El reloj marca, más o menos, las 10:47 de la mañana y una pareja empina un moscato del pico mientras apura su compás para llegar a tiempo al próximo tren. El mismo reloj marca horas densas para la República Argentina. Pero como en todas las despedidas, cada uno las atraviesa como puede: no hay manual para amansar los dolores del alma. Poco a poco, esa coordenada, Plaza Constitución, va inflándose de ricoteros que esperan despedirse del Indio Solari, su máximo ídolo.
“Uh”, se oye. “Uhhh”. “¡¡¡Uhhh!!!”. Aquellas son exclamaciones espontáneas que produce el tamaño de la fila. No se divisa dónde arranca, ni dónde termina. Es una fila y punto. Es —literalmente, parafraseando al Indio— un océano de gente. “Aguante el Globo”, le dice un beodo a unos hinchas de Boca. No se sabe si por cofradía o confusión, pero hoy —acá— no fue por provocación. Los protocolos de las misas ricoteras son, más que nunca, de amor y paz.
Flamean banderas de Argentina y el coro de vendedores y pícaros varios ofrece Fernet, cerveza, coca, choripanes, hamburguesas, bondiolas y hasta… ¡chorizo a la pomarola! Al toque, la letra de “Tarea Fina” emociona a unos cuantos y la vibra cambia cuando un hombre en bicicleta pela un altavoz con las estrofas de la marcha peronista, que subraya con un altivo “¡Viva el Indio! ¡Viva Perón!” La fila hacia el polideportivo responde con unos cuantos dedos en “V” y otros tantos con un “¡Viva!” To beef or not to beef.
Hay banderas. Muchas. Y mucha venta, también. Se ofrecen modelos de Cristina y de Néstor Kirchner, del Indio, de sus frases, de Los Redondos. Hay remeras a 20 mil pesos y la presencia de la Parroquia Nuestra Señora de Loreto bendice a los files. Un pillo ofrece el álbum del Mundial y el artista Claudio Pampillon, conocido como El Tiza Man, recibe las felicitaciones de algunos transeúntes. Su obra, un Indio configurado en el arte efímero de la tiza, levanta comentarios. Y, receptivo, El Tiza Man salmodia algunas emociones a propósito de esta jornada: “Dejó un vacío muy grande en todos nosotros. Esta es una despedida popular, como él se merece. Es un día de muchas emociones. Si bien venía mal, llegó el día que menos queríamos”.
Más allá, unos jóvenes del Club Solanet, de Merlo, hacen pogo con “La Parebellum del Buen Psicópata” y, desde el cielo, un helicóptero de la policía levanta algún improperio de la muchachada. “Esto es tristísimo. Yo me dedico a trabajar. Esa es mi vida. Pero hoy tenía que estar”, lanza Matías, un hombre de cincuenta y pico, de Llavallol. El ADN de esta masa es inherentemente popular pero, también, policlase. “¿Cómo se llama? La voy a buscar”, promete un sorprendido joven de la Cruz Roja cuando le cuentan sobre la existencia de la canción “Fusilados por la Cruz Roja”. Pasan las horas. La paciencia y el aguante etílico hoy tienen licencia para todo. Hay que hacer lo que hay que hacer.
Cerca de las vallas, tan cerca y tan lejos, Rolo, un sub-40 que vino junto a su familia, sueña con entrar. “Vengo de Boedo. Quise ser parte de este momento histórico. Todo esto me duele como la pérdida de un amigo”, asegura el hombre, con su hija colgada del cogote. Se ven pantallas y una mujer regala ramas de jacarandá para dejarle de ofrenda al héroe. La mamá de un chico en silla de ruedas gana terreno y muestra un cartel, improvisado en papel de carpeta, que dice: “Milei, si te hubieran abrazado hoy estarías acá”. El malón hace espacio. La mamá pasa.
Y llega el último vallado. La despedida está más cerca. Las pantallas muestran a una bola de personas que revolean flores y banderas. A pasos de la puerta, el bullicio pone freno de mano y brota prácticamente de la nada una tensa calma que va a contrapelo de tanto ruido, de tanto dolor. El silencio se vuelve abrasador, como de película. Una mujer se anima y da el primer paso hacia el polideportivo para, un segundo después, romper en llanto. Como puede, el pequeño grupo que atravesó el Hades divisa un halo de luz. Es él, es el Indio, el que bailaba en llamas. El que era el fuego. Y está ahí. Hoy, en este preciso instante de la historia, hasta el más duro anda recogiendo sus pedazos. “¿Está bien, compañero?”, pregunta un muchacho de la organización. “No”.
Cae la noche y siguen llegando multitudes. Al pogo se sumará, entonces, la despedida más grande del mundo.



























