


Asociamos razonablemente la ilusión con la esperanza. Y a la desesperanza la asociamos, no menos razonablemente, con el pesimismo, con el escepticismo, con una entera imposibilidad de fe. Los esperanzados avistan horizontes, no importa si sin fundamento; y aunque ese horizonte reconozca límites (en el sentido en que Borges escribió “el tamaño de mi esperanza”), no deja de abrir perspectivas. Los desesperanzados, por el contrario, se apagan en la cabeza gacha de la resignación ensombrecida. Este reparto convencional es el que se verifica por lo común: es lo lógico, es lo esperable. Pero no siempre los desesperanzados sucumben a la renuncia de toda ilusión (que no es siquiera desilusión, pues la ilusión no alcanzó a formarse), existe un pese a todo por el cual aún los desesperanzados, sin por eso dejar de serlo, sin por eso dejar de estarlo, acceden a una especie de fe, consiguen creer en algo. Esa ilusión, cuando aparece, no es diáfana, no es luminosa, no brilla ni gratifica, no da aliento, no es feliz; la ilusión de los desesperanzados acontece como creencia de los descreídos, y está hecha de la desesperación esencial del que precisa agarrarse de algo. De algo, de cualquier cosa que sea. De algo, antes de terminar de caer o de hundirse del todo. El tópico de la disyuntiva de “creer o reventar” se altera decisivamente, porque hay un modo de creer que proviene del hecho de haber reventado, que proviene del estar ya reventado. Creer y reventar, o reventar y creer: de ahí que esa ilusión suponga un aferrarse a cualquier cosa, sabiendo que es cualquier cosa.


Es cualquier cosa, pero es algo: al menos es algo. Podría resumirse así la fórmula de la ilusión que anida en los desesperanzados. Con el tiempo, sin embargo, a medida que la situación decanta, a medida que el furor o la frustración se sosiegan, ese algo se va diluyendo en la misma inconsistencia que es propia de lo indefinido, y prevalece el cualquier cosa cada vez más notoriamente. Ya va quedando más claro, entonces, más completamente claro, más patentemente claro, que aquello de la casta (de la casta ¡y de darle miedo!) era lisa y llanamente cualquier cosa, una tontería destinada a cobijar el caso Libra, el 3%, los créditos hipotecarios, el depto de Adorni; que lo de la moral y la grandeza era y es cualquier cosa, rimbombancias de fraseo hueco, un hábito de hashtags muy mal llevado; que era cualquier cosa, redondamente cualquier cosa, aquello de la Argentina Potencia, que lo haya sido o vaya a serlo, por destino trascendente o por algún voluntarismo pueril; que equiparar justicia social con robo es cualquier cosa, equiparar justicia social con envidia es cualquier cosa, equiparar justicia social con fracaso es cualquier cosa; que era cualquier cosa la inflación de 17.000%, y es cualquier cosa la pretensión de haberla “domado” en los niveles que en verdad sigue teniendo. Y así siguiendo, siguiendo, siguiendo.
¿Quién no ha dicho cualquier cosa alguna vez? ¿Quién no ha hecho, alguna vez, cualquier cosa? Son raptos de un dejarse llevar, de apostar un poco a ciegas; después toca recapacitar, revisar, retroceder; después toca retractarse, después toca reparar. Desde ya que no es lo mismo el plano individual que el plano colectivo; desde ya que no es lo mismo si lo que se daña es un país, lo social en sus filamentos más frágiles. Pero hay algo que, en cualquier caso, responde a una secuencia específica: la que va de la ilusión por desesperación y su creer en cualquier cosa, a reconocer penosamente el cualquier cosa como realidad incontestable, recalar dolorosamente en el lodo de un cualquier cosa flagrante. ¿De eso “no se vuelve”? De eso sí se vuelve, de casi todo se vuelve (y hasta de eso de lo que no se vuelve, Víctor Sueiro volvió). Sólo es cuestión de ver cómo, es cuestión de ver por dónde.
Por Martín Kohan * Escritor y docente universitario. Licenciado y doctor en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires. / La Tecl@ Eñe





















