Entender para decidir, decidir para modificar

Actualidad 14 de mayo de 2024
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Milei y la doctrina del shock

La doctrina del shock es una obra de la socióloga canadiense Naomi Klein, fundada en la tesis de que cuando se provoca una crisis, los pueblos se predisponen a aceptar medidas extremas -aún en su perjuicio- con tal de salir de ella. Como demostración ofrece todo un recuento histórico.

Milton Friedman, economista jefe de la Universidad de Chicago, se opuso en la década de los años 30 al New Deal del Presidente Franklin Roosevelt que sacó a los Estados Unidos de su peor crisis financiera. Las ideas de Friedman, el economista venerado por el actual presidente argentino, se basan en que la ausencia de intervención estatal a la que denominan liberalismo, es lo que encamina automáticamente la economía.

Sin embargo, esas ideas nunca se propagaron de la mano de la verdadera libertad y la democracia, sino que siempre han requerido shocks, crisis y estados de emergencia, reales o percibidos. Friedman sabía del rédito que otorga suscitar crisis, de allí la necesidad de provocarlas. Los seguidores de Friedman no mencionan a la dictadura de Chile como el laboratorio de prueba de sus ideas, porque para ellos es políticamente mucho más correcto ubicar su punto de inicio en los gobiernos de Thatcher (también admirada por Milei) y Reagan.

Pero el neoliberalismo se inició con la dictadura de Pinochet en 1973. Por un convenio entre la Universidad de Chicago y la Universidad Católica de Chile, numerosos estudiantes de economía chilenos fueron becados, y, luego de graduarse, convirtieron a las universidades chilenas en filiales de la Escuela de Chicago, a la que también respondería el ministro de la dictadura argentina José Alfredo Martínez de Hoz.

Cuando, en 1970, el Presidente democrático Salvador Allende propuso nacionalizar grandes sectores de la economía, la CIA y el Departamento de Estado iniciaron de inmediato la desestabilización de su gobierno. Las compañías extranjeras provocaron un tremendo desabastecimiento de productos, magnificado por la prensa internacional y sus aliados locales. Esto indignó a las clases más acomodadas, luego a los sectores medios, y causó problemas y desazón en parte de los sectores populares, lo que debilitó el apoyo político al gobierno y facilitó las condiciones para el brutal golpe de estado de 1973. Luego de un intento fallido de golpe, las fuerzas armadas bombardearon el Palacio de gobierno en pleno Santiago, y de esa manera, al shock de la economía se le sumó el shock de la guerra, de modo que se allanaran las condiciones para la aceptación de las medidas de ajuste de la dictadura. Para que ello sucediera, decenas de miles de personas tuvieron que ser detenidas y encarceladas y muchas de ellas asesinadas.

Aprovechando el estado de shock de la población, Pinochet implementó las medidas económicas de la Escuela de Chicago, suprimió el control de precios, privatizó empresas estatales, eliminó aranceles de importación y redujo el gasto público. Un año más tarde, Chile padecía la inflación más alta del mundo. Milton Friedman, el ícono de Milei, viajó al país trasandino y recomendó “un tratamiento de shock”. Para imponer esas políticas había que sembrar el miedo hacia un enemigo, y ese enemigo era, aunque parezca mentira, el mismo de hoy: el comunismo.

La experiencia de Chile fue precursora de la doctrina militar del shock y el pavor, con que luego se justificaron los ajustes económicos y sociales en distintas partes del mundo, y la Argentina no escapó ni escapa hoy a esa técnica hábilmente calculada por el neoliberalismo. La justificación de Pinochet en su discurso de asunción, fue que debía “sacar a Chile del caos al que el gobierno marxista lo estaba sometiendo”, palabras prácticamente idénticas a las del presidente argentino, salvando las particularidades de cada contexto histórico.

Luego sobrevino la dictadura argentina. La dictadura cívico-militar argentina instaló la idea de la guerra sucia y el vacío de poder para legitimar el endeudamiento, el vaciamiento del Estado y el ajuste financiero. Unos años más tarde se provocó la hiperinflación del último tramo del gobierno de Raúl Alfonsín, lo que justificó la alternativa neoliberal de Carlos Menem. Desde la perspectiva estrictamente teórica de la economía, nada justificaba que una inflación mensual superior al 200% en junio de 1989, se derrumbara hasta llegar a un dígito mensual un par de meses después. Todo se debió a la sensación de caos diseñada por los agentes económicos para crear las condiciones de acatamiento social al ajuste posterior. Aún así, la inflación volvió a trepar exponencialmente hacia principios de 1991. 

Una vez más, la desesperación por los aumentos de precios y el temor al colapso total de la economía dieron paso al shock de estabilización que fue la convertibilidad. Esta medida –que entre otros aspectos requería el congelamiento absoluto de los salarios- implicó un alivio tal de la sensación de caos, que puso en un segundo plano la desocupación de dos dígitos, el aumento de la pobreza y la traición a los principios históricos del peronismo.

Hoy, con la doctrina del lawfare y los golpes blandos mediante, la intervención militar directa sobre el territorio ha sido remplazada por la intervención sobre las conciencias de las mayorías, sobre el sentido común. Pero el modelo de economía y de sociedad que el neoliberalismo persigue es sustancialmente similar. Y también lo es el método de pregonar una crisis extrema para justificar las medidas de privatización y saqueo de recursos que agravan el sufrimiento del pueblo.

La burbuja financiera que estalló en 2008 en los Estados Unidos tuvo como causa principal la desaparición de las regulaciones que el Estado imponía al capital financiero. Pero, una vez colapsado el sistema bancario, el salvataje provino de los fondos públicos de la Reserva Federal. Es decir, de esa misma emisión monetaria de la que el neoliberalismo blasfema por considerarla el origen de todos los males. 

La conclusión de Naomi Klein es que “la doctrina del shock, como estrategia, sólo funciona si no sabemos que existe”. Pero la lucha por la emancipación cultural para esa toma de conciencia es dura. El momento en que la autora publicó su teoría coincidió con los albores de la crisis financiera de 2008, a la cual se la comparó con la de 1929. De aquella, y de la mano del Estado, los Estados Unidos se encaminaron al triunfo en la Segunda Guerra Mundial. La más reciente en cambio, sin más Estado, condujo al declive de su hegemonía planetaria. 

Una respuesta posible –ensaya Klein- es la siguiente: cuando los sindicatos le pedían al Presidente Roosevelt que incluyera medidas progresistas en el New Deal, él respondía “salgan ahí fuera y oblíguenme a hacerlo”. En 1937 se produjeron 4.740 huelgas que duraban un promedio de 20 días. En 2007 sólo hubo 21 huelgas. Una vez más, la conciencia y la movilización del pueblo son el punto de partida para una salida. Es con el pueblo y con el Estado.

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 image: Álvaro Bernis – The Economist
 

En Argentina

¿Las cosas están mal porque el gobierno anterior dejó al país en medio de la peor crisis de su historia, o por las políticas aplicadas por el gobierno actual? Lo mejor sería confeccionar una respuesta sensata, inclusiva, no meramente pasional ni aferrada a un dogma. De aquí que resulte un imperativo, como punto de partida hacia una política emancipadora, practicar el pensamiento crítico, luchar por la descolonización ideológica y pedagógica, romper con las trampas intelectuales que nos impone la hegemonía de la gran prensa doméstica e internacional.

Una hegemonía tan meticulosa e imperceptiblemente diseñada y llevada a la práctica, que ha penetrado el sentido común de una gran parte de la sociedad hasta llevarla a opinar en sentido inverso a sus propios intereses. En diciembre último, en una tienda de productos lácteos de proximidad presencié un hecho que da testimonio de ello. El yogurt había aumentado 30% de una semana a la otra. Cuando exclamé con asombro frente a tamaña remarcación del precio, el empleado de la misma me respondió: “¿Y qué querés? ¡Con lo que ganan los camioneros de La Serenísima!”. Así explica el poder real los problemas centrales de la Argentina.  

Durante el gobierno anterior, efectivamente, las cosas no estaban bien. Pero ante frente a ese malestar, se requiere un análisis. Más allá de que el gobierno no haya actuado correctamente, en gran parte, las cosas no estaban bien porque la zozobra económica y financiera fue provocada desde lo externo al propio gobierno: un crédito fraudulento del FMI, la especulación de los exportadores e importadores, la brutal remarcación de precios y la presión de la prensa para ampliar la brecha del tipo de cambio, a fin de forzar una devaluación.

Si no fuera así, ¿cómo se explica que con un dólar tan atrasado respecto de la inflación de los últimos meses, ya bajo el gobierno de Milei, no arrecia la presión devaluatoria? Es porque la cotización del dólar ilegal es una herramienta de presión política, no un factor de la economía. No hay otra razón para tal disparidad de trato entre un gobierno y otro, que no sea la adhesión ideológica a una administración que no pone trabas a la absoluta libertad de circulación del capital financiero. A un gobierno que asegura la maximización de la ganancia mediante el llamado Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), no se lo presiona con títulos catástrofe que fijan arbitrariamente el tipo de cambio paralelo.

Cuando frente al malestar económico, se ha instalado una subjetividad que adjudica todas las dificultades a un gobierno de origen popular, la respuesta de una parte importante de votantes es: “me han conducido a esta tragedia, por favor sáquenme de aquí, aunque me duela”.

Un error fundamental del gobierno anterior es no haber explicado este mecanismo, de modo de contar con la concientización popular como herramienta para enfrentarlo.

Otro recurso de Milei: degradar una institución al identificarla con su deficiencia, no con su esencia

Milei, como antes el macrismo, tomó el camino de demonizar al Estado, a los sindicatos y a los movimientos sociales, es decir, al peronismo.

Desde luego que si escarbamos al interior del Estado, de los sindicatos, como también de cualquier colectivo humano y de nuestra propia vida personal, vamos a encontrar falencias. La habilidad del aparato ideológico del poder ha sido sobreponer las falencias al sentido profundo de esas organizaciones. Que la opinión pública valore a instituciones como el Estado, los sindicatos o los movimientos sociales por sus falencias, y no por su significado profundo. Que se identifique al sindicato con la conducta sospechosa de un dirigente, y no con el hecho histórico de haber encabezado la resistencia a la dictadura cívico militar junto con los organismos de derechos humanos. Que se identifique a las organizaciones sociales con un puntero que manipula en beneficio propio la necesidad de los más humildes. Que se identifique al Estado con una oficina sin revoque o con el mal carácter de quien atiende una mesa de entradas, y no con su papel articulador de las relaciones y las demandas sociales e impulsor de la justicia social y de la igualdad.

No habrá transformación política sin emancipación del pensamiento. Superar el abatimiento moral que significa para un pueblo esta prédica permanente de auto-denigración del país y de sus instituciones fundamentales y de sus principales líderes, es otra de las tareas del “Qué hacer”. 

Continuará…

Por Carlos Raimundo * Abogado y docente, exdiputado nacional y del Mercosur y último embajador en la OEA. / La Tecl@ Eñe

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