Elecciones. La moneda en el aire

Actualidad 20 de octubre de 2023
1366_2000

A partir de noviembre de 2016, cuando Donald Trump ganó la elección presidencial —con 2,8 millones de votos menos que Hilary Clinton—, se han realizado miles de análisis en el mundo sobre lo que suele llamarse la “derecha radical”; los diagnósticos y comparaciones se incrementaron con el triunfo electoral de Jair Bolsonaro en Brasil, en 2018. No fuimos pocos los que observamos con cierta desaprensión esos acontecimientos. Usemos una fórmula conocida: primero les tocó a los yanquis, luego a los brasileños, y ahora vienen por nosotros, aunque todavía estamos a tiempo de evitarlo. Desde las PASO en las que se impusieron Javier Milei y Patricia Bullrich, la catarata de interpretaciones recobró intensidad.

Mientras tanto, un preocupante nivel de violencia ha invadido al sistema político argentino y se ha puesto de manifiesto en las ofertas electorales, como se comprueba analizando las promesas opositoras y la conducta de los personajes que las encarnan en posiciones relevantes. Un año antes había sorprendido una especie de naturalización de la violencia política por parte del conjunto del sistema, cuando sus respuestas predominantes frente al fallido intento de magnicidio contra Cristina fueron la indiferencia o la negación.

Juntos por el Cambio propone a Patricia Bullrich, abnegada docente acerca de cómo se practica la violencia cuando se ejerce el gobierno: sin agudizar la memoria pueden recordarse los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel por parte de la Gendarmería y la Prefectura Naval que ella conducía o la entronización del célebre policía Luis Chocobar —con la estelar participación del entonces Presidente Mauricio Macri—, convertido en héroe al asesinar por la espalda a un ladronzuelo; en una confirmación de sus convicciones, Bullrich volvió a reivindicarlo en el debate presidencial del domingo pasado. La coalición cambiemita cuenta también en sus filas con el gobernador de Jujuy y presidente de la UCR, Gerardo Morales, jefe político e ideólogo de la brutal represión que llevó a cabo la Policía jujeña contra quienes resistieron su amañada reforma constitucional; y del Poder Judicial de esa provincia, que desde hace años somete a Milagro Sala a un proceso torturante que no resiste el menor análisis de legalidad. Así, quienes se presentaron como el sector “duro” de JxC incuban inequívocamente la serpiente del fascismo nacional futuro.

En cuanto a La Libertad Retrocede, no hace falta ser psicólogo para percibir violencia en la personalidad de Javier Milei —no obstante su actuada serenidad en los debates presidenciales—, que se traslada a las ideas/amenazas que vocifera, cuya ejecución sería traumática. Si alguien tiene dudas, están a la vista las consecuencias de las recientes opiniones del libertario, que por un puñado de votos estimuló una corrida cambiaria perjudicando al conjunto de la sociedad argentina, excepto a una ínfima y poderosa minoría que integran entre otros los titiriteros que manejan el “Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas” (CELTYV), presidido por la candidata a Vicepresidenta Victoria Villarruel.

Asimismo, tanto Milei como Bullrich prometieron en el segundo debate presidencial romper con uno de los más importantes consensos logrados en los últimos 40 años, que dio lugar a la sanción de las leyes 23.554 de Defensa Nacional —Alfonsín—; 24.059 de Seguridad Interior —Menem— y 25.520 de Inteligencia Nacional —De la Rúa—: un consenso alcanzado por la casta.

Por su parte, Villarruel propone reabrir el debate sobre la violencia política en el pasado, desde una posición que —aunque no es nueva— implica un giro de 180 grados respecto de otro acuerdo social alcanzado durante el trayecto democrático recorrido desde 1983, y que funcionó como muro de contención cuando Mauricio Macri y la Corte Suprema intentaron imponer lo que se conoció como el 2x1.

Víctimas, victimarios y terrorismo

Con el rescate de los genocidas en plena campaña, la candidata a Vicepresidenta estaría diciéndonos que el programa del espacio político al que pertenece es inescindible del Estado represor, advertencia intimidatoria dirigida a quienes resistieran en el futuro la pérdida de derechos y, fundamentalmente, a quienes osaran protagonizar la búsqueda efectiva de transformaciones emancipadoras para el pueblo argentino. Algo que sin anuncios previos ensayó el macrismo, como expuse en "Paladines de la reconciliación" y en "Tributo a la coherencia".

Villarruel no recurre sólo a la teoría de los dos demonios, también se vale de la política de memoria, verdad y justicia, pero invertida: los represores son primero víctimas y después genocidas, y las Abuelas de Plaza de Mayo expresan a los victimarios; claro, no a cualquier victimario, porque —más allá de los insultos a Estela de Carlotto— al des-historizar los hechos y tergiversar conceptos fundamentales para el debate, convierte a las organizaciones armadas en grupos de autoritarios criminales despolitizados que provocaron la respuesta que se les dio.

Dice Villarruel: “Durante 40 años las víctimas del terrorismo fueron barridas bajo la alfombra, se las negó”. El problema no está en que recuerde a las víctimas, los problemas son otros: no discrimina entre víctimas civiles y militares —protagonistas de la represión en nombre del Estado— y manipula el término terrorismo, como Milei cuando hace una acusación falsa a Bullrich afirmando que “ha puesto bombas en jardines de infantes”. Quiero detenerme en esto porque es una cuestión crucial, aunque no evidente. Desde hace décadas el término “terrorismo” se utiliza para hacer referencia a todo lo malo, lo condenable, lo que se desprecia; y a partir del ataque a las Torres Gemelas en 2001 y otros atentados contra objetivos civiles, se impuso la tendencia a transformarlo en la referencia prácticamente excluyente para legitimar la violación de derechos a grupos perseguidos por el poder, fenómeno que había tenido su antecedente durante la Guerra Fría cuando se señalaba a los movimientos insurgentes como “terroristas” o “terrorismo subversivo”. Más lejos en el tiempo tuvo otro sentido: el de una táctica de lucha específica a la que recurrieron grupos que se rebelaron, primero en el contexto del anarquismo y populismo rusos y luego en las disputas anticoloniales.

Entonces, terrorismo puede tener 2 significados: a) como táctica de lucha y b) aquella que lo convierte en la forma de infamar a cualquier opositor.

Ahora bien, en rigor teórico, terrorismo se refiere a una táctica política que consiste en la realización de acciones violentas e indiscriminadas, con el propósito de esparcir miedo e incertidumbre en el conjunto de una población; este es el único sentido en el que el término tiene una especificidad; cualquier otro uso sirve sólo para estigmatizar a los destinatarios.

Hechas estas aclaraciones, es clave señalar que las organizaciones armadas argentinas de las décadas de 1960 y 1970 no fueron terroristas. Pueden someterse a crítica tanto la decisión de recurrir a la lucha armada, como las opciones tácticas y estratégicas que tomaron, pero debe quedar muy claro que el movimiento insurgente argentino nunca fue terrorista: no se efectuaron atentados en supermercados, aeropuertos, bares… ni jardines de infantes. Las organizaciones armadas argentinas no buscaron atacar aleatoria e indiscriminadamente al conjunto de la población; sus acciones fueron siempre selectivas, incluso las más discutibles e impopulares: todas contra miembros de las Fuerzas Armadas o de seguridad, funcionarios políticos vinculados a las dictaduras o dirigentes sindicales acusados de subordinarse a los sectores dominantes. En otras palabras, no hay razón ni sustento teórico para acusarlas de terrorismo, es claramente una estigmatización que entierra en el olvido —como señalé más arriba— el contexto internacional y el conflicto social, político y económico de la época.

Bullrich, por su parte, pide “una salida justa para los militares que fueron condenados por delitos de lesa humanidad”, con lo que pone en duda la legitimidad y legalidad de los juicios y, sin decirlo, propone liberarlos: un 2x1 ampliado. 

Fascismo y “fascistización”

La sucesión de hechos señalados refleja la reaparición del fascismo, que puede presentar distintas formas, mas un mismo ADN: formas nacionales e históricas, pero siempre ADN de clase. Como práctica social, el fascismo da cuenta de la demonización de grupos minoritarios, de la exacerbación, proyección del odio y de la movilización política —reaccionaria— de sectores medios asalariados o excluidos como estrategia para destruir la organización popular, particularmente la sindical. Para desenmascararlo y resistirlo con eficacia es necesario discutir ciertas caracterizaciones que han terminado naturalizándose, cuando en realidad son parte de la disputa ideológica que se ha dado durante 100 años y buscan ocultar la relación entre capitalismo y fascismo.

El fascismo nunca es obra de un hombre y de su locura, o de una organización que al acceder al poder pisotea la democracia: es el resultado lógico de un sistema en un momento preciso de las relaciones de fuerza entre clases sociales, un modo de gestión de las relaciones sociales en un contexto de crisis económica y política que amenaza a las clases dominantes o que es expresión de la resistencia a su ofensiva. Reducirlo a la violencia o a la dictadura impide comprender las relaciones que tiene con el gran capital e implica una caracterización parcial, como ideología y modo de ejercicio del poder desvinculado de su base material, es decir, de los intereses de clase: cuando Myriam Bregman calificó a Milei como “gatito mimoso del poder económico”, no estaba haciendo un chiste.

El capitalismo monopólico de los años ‘20 y ‘30 del siglo pasado y el capitalismo financiero dominante en el siglo XXI presentan diferencias notables a las que no me referiré en esta nota; no obstante, la lógica profunda —valga la expresión— del sistema capitalista no se ha visto alterada en ese lapso sino transitoria y parcialmente por el llamado Estado de bienestar keynesiano, que en nuestra región construyeron los regímenes nacional-populares y democráticos. El fenómeno trasciende los ámbitos nacional y regional; estamos frente a un capitalismo que en esta fase no necesita de la democracia: le estorba y procede a su desguace.

En una época obscura, Walter Benjamin y Bertolt Brecht señalaron que no puede abordarse la cuestión del fascismo sin plantearse la del capitalismo; sería como indagar en los efectos sin interrogarse sobre las causas. Las desigualdades y la impotencia difusa a las que condena el capitalismo desenfrenado fueron entonces y son ahora sostenidas por los sectores dominantes mediante recursos engañosos, como los discursos a la carta que han inducido masivas adhesiones populares; algunos en cínica clave antielitista —anti “casta”— y activadores de mitos cohesivos, tanto el del enemigo externo como el del enemigo interno: en Estados Unidos atacan a China y a los inmigrantes ilegales; en nuestro país, al kirchnerismo y a los trabajadores oriundos de países hermanos; en Brasil, Bolsonaro proclamó la recuperación de valores tradicionales; en España, Vox apela a la “sagrada unidad de la patria”; la “identidad cristiana de la España eterna” —frente a la amenaza islámica y al independentismo de las llamadas naciones históricas— y fomenta la pelea contra la “hegemonía cultural” del feminismo militante y las “ideologías de género”. El paradójico resultado es que las urnas, más que las calles, han sido el canal elegido por las ciudadanías para impugnar las consecuencias de la confluencia entre financiarización, “austeridad fiscal”, libre comercio, dominio de la deuda, primarización de la economía y precarización del trabajo, pero optando por representantes genuinos del capitalismo neoliberal que gobierna desde hace años con esa perversa combinación en amplias regiones del planeta. A propósito, cabe apuntar la inexplicable omisión de la política exterior en el temario de los debates presidenciales, responsabilidad de organizadores y candidatos. 

Centrales y periféricos

Debemos ser cuidadosos al caracterizar los distintos casos de neofascismo: no es casual que en países centrales como Estados Unidos y Francia tengan algún sesgo proteccionista, en apariencia, contradictorio con postulados típicos del neoliberalismo. Millones de trabajadores estadounidenses que habían sufrido los efectos de las reconversiones y relocalizaciones industriales creyeron en las palabras de Trump, quien con su “make America great again” prometió reconstruir las fábricas norteamericanas. Los franceses, en cambio, no le han dado todavía a Le Pen —que también se opone a la globalización capitalista— la oportunidad de gobernar. Sin embargo, la mezcla de patrioterismo político, proteccionismo tardío y anuncios de guerra comercial vociferada por Trump no debe confundirnos: su reforma tributaria fue celebrada por los poderosos; además, desmanteló la regulación económica por parte del Estado al mismo tiempo que exaltaba el “compre americano”. Encarnó así un libertarismo nazionalista que surgió como nueva forma política en el interior del neoliberalismo. Esta coincidencia fundamental con el macrismo explica la agobiante generosidad con la que Trump respaldó la frustrada reelección de Macri, no su publicitada amistad; y ayuda a entender la actual resistencia del FMI respecto del gobierno argentino.

En países semi-periféricos como Brasil y ahora el nuestro con Milei y Bullrich, los neofascismos se expresan sin tapujos como proyectos políticos de una derecha radical autoritaria con programa económico ultra neoliberal. El nivel actual de colonización suramericano y otros componentes del dispositivo de dominio imperial les ha evitado a Bolsonaro, Milei y Bullrich el esfuerzo de disimularlo; hasta se permiten menospreciar la soberanía nacional: para el individualismo neoliberal subordinado, la única soberanía válida consiste en el dominio irrestricto del propietario sobre la inviolable propiedad privada.

Lo que hermana a todos los fascismos de mercado es un mismo objetivo estratégico, que consiste en consolidar el statu quo, o sea, el dominio de las grandes corporaciones.

Debilidad y elección

El 22 de octubre habrá, en nuestro país, tres candidatos con posibilidades de entrar al balotaje; aunque sólo dos proyectos en disputa: uno que intentará recobrar la tradición nacional, popular y democrática, y otro extranjerizante, autoritario y antidemocrático. La elección es decisiva en este escenario de debilidad democrática, una de cuyas medidas inequívocas está dada por la impotencia del sistema político para conducir el proceso socio-económico e imponer decisiones; en particular, es clara la incapacidad del gobierno para regular el excedente del bloque de sectores dominantes: no pudo contener el ataque cambiario ni controlar el precio relativo de los alimentos y evitar su fuerte impacto en los ingresos populares. Tal insuficiencia no es nueva, el capital concentrado viene controlando las decisiones “democráticas” que le interesan: derrotó en las rutas y en el Congreso la 125, y cuando las bancas populares triunfaron con la ley de medios, la bloqueó a través de uno de sus subordinados, el partido judicial, para citar algunos ejemplos.

Una enseñanza que nos deja este presente inquietante es que debemos replantearnos la confianza en que vivimos en una democracia suficientemente consolidada como para impedir su destrucción por enemigos de las libertades y los derechos; en que somos una sociedad madura que ha aprendido las lecciones del pasado, y en que la historia no se repite, que el autoritarismo neoliberal es un capítulo del pasado que no volverá. Sobran razones para prevenir sobre el peligro que amenaza a la sociedad argentina desde que la probabilidad de un gobierno de la derecha extrema dejó de ser una fantasía para convertirse en realidad.

La moneda electoral está en el aire. No vamos a resolver con una elección los problemas estructurales que arrastramos por lo menos desde 1976, pero una elección puede servir para revertir una tendencia decadente. En lo que resta de la campaña y después también, será importante tener presente que nuestros déficits y errores aportaron al crecimiento de la derecha radicalizada.

Para que la libertad no retroceda, habremos de recuperarla como proyecto colectivo.

 

 Por Mario de Casas

 

Te puede interesar

Ultimas noticias

Suscríbete al newsletter para recibir periódicamente las novedades en tu email

                  02_AFARTE_Banner-300x250

--

                

Te puede interesar