"Si las madres pudieron, ¿por qué no nosotros?"

Actualidad - Nacional15/06/2026

Taty murió sin encontrar los restos de Alejandro. En marzo, en la inauguración de la muestra permanente de la CGT por los 50 años del golpe, había dicho que le pedía a Dios que no la llevara antes de poder tocar aunque sea los huesos de su hijo arrebatado. Sostuvo ese anhelo hasta los 95, tiempo que resultó escaso para que la ciencia le diera certezas, pero suficiente para dejar como legado un testimonio que se volvió mandato.

“Cuando sientan que no pueden, piensen: si las madres pudieron, ¿por qué no nosotros?” apeló cientos de veces, ante luchas que empezaban a flaquear. La apelación resonó en plazas, aulas, fábricas y toda audiencia que precisara del empujón anímico, firme pero cariñoso, que solo una madre puede ofrecer.

Antes de ser madre de todas las luchas, Lidia Estela Mercedes Miy Uranga fue maestra de escuela. Se casó con Jorge Almeida y tuvo tres hijos: Jorge, Alejandro y María Fabiana. Era, como ella misma contaría después, una mujer del montón. No le interesaba la política. No entendía de qué hablaban los que se jugaban la vida por ideas. Hasta que la noche del 17 de junio de 1975 su hijo Alejandro salió de casa diciéndole "Esperame, ya vengo" y nunca más volvió. Lo desapareció la Triple A, precuela del genocidio que estaba por venir.

Cuatro años después de la desaparición de su hijo, en 1979, se acercó por primera vez a las Madres de Plaza de Mayo. Una comunidad de mujeres que habían sido arrasadas por el mismo crimen y habían decidido, con o sin permiso, seguir de pie. Cuando en 1986 el movimiento se dividió, Almeida se integró a Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, el espacio desde el cual sostendría su militancia durante el resto de su vida.

En 2008 publicó "Alejandro, por siempre... amor", un libro que reunió los 24 poemas que encontró en la agenda personal de su hijo junto a testimonios de familiares y amigos. Fue la agenda lo que la empujó al principio: al leerla descubrió quién había sido Alejandro, cuáles eran sus ideas, qué lo empujó a militar en secreto.  "La lucha no termina, la lucha continúa" lo parafraseó Taty tiempo después, cimentando el camino de Memoria, Verdad y Justicia que millones de argentinos se comprometieron a custodiar.

Taty vivió su último 24 de marzo con intensidad. Con risas, pañuelo y bisnieto en brazos. Esa mañana, en el living de la misma casa donde Alejandro le dijo "esperame, ya vengo", se puso la camiseta con los colores del 50° aniversario del golpe cívico-militar-clerical, como ella misma se encargó de precisar con ese énfasis que le imprimía a las palabras cuando quería que no se perdieran en el aire. Dijo que el acto iba a ser “apoteótico”. Que el presidente, “con perdón de los payasos”, se iba a dar cuenta de que no las habían vencido. Que la memoria no se iba a borrar ni por casualidad.

Tenía razón. La plaza estuvo colmada. Taty extendió los brazos. Llevaba colgada sobre el pecho la foto de Alejandro con la consigna del año: "¡Que digan dónde están!". Después bajó a la avenida, avanzó entre la gente que la tocaba y la nombraba, subió al escenario y fue la última en leer el documento. Leyó con vigor: no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Seguiremos.

Su última aparición pública fue el 18 de abril de 2026, cuando la Universidad de Buenos Aires le entregó el título de doctora honoris causa en la Facultad de Filosofía y Letras. Llegó en silla de ruedas, con el pañuelo blanco. Cientos de personas la ovacionaron de pie. El rector habló de defender los valores democráticos frente al negacionismo. Ella tomó la palabra y agradeció la distinción recordando a las Madres que ya no estaban: "En mí están todas las Madres, las que aún están, las que no están pero siempre van a seguir estando". Después se dirigió a los jóvenes del aula con firmeza y dulzura: "Ustedes son los que van a continuar luchando por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Militancia es compromiso".

Taty entendió antes que muchos que la lucha por la memoria no es una causa del pasado. Es una pelea del presente por el futuro de un país mejor. Lo demostró cada vez que usó la Plaza para denunciar el ajuste, el desfinanciamiento de la educación y la ciencia, el negacionismo del gobierno de Javier Milei, el regreso de las políticas que en otros tiempos produjeron el terrorismo de Estado. Lo demostró cuando, con 95 años y bajo un sol rabioso, leyó en voz alta que la deuda es una estafa, que las estafas no se pagan, que la única deuda es con el pueblo.

"Ya hemos pasado la posta", dijo esa última vez en la UBA. "De a poquito, porque a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie".

Que así sea, Taty. Presente.  

Por Adrián Murano / P12

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