La inteligencia artificial y la progresiva fragilidad de la economía norteamericana

Actualidad - Provincial09/10/2026

Un interesante artículo de Shira Ovide en The Washington Post, «The unexpected ways that AI is reshaping the U.S. economy«, expone las formas en las que la economía norteamericana está haciéndose cada vez más dependiente del boom de la inteligencia artificial, y hasta qué punto está empezando a afectar ya no sólo al sector tecnológico, sino también a otros que van desde la publicidad, la energía, la industria o hasta el mercado inmobiliario.

Hablamos de una colección de efectos indirectos o de segundo orden que van mucho más allá de lo que inicialmente podría parecer obvio: la construcción de enormes centros de datos, por ejemplo, está provocando un fuerte incremento del empleo industrial, un fuerte incremento de salarios, y una demanda desmesurada de componentes de repente convertidos en fundamentales: desde turbinas de gas hasta cuadros eléctricos, cableado, sistemas de refrigeración y muchos otros componentes especializados, convirtiendo la fabricación de material eléctrico en una de las dos únicas grandes áreas de la manufactura estadounidense, junto con el material de transporte, impulsado fundamentalmente por la industria aeroespacial, que mantienen crecimientos netos positivos. Lo mismo ocurre con la demanda de espacio de oficinas en ciudades como San Francisco o Nueva York, en donde las empresas de inteligencia artificial han demandado más de doscientos mil metros cuadrados, más del doble de la demanda total de la industria durante el 2025 y el 31.3% del total del mercado en el primer semestre del 2026.

La demanda de energía está llevando a las turbinas de gas a convertirse, a pesar de producir energía cara y muy contaminante, en objetos de elevadísima demanda, con algunos centros de datos llegando incluso a la locura de ir a buscar soluciones utilizando motores de aviación, con tal de ponerlos en funcionamiento sin tener que esperar años a su conexión a la red.

La publicidad también está experimentando un momento dorado: las compañías de inteligencia artificial están invirtiendo muchísimo para dar a conocer su oferta entre todo tipo de públicos, y a la vez, están contribuyendo fuertemente a la automatización de tareas de creación, segmentación y adquisición de anuncios: se prevé que la publicidad gestionada utilizando inteligencia artificial crezca un 63% en 2026, hasta llegar a los 57,000 millones de dólares.

¿Qué suponen todos estos efectos indirectos? Actividad, sin duda, pero no una transformación equivalente de la productividad. Según la Reserva Federal, estamos en una fase de construcción masiva, con efectos concentrados en la inversión, pero con señales aún muy limitadas de una transformación general de la producción y del empleo. La financiación de la infraestructura necesaria para la inteligencia artificial se está convirtiendo a todos los efectos en el gran proyecto nacional estadounidense: más de 10.3 billones de dólares de inversión entre 2025 y 2032, con una media anual equivalente al 3.63% del PIB del país, financiada además fundamentalmente con deuda, crédito privado, vehículos crediticios especiales y apuntes fuera de balance. Según Deloitte, la inversión tecnológica ha generado una cuarta parte del crecimiento real desde 2023, y en torno a la mitad desde 2025, dando lugar a un problema central: que fabricantes, constructoras, energéticas, propietarios inmobiliarios, plataformas publicitarias y mercados financieros están incorporando la supuesta continuidad de ese gasto a sus expectativas de futuro.

En esta situación, ¿qué podría ir mal? No es ni siquiera necesario que la inteligencia artificial se la pegue o que resulte ser una enorme burbuja: simplemente con que la inversión se ralentice un poco y no siga creciendo al ritmo que se espera, ya tendríamos una crisis con menos construcción, menos pedidos industriales, caída de las acciones tecnológicas, reducción del efecto riqueza y contracción del gasto publicitario. De hecho, el FMI ya advierte sobre una posible reversión de valoraciones, una destrucción de riqueza y un efecto de contagio a través de las relaciones financieras circulares entre un pequeño grupo de compañías: según el BIS, más de la mitad de la inversión recibida por las empresas de inteligencia artificial entre 2021 y 2025 procedió de otras compañías del mismo ecosistema: el proveedor invierte en su cliente para que este le compre, el cliente promete adquisiciones futuras que permiten financiar nuevas infraestructuras, y esas operaciones se utilizan después como prueba de que la demanda continúa creciendo. Si los ingresos procedentes de clientes externos no terminan apareciendo al ritmo previsto, toda esa circularidad puede convertirse en un auténtico castillo de naipes.

El resultado es una fragilidad extrema: Estados Unidos no está únicamente apostando por una tecnología, sino haciendo depender una parte cada vez mayor de su economía de que esa apuesta siga acelerándose sin pausa. Y ojo, no hablamos de que la tecnología sea falsa o no vaya a funcionar, sino de que una apuesta tecnológica perfectamente real puede llegar a hacer que toda la economía de un país sea cada vez menos resiliente. Algo que permite entender muchas cosas… y también imaginar la magnitud de la bofetada económica que podría provocar una simple desaceleración.

Nota:https://www.enriquedans.com/

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