


Entre la promesa y el humo: baterías de estado sólido, escepticismo y el caso Donut Lab
Actualidad09/01/2026




Durante más de una década, las baterías de estado sólido han sido el equivalente tecnológico del coche volador: siempre a cinco años de distancia, siempre a punto de cambiarlo todo, y siempre con alguna razón convincente para explicar por qué aún no han llegado. El anuncio de Donut Lab en el CES 2026, presentando una batería de estado sólido supuestamente lista para producción, ha despertado un entusiasmo inmediato… y también, como ocurre siempre en estos casos, una ola de escepticismo que conviene analizar con cuidado, sin caer ni en el hype acrítico ni en el cinismo automático.
El contexto es importante: hasta ahora, la narrativa del sector automovilístico ha sido una sucesión de noticias de investigación, pilotos y promesas de producción en 2026–2030, con fabricantes como Stellantis desplegando flotas de prueba con baterías de estado sólido con la tecnología de Factorial para validar rendimiento y confiabilidad en condiciones reales. Empresas como QuantumScape, Solid Power o Toyota llevan años prometiendo densidades energéticas extraordinarias, cargas ultrarrápidas y ciclos casi infinitos, pero sus avances han permanecido mayoritariamente en el terreno del prototipo, la celda de laboratorio o, como mucho, las líneas piloto. QuantumScape, por ejemplo, sigue publicando avances centrados en celdas de formato reducido y validaciones internas, sin producción comercial a gran escala pese a su alianza con Volkswagen. Solid Power mantiene líneas piloto y acuerdos con BMW y Ford, pero reconoce abiertamente que la transición a producción masiva sigue siendo un reto pendiente. Toyota, por su parte, continúa posponiendo el despliegue comercial de sus baterías sólidas, ahora apuntando a la próxima década como horizonte realista. Cada retraso ha erosionado la credibilidad colectiva del concepto, hasta el punto de que cualquier anuncio que suene demasiado bueno para ser cierto activa de inmediato las alarmas. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido ahora con Donut Lab.
En foros especializados y comunidades como Reddit, algunos usuarios han señalado una serie de supuestas banderas rojas: especificaciones extremadamente ambiciosas, escasa información pública sobre procesos de fabricación, ausencia de validaciones independientes y una comunicación muy orientada al marketing. No es una reacción irracional: la historia reciente de la tecnología está llena de ejemplos donde promesas revolucionarias se desinflaron al enfrentarse a la física, la química o la economía industrial.
Ahora bien, conviene separar con cuidado tres cosas que a menudo se mezclan en estas discusiones: la primera es el escepticismo técnico, que es sano y necesario. Cargar una batería en cinco minutos, alcanzar densidades cercanas a 400 Wh/kg y prometer decenas de miles de ciclos va directamente contra muchos de los compromisos conocidos entre estabilidad, degradación y seguridad. Exigir pruebas externas, certificaciones y datos reproducibles es no solo razonable, sino imprescindible.
La segunda es la extrapolación injustificada. Que otras empresas hayan incumplido plazos o expectativas no implica automáticamente que cualquier nuevo actor esté mintiendo. El desarrollo tecnológico no es lineal: a veces los avances reales vienen precisamente de equipos más pequeños, con enfoques distintos y menos lastre corporativo. Donut Lab afirma en su página web un «available now», es decir, una batería integrada ya en vehículos de producción limitada como las motocicletas eléctricas de Verge, algo que, de confirmarse con pruebas independientes, marcaría una diferencia sustancial frente a anuncios puramente teóricos.
La tercera es la acusación de fraude, que es un salto cualitativo mucho más serio. A día de hoy, no existe evidencia pública verificable de que Donut Lab sea una estafa. No hay denuncias regulatorias, ni investigaciones periodísticas que documenten engaño deliberado, ni clientes que hayan pagado por un producto inexistente. La compañía es pequeña, sí, pero no está sola: desarrollan producto con Nordic Nano, que a pesar de su nombre, no son precisamente pequeños. Confundir falta de validación externa con estafa es un error conceptual frecuente en comunidades online, pero no por ello menos problemático.
Lo que sí es cierto es que Donut Lab, como cualquier empresa que afirma haber resuelto uno de los mayores cuellos de botella de la transición energética, tiene en este momento la carga de la prueba. No bastan notas de prensa ni demostraciones controladas. Incluso la prensa especializada que suele ser más receptiva a los avances en electrificación mantiene un tono prudente cuando se trata de baterías de estado sólido. InsideEVs, por ejemplo, ha cubierto durante años los anuncios de QuantumScape, Solid Power o Toyota subrayando de forma recurrente la distancia entre resultados de laboratorio y producción real. CleanTechnica adopta una postura similar: entusiasmo tecnológico, sí, pero acompañado de advertencias constantes sobre escalabilidad, costes y plazos industriales, recordando cuántas veces estas promesas se han pospuesto sin llegar al mercado. Harán falta tests independientes, datos de ciclo de vida publicados, auditorías de seguridad y, sobre todo, producción sostenida en volumen. La industria del automóvil es implacable con la fiabilidad, y ningún relato inspirador sobre el futuro sobrevivirá al primer retiro masivo por fallos.
Hay, además, una dimensión estratégica que merece atención. Si una empresa europea lograse realmente llevar una batería sólida a producción antes que los grandes conglomerados asiáticos o estadounidenses, el impacto industrial y geopolítico sería enorme. Precisamente por eso, el escrutinio debe ser máximo. No para desacreditar sin pruebas, sino para evitar que el legítimo deseo de una alternativa europea se convierta en complacencia. Que este avance provenga de una compañía europea plantea que Europa siempre ha estado en la vanguardia de la regulación ambiental y de la electrificación de la movilidad, pero históricamente ha dependido de tecnología importada para el corazón de los VE: las celdas mismas. Si Donut Lab logra escalar producción y establecer cadenas de suministro en tierras europeas y aliadas, se abre una oportunidad industrial y geopolítica crucial para reducir la dependencia tecnológica de Asia en el segmento más vital de la transición energética.
En definitiva, el caso Donut Lab es un excelente recordatorio de que la innovación profunda vive siempre en una zona incómoda entre la incredulidad y la esperanza. Hoy no estamos ante una prueba concluyente de que las baterías sólidas hayan llegado, pero tampoco ante una demostración de fraude. Estamos ante una afirmación extraordinaria que exige evidencia extraordinaria. Y esa evidencia, si existe, no tardará mucho en hacerse visible. La química no entiende de marketing, y la realidad industrial acaba imponiéndose siempre.
Nota: https://www.enriquedans.com/






















