Que usemos la inteligencia artificial no significa que la queramos

Actualidad07/10/2026

Un interesante artículo en MIT Technology Review, «People really hate AI, so why can’t they get enough?» plantea una paradoja aparentemente desconcertante: mientras la percepción pública de la inteligencia artificial empeora rápidamente y hasta los estudiantes abuchean a los conferenciantes en sus ceremonias de graduación cuando la mencionan, su uso no deja de crecer. La gente dice que la inteligencia artificial le preocupa, que avanza demasiado deprisa y que puede perjudicar a la sociedad, pero abre ChatGPT, Gemini o Claude cada vez más veces al día. ¿Hipocresía? ¿O una nueva forma de adicción tecnológica?

Probablemente no se trate de ninguna de las dos cosas. Lo que nos está pasando es bastante más sencillo: las personas pueden valorar una herramienta y, al mismo tiempo, desconfiar profundamente de quienes la fabrican, de cómo pretenden introducirla en sus vidas y de las consecuencias de hacerlo. Los números pintan esa aparente contradicción de forma bastante clara: según Pew Research Center, el 49% de los adultos estadounidenses utiliza ya algún chatbot y el 24% lo hace diariamente, mientras un 63% considera que la inteligencia artificial avanza demasiado deprisa. La OCDE estima que más de un tercio de los ciudadanos de sus países utilizó inteligencia artificial generativa durante 2025. Al mismo tiempo, el AI Index de Stanford señala que el 59% cree que los beneficios superan a los inconvenientes, pero también que el 52% se siente nervioso ante esta tecnología.

En España ocurre exactamente lo mismo: un estudio de la Universidad de Melbourne y KPMG muestra que el 72% de los españoles acepta o aprueba la inteligencia artificial y el 71% ha experimentado u observado beneficios derivados de su uso. Pero el 85% teme posibles consecuencias negativas para ellos o para la sociedad, y el 82% reclama regulación. Esto no es una contradicción: es una posición perfectamente razonable.

Una cosa es pedir a un modelo que resuma un documento, traduzca un texto, explique un concepto o ayude a programar, y otra muy distinta aceptar que unas pocas compañías rediseñen el trabajo, la educación, la creación cultural o el acceso a la información sin pedirnos permiso a nadie. Una cosa es utilizar una herramienta, y otra otorgar legitimidad a la industria que la controla, en la que unos pocos multimillonarios conocidos por su nombre de pila y que parecen ya ni necesitar apellidos se repartan el mundo tranquilamente. Uso no equivale a consentimiento.

La industria, además, ha hecho casi todo lo posible para generar cada vez más rechazo: ha introducido inteligencia artificial en buscadores, teléfonos, televisores, aplicaciones y sistemas operativos aunque nadie la hubiese pedido, ha entrenado sus modelos con enormes cantidades de contenido robado a todos nosotros, ha convertido el consumo de energía y agua de sus centros de datos en un problema político y medioambiental, y ha acompañado todo ello con una narrativa grandilocuente que promete transformar o destruir millones de empleos. Y después, sus directivos aparentan estar sorprendidos porque la gente no solo no les da las gracias, sino que tiran cócteles Molotov en la fachada de sus mansiones.

La oposición tampoco es abstracta. Gallup afirma que el 71% de los estadounidenses se opondría a la construcción de un centro de datos de inteligencia artificial cerca de su domicilio, más que los que rechazarían una central nuclear. Más de mil comunidades han tratado ya de limitar este tipo de instalaciones, hasta afectar a proyectos valorados en más de doscientos mil millones de dólares. Cuando la factura eléctrica sube, el agua escasea y el paisaje se llena de gigantescas naves industriales que liberan calor y gastan como condenadas, la nube deja de repente de parecer algo etéreo y se hace más terrenal. Asquerosamente terrenal.

El rechazo resulta especialmente intenso entre los jóvenes, que por otro lado son precisamente quienes más utilizan estas herramientas. Como explica el Financial Times, muchos temen que una tecnología presentada como instrumento para hacerlos más productivos termine, en realidad, reduciendo el valor de sus conocimientos, deteriorando su aprendizaje o haciendo más precario su futuro profesional. Utilizan inteligencia artificial porque no hacerlo puede dejarlos atrás, pero no necesariamente porque les guste el mundo que sus promotores están construyendo.

Con las redes sociales ya aprendimos que miles de millones de usuarios podían utilizar diariamente un producto y, sin embargo, detestar a la compañía que lo gestiona. La dependencia, los efectos de red y la ausencia de alternativas convierten el uso en una medida de aprobación pésima. Con la inteligencia artificial podemos estar reproduciendo el mismo error, pero a una escala mucho mayor.

La adopción de una tecnología no garantiza su legitimidad. Esa legitimidad solo llegará si las compañías ofrecen transparencia, alternativas, capacidad real de elección, protección de datos y mecanismos para exigir responsabilidades. Si continúan confundiendo utilización con entusiasmo, terminarán descubriendo que se puede construir una tecnología extraordinariamente útil y, al mismo tiempo, una industria profundamente impopular que todos terminemos odiando.

Nota:https://www.enriquedans.com/

Te puede interesar
Lo más visto
Suscríbete al newsletter para recibir periódicamente las novedades en tu email