




Desde hace tiempo se sabe que lo que diferencia el funcionamiento de las derechas y las izquierdas o los movimientos nacionales y populares es que mientras que las primeras están monitorizadas y rigurosamente supervisadas por los grupos de poder, las segundas están libradas a la confrontación de egos, al narcisismo de las pequeñas diferencias y a disputas sin consistencia ideológica.


Lo que ocurre entre lo que se manifiesta en las calles y la posición de los políticos de izquierda en sus internas por la representación, se muestran muy desconectadas. Es como si estuvieran en diferentes dimensiones, entre distintas temporalidades; mientras los movimientos sociales ya saben que lo que se avecina no es solo un cambio político sino algo que va a cambiar el mundo que conocimos hasta ahora y lo que constituía al ser humano en su apertura de posibilidades.
Los políticos de izquierda y los que representan a los sectores populares, aunque lo sepan, actúan en la temporalidad de una época anterior, como si obviaran que otro tiempo ha advenido.
Las internas actuales, tanto en Argentina como en España -dos casos ejemplares- más allá de la tensión mediática que generan, son piezas de museo de una probable derrota.
Si hay una encrucijada a tener en cuenta es precisamente la de resolver el desajuste que ya se ha constituido en una inercia repetida y desalentadora.
Por Jorge Alemán / P12




























