Reflexiones de la vida diaria: ¿Cuán inútil es un “pedazo de inútil”?

Actualidad - Nacional 06 de mayo de 2022
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Todos nos creemos muy útiles para algunas cosas. Pero en realidad somos mucho más inútiles que útiles. Porque somos inútiles para muchísimas más cosas que para las que somos útiles. Y esos que se dicen que son útiles para todo, simplemente son útiles para señalarlos con el dedo y decir: “Mirá, ahí va el que se cree útil”

Pero claro. No todos los inútiles somos iguales.

Para empezar, está el inútil absoluto. El inútil absoluto puede ser de dos clases: Por un lado el que se sabe absolutamente inútil y se abstiene de hacer macanas, con lo que al menos ya resulta útil para la humanidad, y por el otro el inútil inconsciente, mucho más peligroso, ya que se cree capaz de hacer las cosas bien: es el típico caso del tipo que cuando salta un tapón de la luz dice “Dejame a mi que te lo arreglo en seguida”, y a continuación deja sin luz a 500 mil usuarios.

El problema del inútil absoluto inconsciente es que recién se puede comprobar su condición tras varias intervenciones desastrosas y muy costosas. Pero eso no es nada: al no ser consciente de su inutilidad, se la pasa hablando maravillas de sí mismo, al punto que muchas de sus amistades lo creen una especie de McGyver, hasta que se desencantan el día que entran a su casa y ven el parqué pegado en el cielorraso.

Dentro de esta categoría no se puede evitar incluir al “que se hace el inútil”, que no es totalmente inútil, de hecho se sospecha que sirve para algo, pero se declara inútil para zafar de tener que hacer las cosas, es decir, un vago que podría haber sido útil pero que al final resulta un verdadero inútil.

Luego está el inútil incomprobable: es el que promete que va a hacer algo y como no cumple su promesa, no se sabe a ciencia cierta si es un inútil o un mentiroso. O las dos cosas, en cuyo caso estaríamos en presencia de una persona útil para mentir.

Luego está el inútil-útil, que es un inútil que no sirve para nada, a menos que alguna persona con cierto poder sobre él le pegue un grito “¡Che, vos, inútil! ¡Andá a comprar 200 gramos de jamón!”. Este tipo de inútil es tan consciente de su inutilidad que no solo responde al llamado sino que va y cumple la misión (aunque no esté garantizado que en lugar de jamón traiga fiambrín).

Este tipo de inútil es muy útil también para tareas menores como alcanzar controles remotos, un tenedor que falte en la mesa a la hora de comer cuando ya están todos sentados a la mesa y les da fiaca levantarse, sacar a pasear al perro, sacar la basura a deshora o para que se quede esperando a que llegue el service del cable para abrirle la puerta de 8 a 18 horas.

Otra clase muy peligrosa de inútil es el inútil teórico: éste reconoce su incapacidad para meter mano, pero sabe la teoría, y para colmo, le gusta ponerse a dar sugerencias: típico caso del que jamás hizo un asado y se pone al lado del asador a discutirle la mejor forma de hacer esa colita de cuadril para que quede a punto. “Maestro, ¿anda bien de brasa?”, cosa frente a la que cualquier asador de bien responderá diciendo: “Si, hasta que llegó usted, estaba bien” o, en un acto de justicia por mano propia, simplemente clavándole un chori en la retina.

Este inútil también suele interesarse por cualquier tipo de arreglo hogareño, acercándose al  electricista y preguntando cosas como “¿No será el capacitor? ¿No será que la resistencia entra en corto con la reactancia?” “Je… si no fuera por Edison no tendríamos estos problemas, je”, hasta que el electricista, harto, lo invita a sostener dos cables pelados, uno en cada mano, única forma de sacarse de encima a estos sujetos.

Luego está el inútil a medias, o medio inútil, que cuando hay un problema con una canilla o con algún artefacto se las ingenia para meter mano y descubrir la falla. Es el que logra desarmar algo pero luego no lo puede volver a armar correctamente y siempre termina llamando a un profesional idóneo que cuando llega, lo primero que dice es: “si no hubiera metido mano, habría sido más fácil. Esto se arreglaba con 1000,  pero ahora le va a salir 5000 pesos el cambio del cuerito”.

Como contrapartida de tanta inutilidad, siempre están los habilidosos, los que con un alambre y un cuchillito desafilado te arreglan la computadora, el televisor, y hasta te curan la artritis y los cálculos renales, pero ojo, que entre estos hay una especie muy peligrosa, que es el que se cree que puede arreglar cualquier cosa: la central nuclear de Atucha sale de servicio, y el tipo se le anima a una torre de alta tensión con una pinza y un destornillador. Son los que habitualmente terminan saliendo en los noticieros bajo el rótulo “víctima de una desafortunada maniobra”.

Tampoco podemos dejar de mencionar qué sucede cuando se juntan muchos inútiles: se convierten en una “manga de inútiles”, y mucho más cuando se juntan para tirar la manga de los demás.

Y por último hay un caso que confunde mucho a los expertos en inutilidad. Es el caso del “idiota útil”. Porque son como dos conceptos contrapuestos, que no pegan. Y es un verdadero misterio, porque ante un “idiota útil” uno no puede menos que preguntarse: El idiota útil, ¿es o se hace el útil?

Por Adrian Stoppelman para Telam

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