Los “economitos” del país bonsai

Economía22/01/2026
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Si como dice el historiador Nicolás Shumway hay “ficciones orientadoras” que sirven para construir una sociedad en base a relatos comunes, las que explicarían su deriva autodestructiva podrían denominarse “ficciones desorientadoras”. Algo parecido a lo que Arturo Jauretche, en su momento, bautizó como “zonceras”, para identificar un cúmulo de creencias e ideas absurdas que, sin embargo, gozan de un estatus de certeza irrevocable entre las élites nacionales. Llevadas al plano de la discusión económica, podrían establecerse como “economitos”, leyendas urbanas tratadas como teoría exitosa, hasta que se las coteja con la estadística más elemental.

Cuando el nobel Simon Kuznets clasificó a los países en cuatro categorías, habló de los desarrollados y de los que estaban en vías de serlo, con dos grandes excepciones a la regla, Japón y Argentina, aunque por motivos opuestos. Se sabe, Japón es una isla diminuta, que creció industrializándose, invirtiendo en educación y tecnología y exportando productos de alto valor agregado. Y Argentina, aunque es diez veces más grande, con una enorme cantidad de recursos agrícolas, energéticos y minerales, no alcanzó ni por asomo sus mismos niveles de desarrollo.

Este contraste puede explicarse por diversos factores, algunos culturales, de contexto histórico o geográficos. Pero entre las distintas facciones del capital nativo la convicción hegemónica es que el desarrollo de un país, cualquier país, es inversamente proporcional a la cantidad de unidades básicas que hay en su territorio. Conclusión: Japón creció porque no tuvo que soportar “70 años de peronismo”, como la Argentina.

Claro que eso y arrastrar la discusión de los pelos a un baldío argumental es casi lo mismo. Pero es el “economito” más dañino y más expandido de todos. No importa lo irracional que sea, o que las matemáticas lo desmientan, se trata de una invención con aires de juicio categórico abrazada como dress code por “el mundo de los negocios”. Tomando a préstamo del derecho penal la “teoría del fruto del árbol envenenado”, ¿a qué tipo de certeza se puede arribar partiendo de un prejuicio basado en el fanatismo antiperonista?

Sería más honesto admitir, por ejemplo, que Japón se industrializó con una burguesía que aceptó el rol del Estado como organizador de su economía nacional. Y reconocer que en nuestro país ese tipo de cosas ocurren con algunos gobiernos y dejan de ocurrir con otros. Al menos desde que se decidió, durante una dictadura militar que fusilaba gente indefensa y derogaba constituciones por decreto, ingresar al FMI y, desde entonces, adoptar sus políticas como credo laico.

Subsidiario del “economito” anterior es el que afirma que los gobiernos peronistas kirchneristas son “antiempresa” o, peor aún, “anticapitalistas”. Para refutarlo están los datos que el economista Pablo Manzanelli recogió de las estadísticas del Área de Economía y Tecnologías de Flacso, y advertir que durante el periodo menemista (1999-99) las utilidades netas sobre ventas de las 200 empresas más grandes del país, según lo que ellas mismas declararon en la CNV, fue del 3,6% y con De la Rúa (2000-01) bajó al 1,3%.

Con Néstor Kirchner (2002-07) trepó al 9,4%; con Cristina fue del 6,8% piloteando las crisis de Lehman Brothers y del 4,3% en su segundo mandato (2011-15); con Mauricio Macri (2016-19) cayó al 2,3%; con Alberto Fernández (2019-23) se derrumbó al 1,6%; y con Javier Milei (2024) volvió a subir 13,8%, para hacer una estrepitosa caída un año más tarde (2025) por debajo del -1%.

Para ser gobiernos “antiempresa”, con las mismas leyes laborales actuales, la rentabilidad de los grupos concentrados durante el proceso kirchnerista fue bastante alta. Pero tratándose de un sistema capitalista, mirar los beneficios empresarios es solo una parte del paisaje, para verlo completo hay que saber cuántas empresas se crearon o se destruyeron en el lapso.

Con de la Rúa se perdieron 20.284 empresas; con Duhalde, 21.853; con Néstor y Cristina Kirchner abrieron sus puertas, en total, 220.429; con Macri se perdieron 25.430; con Fernández se recuperaron 4.986 y con Milei cerraron --en apenas dos años--, 21.981, casi la misma cantidad que durante el macrismo en cuatro. Corresponde asentar que Luis “Toto” Caputo, Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich son tridente titular en ambas gestiones “antiempresas”.

Manzanelli es contundente: “A diferencia de lo que se suele plantear, durante los gobiernos promercado que impulsaron políticas neoliberales, de apertura financiera y ajuste económico, el desempeño de la economía en general, y de las pequeñas y medianas empresas en particular, fue peor que en los gobiernos nacionales y populares o, en términos más generales, en los que desplegaron políticas de aliento a la producción industrial y a la ampliación del mercado interno”.

El derrumbe industrial durante el gobierno libertino de los Hermanos Milei es vertical y profundo. La capacidad instalada en uso es de sólo el 57%, pero hay rubros que amenazan con un coma inducido inminente: edición e impresión (50,6%), industria automotriz (46,3%), productos de caucho y plástico (41,0%) metalurgia (39,9%) y textiles (29,2%). En cada caso, el resto del porcentaje son máquinas paradas con una lona encima.

Si el futuro es el flamante acuerdo Mercosur-UE, los industriales no tienen nada que festejar porque la economía local solo obtiene del intercambio estímulos para reprimarizarse aún más en el mediano plazo. No fue la agencia Prensa Latina, sino el diario La Nación, en su edición del 18 de enero, el que aclaró que el trato “es que la UE aumente sus exportaciones al Mercosur en un 39%, mientras que las exportaciones del bloque regional a Europa solo lo harán en un 17”. Pero enseguida precisó que la UE va a liberalizar su mercado “en un 99% solo para frutas, vegetales, aceites, pescado, vino y alimentos procesados”.

Lejos de alarmarse por el impacto que pueda tener en el sector que dice representar, el titular de la UIA, Martín Rappallini, celebró el acuerdo porque Europa tiene una “necesidad estructural” de “energía, materias primas y minerales críticos en la transición energética y la reorganización de las cadenas globales de valor”, algo que consideró “una oportunidad concreta para la Argentina”. No se sabe si habló desde su entusiasmo como emprendedor minero (Grupo Alberdi) o como dirigente de un sector de la economía en crisis.

Este el mismo Rappallini que en su cuenta de X un día puede aplaudir a Javier Milei por su alianza con Donald Trump y otro poner a circular una frase de Winston Churchill: “Algunos ven al empresario como un tigre amenazante al cual disparar. Otros lo consideran una vaca para ordeñar. Sólo un puñado lo ve como realmente es: el caballo fuerte que tira de todo el carro”. Un especie de arenga a lo Marcelo Bielsa, orientada a elevar la autoestima del hombre de negocios local, que como se sabe vive con el corazón en la boca porque el peronismo puede volver en cualquier momento, a hacerlos más ricos de lo que son.

Volviendo a Kuznets, uno se ve tentado de explicar el desarrollo desigual entre Japón y Argentina por razones obvias: territorio chico con burguesía lúcida vs. territorio grande con burguesía extraviada en sus “ficciones desorientadoras”, sostenidas en “economitos” o zonceras.

Igual, algunos se esfuerzan, y como para acortar distancia con sus pares japoneses empezaron a aprender bonsái, el arte de impedir el crecimiento de una planta mediante el corte de raíces y la poda de ramas.

Claro que aquí utilizan motosierras, las plantas son fabriles y las ramas industriales.
 

Por Roberto Caballero / P12

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