







Seis de cada siete países registraron déficits fiscales en 2025, según el monitor del FMI sobre el comportamiento de 205 economías en el mundo. Como resultado de una poda tremenda del gasto público real por habitante que alcanzó una reducción del 27% respecto a 2023, de acuerdo con un informe del IARAF, y a la contabilidad creativa del "mejor ministro de todos los tiempos", Luis Caputo, Argentina evitó sucumbir a la corriente deficitaria global.
El falaz culto a la austeridad, figura de apego para una sociedad como la argentina, forjada en valores judeocristianos que soportó calamidades como consecuencia de políticas públicas nefastas, fue aprovechado por Javier Milei para operar sobre la administración de los recursos nacionales hasta romper con nociones elementales de sustento del funcionamiento de la economía capitalista moderna. Sorprendentemente, en muy poco tiempo, el gobierno logró instalar y consolidar la idea de que no hay margen para diseñar un esquema tributario menos regresivo y que el único fin posible para tomar deuda por parte del sector público es cancelar compromisos previos, jamás para realizar inversiones productivas y mejoras de infraestructura que impliquen más competitividad y mayor capacidad de repago.
Por eso, tanto la administración nacional como las provinciales y municipales, como prioridad según su visión, deben obtener superávits exclusivamente a través del recorte del gasto público. Esas erogaciones, sin importar sus destinos e implicancias, pasaron a transformarse en una mala palabra. Quienes lo combaten, son considerados héroes, como en la tontera del cómic del General Ancap. Así Milei logró demonizar al gasto público, al punto de simbolizarlo como el enemigo público número uno del país, el origen de todos los males.
Sin embargo, en la gran mayoría de las economías, los desbalances fiscales no generan efectos desastrosos y, para lograr el equilibrio, no sacrifican todas las variables y menos las más sensibles, como la educación, la salud, la infraestructura, la ciencia y la tecnología, el desarrollo productivo, la asistencia para los discapacitados o las jubilaciones. El esquema de prioridades es otro: en general, promueven el progreso productivo, científico y tecnológico para generar más y mejores puestos de trabajo y una distribución del ingreso más equitativa.
Los déficits bajos o moderados no son deseables, pero tampoco implican un desequilibrio macroeconómico como el que acá se hizo creer que produce. Según el listado del FMI de los países que supuestamente administran bien su economía porque registraron superávits, más de un tercio sufren niveles de pobreza y desigualdad alarmantes, como Haití, Jamaica, Tonga, Sudan, Nicaragua, Micronesia, Samoa, Congo, Lesoto, Lao y Santo Tomé y Príncipe. En todos esos casos el superávit no fue solo en 2025, sino que en los tres años anteriores también habían tenido una "macro sana".
O sea, no parece ser ninguna garantía de prosperidad alcanzar el superávit fiscal y menos cuando se trata de imponer como un mantra de forma obsesiva. Para colmo, es mentiroso porque omite contabilizar los intereses devengados y no pagados de los bonos soberanos. Según el cálculo del exministro Hernán Lacunza, su cómputo transformaría ese falso superávit del 0,2% del PIB a un déficit real del 4%.
Según el listado del FMI de los países que supuestamente administran bien su economía porque registraron superávits, más de un tercio sufren niveles de pobreza y desigualdad alarmantes, como Haití, Jamaica, Tonga, Sudan, Nicaragua, Micronesia, Samoa, Congo, Lesoto, Lao y Santo Tomé y Príncipe. En cambio, entre los países que tuvieron déficits se hallan los que Milei elogia como Estados Unidos, Israel e Inglaterra.
Según el listado del FMI de los países que supuestamente administran bien su economía porque registraron superávits, más de un tercio sufren niveles de pobreza y desigualdad alarmantes, como Haití, Jamaica, Tonga, Sudan, Nicaragua, Micronesia, Samoa, Congo, Lesoto, Lao y Santo Tomé y Príncipe.
En cambio, entre los países que tuvieron déficits en 2025, se hallan los que alguna vez Milei elogió o dijo que Argentina se parecerá si se mantienen las políticas actuales. Se destacan, por ejemplo, Estados Unidos con un déficit del 7,4%, Israel (6,4%), Bélgica (5,5%), Francia (5,4%), Finlandia (4,6%), Inglaterra (4,3%), Nueva Zelanda (4,1%), Austria (4,3%), Italia (3,3%), El Salvador (2,8%), España (2,7%), Australia (2,7%), Perú (2,4%), Canadá (2,2%), los Países Bajos (2,1%), Corea (1,5%) y Japón (1,2%).
Al igual que en el grupo de países superavitarios, el déficit no fue algo particular de 2025, si no que incurren en ellos de forma crónica. El caso más estruendoso es el de Estados Unidos, el país que seremos en 30 años, según Milei. Desde 1970 registró 52 años de déficit y apenas 4 de superávit. Por caso, sobre el final de la primera presidencia de su admirado Donald Trump tuvo un rojo fiscal equivalente al 14,1% de su PBI (2020).

Inclusive parece haber una mayor correlación entre déficit fiscal y desarrollo que entre superávit y desarrollo. Una herejía para los estándares de la opinión pública local, batalla cultural mediante.
¿El alarde de Milei como "experto en crecimiento económico con y sin dinero" era porque pretendía lograr el crecimiento sin dinero? Hasta ahora en estos dos años de gobierno, la inversión se desplomó un 12% respecto a la última etapa de la administración de Alberto Fernández, hay 584.686 personas menos con empleo registrado, según la Secretaría de Trabajo, cuando por año ingresan al mercado no menos de 150.000 trabajadores, el consumo masivo derrapó en 2025 un 11,9% respecto a 2023, según la medición de la consultora Scentia que pondera los gastos en supermercados, autoservicios, farmacias, e-commerce, almacenes y kioscos y mayoristas, los niveles de morosidad en el pago de las tarjetas de crédito son récord y la actividad productiva, no vinculada a la energía, al agro y a la minería, está en un pozo de profundidad nunca visto salvo en la pandemia.
El discurso oficial resumió el debate sobre el impacto de los diferentes mecanismos de financiación del déficit a que todos son abominables y que la única fuente de crédito que el país puede asumir es la que otorgan otros países directamente como Estados Unidos o, indirectamente, a través de organismos internacionales de crédito o las que provienen de los mayores bancos internacionales con garantías extraordinarias y con comisiones que no se informan.
Argentina no es una escoria que no puede diseñar un plan público de desarrollo productivo para mejorar la calidad de vida del pueblo. Pero, si Milei sigue avanzando, seremos uno más de ese grupo de países pobres superavitarios, sin fuerzas para conducir esquemas políticos y plataformas productivas de inserción soberana en el mundo.
Descartaron la utilización más intensiva de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación para ejercer un mayor control de la evasión fiscal y así mejorar la eficiencia tributaria e incrementar la recaudación. Tampoco se discute cómo dotar de mayor progresividad el sistema. Por el contrario, en una situación de emergencia y de crecimiento de la desigualdad distributiva, prácticamente eliminaron los impuestos a la riqueza.
Como en las otras experiencias neoliberales, el gobierno acota el margen de acción de la política pública para impulsar el desarrollo, con esquemas de endeudamiento externo que terminan asfixiando cualquier chance de crecimiento y que representan la verdadera raíz de las terribles crisis.
Lo peor es que los créditos asumidos se toman en moneda extranjera, aun cuando las erogaciones públicas son mayoritariamente en pesos. El repago de deuda es un gran obstáculo porque cuando el país crece, por su carácter dependiente de la tecnología externa, las importaciones registran un dinamismo muy superior al de las exportaciones, limitando el acceso a las divisas. Lo mismo sucede cuando la economía se abre ingenuamente, como en los dos últimos años. Como la dinámica de escasez de dólares es ampliamente conocida, el modelo de endeudamiento externo también acrecienta el ahorro en dólares, recrudeciendo el problema. Además, los compromisos son pactados con legislación foránea, bajo condicionalidades que garantizan que, ante cualquier dificultad de pago, deberán recrudecerse las medidas de ajuste, con tasas de interés que superan holgadamente a las proyecciones más optimistas de crecimiento y sin posibilidades de reestructuración.
El ingreso financiero de divisas actual, conseguido de emergencia a través de los salvatajes del FMI y del Tesoro de Estados Unidos, vuelve a ser usado para alimentar la fuga de capitales y el consumo suntuario y no colapsa aún por el viento de cola de la revalorización de los minerales y las mayores exportaciones energéticas. Y, como esas actividades no generan tanto empleo como el que el modelo destruye, a nivel social, la contención consiste en aumentar los montos de los planes de supervivencia. En lugar de darles una caña de pescar a los trabajadores y enseñarles a usarla, como suelen predicar los analistas ortodoxos, emplean esa política que implica menos gasto público y facilita la sumisión. El asistencialismo representa un revés en contra del relato que, por supuesto, los discursos oficiales omiten.
El gobierno tira por la borda la posibilidad de explorar esquemas tributarios progresivos y de financiamiento mixtos que busquen ir introduciendo también mayor crédito en moneda local, que sean entre organismos del sector público o con acreedores privados locales, más allá de reprogramaciones de pago de deudas. A la vez, Milei con la injustificada y absurda ruptura con Brasil, nuestro mayor socio histórico, anuló toda chance de crear una banca regional para atender proyectos de gran escala o acceder a acuerdos menos perjudiciales financieramente con los BRICS o que, al menos, permitan diversificar el riesgo de quedar atados de pies y manos a la voluntad de Estados Unidos.
Con una impostada pasión en contra de todo lo público, Milei está consiguiendo su objetivo: debilitar al Estado para que sea incapaz de interferir en los negocios de los grandes grupos financieros y de explotación de los recursos naturales.
Argentina no es una escoria que no puede diseñar un plan público de desarrollo productivo para mejorar la calidad de vida del pueblo. Pero, si Milei sigue avanzando, seremos uno más de ese grupo de países pobres superavitarios, sin fuerzas para conducir esquemas políticos y plataformas productivas de inserción soberana en el mundo, incapaces de modificar el statu quo, donde las relaciones de poder no pueden ser siquiera desafiadas y se articulan a intereses corporativos extranjeros. Las experiencias de todos los países que alcanzaron el desarrollo son elocuentes. No fue con Estados débiles y tampoco con endeudamiento obtenido de cualquier forma. Fue con una planificación pública estratégica e implicó arduas disputas de poder que requirieron de la fortaleza estatal. Milei lo sabe; patea en contra.
Por Mariano Kestelboim / LaPoliticaOnline























