







Richard Neustadt, uno de los politólogos que más estudiaron la presidencia de los Estados Unidos y que retrató buena parte de esa sabiduría en su gran obra Presidential Power, uno de los libros más influyentes sobre liderazgo político, solía decir que nos gusta pensar al presidente como el hombre que toma decisiones, pero la mayoría de las decisiones que toma no son exclusivamente suyas, sino el producto de su poder para persuadir a los demás para tomarlas.


Siguiendo esa línea, uno podría decir que el liderazgo presidencial no depende tanto de las ideas del Presidente, sino de su capacidad para tomar decisiones, ya que la única forma de que las ideas produzcan los cambios deseados, es que estas se transformen en decisiones colectivas. Allí radica la razón de ser del liderazgo presidencial.
Los regímenes presidencialistas son por naturaleza regímenes en donde el liderazgo suele concentrarse más en una persona que en un conjunto de individuos (el partido o la coalición de gobierno). El presidente es quien define el rumbo del gobierno, y para ello requiere disponer una serie de habilidades y destrezas que son sumamente necesarias.
¿Quiere Milei ser un político o simplemente quiere seguir siendo un economista?
El liderazgo presidencial no viene dado con el cargo. Si bien se puede desarrollar, es necesario que haya cierta materia prima insoslayable para desarrollarlo. Pero, por sobre todas las cosas, es un liderazgo que se debe desear tener, porque, como dice aquel viejo refrán, más hace el que quiere que el que puede.
Pero hay otra particularidad del liderazgo presidencial, y es que es un liderazgo mediante el cual se ejerce un rol político. No hay liderazgo presidencial si no se asume que se ejecutará un rol político. Es decir, una tarea que consistirá en convencer a una mayoría de tomar una decisión, que es precisamente la tarea que desarrolla todo político.
¿Se puede tener liderazgo presidencial si no se desea asumir un rol político? La respuesta es: no. No es posible ser presidente y al mismo tiempo no querer ser un político, porque la naturaleza de ese cargo es esencialmente política. No se es presidente para demostrar que se tienen ideas, se es presidente para producir decisiones colectivas que se crean necesarias para resolver los problemas de la gente. Si lo que se busca es reconocimiento intelectual o premios, el ámbito para buscarlo es otro.
Dicho todo eso, uno podría preguntarse: ¿hay en Javier Milei un liderazgo presidencial? ¿Quiere Milei producir decisiones colectivas o simplemente quiere que le den la razón? ¿Quiere Milei ser un político o simplemente quiere seguir siendo un economista? ¿Quiere Milei persuadir a los demás de lo que piensa, o solo reclama que los demás piensen como él? Todas estas preguntas son centrales para entender la naturaleza de este proceso político, porque si las respuestas son negativas, entonces estamos en un problema, porque el liderazgo presidencial es necesario y es indelegable.
Algunos podrían sostener que estas dudas carecen de fundamento. Sin embargo, si uno repasa el discurso que dio Javier Milei ante las Naciones Unidas el año pasado –primera vez que el Presidente se dirigía al mundo en ese ámbito tan especial–, él allí se presentó diciendo con convicción: “Yo no soy político, soy economista”. ¿Puede realmente sostener eso alguien que se postuló para ocupar el cargo político más relevante del país?
Es cierto, en un contexto en el que la sociedad argentina viene expresando un profundo enojo hacia la clase política, resulta comprensible que Milei, por estrategia, prefiera no ponerse ese sayo. Pero también es cierto que, en la práctica, ese sayo no puede quitárselo. No solo es un político, sino que, desde el comienzo de su gestión, iba a necesitar de la mejor práctica política para intentar resolver el desafío que más lo desvela: el económico.
Este ciclo nos ha dado sobradas muestras de que este es un gobierno que carece de praxis política, es decir, de capacidad de llevar adelante el conjunto de acciones necesarias para producir decisiones. Esa carencia no debería sorprender, Javier Milei llegó al poder con dos diputados, sin ninguna experiencia ejecutiva en la administración de la cosa pública y sin un equipo de personas y profesionales que tengan experiencia en administrar el Estado.
Pero tampoco debe sorprender que parte de esa mala praxis haya obedecido a la ausencia de un liderazgo que ordene, coordine y haga funcionar al equipo de gobierno. El propio Milei suele decir que no le interesa la política, y la realidad parece confirmar esa falta de interés en involucrarse en una parte esencial de su acción de gobierno.
Por más enojados que estemos con el piloto del avión, a ninguno de los pasajerosse le ocurriría sacarlo
¿Cómo se entiende que habiendo Milei definido un esquema de funcionamiento tan simple y sencillo, reducido a tres personas (triángulo de hierro), ese miniequipo haya quedado envuelto en peleas intestinas que provocaron tanto daño al Gobierno? ¿Se puede manejar un equipo de cientos de personas si no se puede manejar un equipo de dos personas que controle todo lo demás? Estos interrogantes llevan a uno a hacerse una pregunta: ¿dónde está el piloto?
De todos los candidatos a presidentes de 2023, Milei era el único que al desafío económico le iba a agregar un desafío político. Porque era el único que iba a quedar muy lejos de garantizar condiciones mínimas de gobernabilidad para tomar decisiones. Esa dificultad quedaba agravada por el hecho de que se trataba de un presidente sin experiencia política.
Por más enojados que estemos con el piloto del avión, a ninguno de los pasajeros de la aeronave en su sano juicio se le podría ocurrir sacar al piloto de la cabina y poner allí a un pasajero que sin ser piloto nos diga que cree que puede pilotar el avión.
Uno podría confiar en que Milei tenga las soluciones a los problemas de los argentinos, pero no será posible confiar si este presidente nos dice que no quiere ser un político; si no termina de asumir el rol político que conlleva ser presidente; y si no demuestra que tiene el liderazgo presidencial que se necesita para conducir esta nave que es el Estado nacional.
Por Lucas Romero * Director de Synopsis Consultores / El Cronista







