– que permanece, a pesar del adjetivo que la erosiona (“baja”, “bajada”, “hundida”).
Esta obstinación de la sociedad argentina por aferrarse a los restos de lo que supo ser sugieren que lo que se está librando es una lucha hegemónica, una disputa que a pesar de la transformación económica aún no está saldada. Milei no es, todavía, Menem. Y si no veamos las calles de Buenos Aires, donde en el breve lapso de un par de meses se sucedieron la marcha universitaria, el show de un sacerdote portugués que llenó la Plaza de Mayo con una convocatoria que mezclaba música electrónica con mensajes del papa Francisco, la tradicional movilización del colectivo “Ni una menos” y el megavelorio popular del Indio Solari. Aunque ninguna de estas manifestaciones fue convocada por un partido político ni se asumió como explícitamente opositora, en todas se respiraba el rechazo a un estado de cosas entre cuyos responsables probablemente estén tanto Milei como los protagonistas de los gobiernos anteriores. Por eso creo que, si en algún momento logra abstraerse de su interna, la oposición podría ir a buscar ahí –a las profundidades de esa emocionalidad contestaria (8)– las claves para disputar con éxito la batalla contra un gobierno que sabe perfectamente hacia dónde está yendo.
1. https://www.ambito.com/economia/picos-negativos-historicos-el-consumo-leche-carne-vacuna-y-yerba-mate-n6109572
2. https://www.eldestapeweb.com/economia/milei-informalidad-record-historico-afecta-44-2-trabajadores-2026622234010
3. https://www.ambito.com/uruguay/la-informalidad-laboral-volvio-crecer-2025-y-alcanzo-al-228-los-ocupados-n6289016
4. https://www.ine.gob.cl/sala-de-prensa/prensa/general/noticia/2026/02/03/tasa-de-ocupaci%C3%B3n-informal-a-nivel-nacional-lleg%C3%B3-a-26-8-en-el-trimestre-octubre-diciembre-de-2025
5. https://agenciabrasil.ebc.com.br/es/economia/noticia/2026-03/cae-la-informalidad-en-el-mercado-laboral-de-brasil
6. Hernán Vanoli, Progresismo, levántate y anda, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2026.
7. “El panda de la estructura social argentina”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, N° 321, marzo de 2026.
8. La expresión es de Jorge Liotti.


Por José Natanson / Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

























