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Actualidad27/09/2026

De aquí a octubre del año próximo habrá elecciones decisivas en cinco países de especial interés para quienes vivimos en la Argentina. Tres serán para elegir Presidente o Primer Ministro, según el sistema de cada uno.

La primera ocurrirá en Brasil el próximo domingo, con la primera vuelta de los comicios presidenciales, donde Flavio Bolsonaro intentará arrebatarle a Lula la jefatura de gobierno que hasta hace cuatro años ocupó su padre, el capitán retirado del Ejército Jair Bolsonaro. Igual que Trump en Estados Unidos en 2020, el ex militar Bolsonaro intentó desconocer el resultado de la elección de 2022 y organizó un golpe de Estado para permanecer en el Planalto. En caso de indefinición, la segunda vuelta tendrá lugar el 25 de octubre. Brasil ha sido el laboratorio principal del lawfare en la región. Lula y su Partido de los Trabajadores ocupan el centro de la escena política en lo que va del siglo. Electo en 2003, el ex trabajador metalúrgico que en las últimas décadas del siglo anterior encabezó la resistencia a la dictadura militar, consiguió ceder la presidencia a su ministra Dilma Rousseff, con quien esperaba alternarse en el poder como hicieron en la Argentina los Kirchner. La Presidenta fue electa en la segunda vuelta de 2010 y reelecta en la de 2014.  Su última campaña fue muy creativa y frontal. Destacaba su pasado combativo, encomiaba los planes sociales impulsados por el PT, anunciaba graves consecuencias para el pueblo si se impusiera el candidato neoliberal Aecio Neves. Esto le permitió imponerse, a pesar del clima adverso que ya se había instalado con constantes movilizaciones contra Dilma, y a pesar de la falta de relación con Lula que ella adoptó, hasta el punto de no contestarle el teléfono. ¿Suena conocido?

Pero al adoptar desde el gobierno las políticas que había denunciado en la campaña, perdió sustentación y fue presa fácil de la rosca política que consiguió primero suspenderla por seis meses y luego destituirla, pese a que en el juicio político se admitió que no había cometido ningún delito. Sólo había introducido correcciones al presupuesto, reasignando algunas partidas, como hacen todos los gobernantes del mundo. Nunca, en ningún lado, el presupuesto se cumple al pie de la letra, porque como sabía Goethe, gris es toda teoría y verde el árbol de la vida. Como era obvio, el blanco no era Dilma sino Lula, y el paso siguiente fue encarcelarlo y proscribirlo en vísperas de las nuevas elecciones, una vez más alegando un delito que no había cometido, en este caso la dádiva de una casa en la playa, que nunca fue suya. Fue crucial para eso la combinación espuria entre el fiscal Deltan Dallagnol y el juez Sergio Moro. Desde la cárcel, Lula designó candidato al economista de San Pablo Fernando Haddad, quien fue derrotado por Bolsonaro. Al asumir la presidencia, el nuevo mandatario designó como ministro de Justicia al juez Moro.

Lula y Néstor Kirchner se habían asociado para cancelar las respectivas deudas con el FMI. El ministro Moro se asoció en la Argentina con el presidente de la Corte suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti y con el Doctor Glock, el juez que procesó a Cristina.

Lorenzetti, con los jueces que persiguieron a Lula y CFK

 

Esta semana, Lorenzetti admitió que considera la posibilidad de una candidatura presidencial. Ya era así en la década pasada y lo publiqué en diversas notas entre 2013 y 2015. Su colega Carlos Fayt se despertó y propuso la candidatura presidencial de Lorenzetti, por la que también trabajaron empresarios y sindicalistas. En 2021 el juez del Tribunal Supremo Edson Fachin anuló la condena de Lula porque Moro no era el juez competente de la causa, con lo cual quedó rehabilitado para ser candidato en 2022. En el balotaje de ese año batió a Bolsonaro y recuperó la presidencia, que ahora vuelve a ponerse en juego. Bolsonaro ha sido condenado a 27 años de prisión por el golpe fallido cuando sus partidarios tomaron el palacio presidencial en Brasilia. En su anterior gestión, Lula contó con el reconocimiento de Barack Obama. Durante la Cumbre del G20 en Londres, en abril de 2009, Obama retuvo su mano y se dirigió al Primer Ministro australiano Kevin Rudd.

—Este es mi hombre, amo a este tipo. Es el político más popular de la Tierra— le dijo.

Una década después, en su libro Una tierra prometida,  publicado en 2020, Obama se refirió a Lula como un líder con un "talento natural" y un carisma arrollador y reconoció que sus reformas hicieron de Brasil "una potencia global". Entre 2019 y 2021 la misma afinidad se manifestó entre Jair Bolsonaro y Donald Trump, en el estilo que se repetiría con el Presidente argentino Milei. Al recibir al Presidente brasileño en la Casa Blanca, Trump clasificó la relación como la mejor de todos los tiempos y designó a Brasil como aliado extra OTAN, tal como había hecho con la Argentina de Menem el ex Presidente George Bush I. Bolsonaro le entregó a Trump una camiseta de la selección brasileña de fútbol con su nombre. El compartido terraplanismo de ambos Presidentes redundó en que Brasil y Estados Unidos fueran los países con la mayor cantidad de muertos en el mundo durante la pandemia: 1,2 millones Trump, 700.000 Bolsonaro. Y los dos intentaron subvertir el orden constitucional, con sendos alzamientos para desconocer sus derrotas electorales. Bolsonaro es el único Presidente que no logró ser reelecto en la historia de Brasil. Trump lo consiguió pero con un mandato intermedio, del demócrata Joe Biden. Lula llevaba ahora cómoda ventaja, pero entró en zona de riesgo cuando los jueces que lo liberaron y lo habilitaron quedaron envueltos en la telaraña de corrupción de un banquero.

 

Dentro de un mes, el 27 de octubre, votarán en Israel. Dado su sistema, se renovarán las 120 bancas parlamentarias, cuyos titulares a su vez designarán al Primer Ministro. El actual, Benjamín Netanyahu, es el mandatario que durante más tiempo ha gobernado Israel. Fue electo por primera vez hace 30 años, y con su tercer periodo completará 19 años en el poder. Una fuerte corriente de opinión piensa que la política belicista de Netanyahu es su recurso para que se posterguen las elecciones alegando motivos de seguridad nacional y para que sigan interrumpidos los juicios por corrupción que enfrentan el premier y su esposa. Su partido derechista, el Likud, desplazó al Laborismo, que fue fundador del Estado, en 1948. 

Cada gobierno se ha corrido más hacia la derecha que el anterior, pero incluso la tibia coalición laborista que encabezó Moshé Sharett realizó asesinatos masivos de población palestina con el propósito de desalojarla e impedir que se cumpliera el mandato de Naciones Unidas sobre la creación de dos Estados que coexistieran en forma pacífica. Esto fue documentado en el libro El terrorismo sagrado de Israel, publicado en 1980, por Livia Rokach, hija del Ministro del Interior de la década de 1950, Israel Rokach, que usó como documentación los diarios privados de Sharett, una figura trágica que avalaba y detestaba al mismo tiempo la política criminal que ejecutaban Moshé Dayan y Ariel Sharon. Sucesivos gobiernos de Israel intentaron arrastrar a Estados Unidos a la guerra con Irán, alegando que la teocracia persa estaba construyendo un arma nuclear con la que destruiría a Israel. El profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago John J. Mearsheimer es coautor del libro The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy, en el que fundamenta que las políticas que los gobiernos israelíes y su organización insignia, la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee, fundada en 1954) no defiende sino que perjudica los intereses de Estados Unidos. La adoración mística por Israel que profesa el Presidente argentino Javier Milei tiene precedentes prosaicos en el ex Presidente Maurizio Macrì.

Durante un viaje a Jerusalén antes de asumir la presidencia, Macrì le prometió a Netanyahu que cancelaría todas las deudas que le reclamaban los fondos buitre, una de cuyas principales figuras era el empresario israelí de casinos en Las Vegas Sheldon Adelson, quien junto con Paul Singer, acusó a la entonces Presidenta CFK por encubrimiento del atentado contra la DAIA de 1994 y financió al fiscal general Natalio A. Nisman. A lo largo de los años El Cohete narró esa historia con todo detalle. Nisman recibió de Adelson 280.000 dólares, girados a un banco de Uruguay entre 2010 y 2014.

Adelson fue uno de los principales aportantes de las campañas de Netanyahu en Israel y de Trump en Estados Unidos. Tanto los principales medios como los partidos políticos y el establishment militar de Estados Unidos creen que Trump no podrá evitar la derrota frente a Irán. Diversas encuestas muestran una profunda división incluso de los estadounidenses judíos. La mayoría se opone a la guerra y cuestiona que Trump la haya iniciado sin tener un plan de salida. Hace dos semanas, Shlomo Ben Ami, quien fue Ministro de Seguridad del último gobierno laborista de Israel, encabezado por Ehud Barak, sostuvo que la solución de los dos Estados está muerta. Ben Ami renunció para no formar parte del primer gobierno del Likud encabezado por Sharon. Las constantes provocaciones de los colonos y de las Fuerzas Armadas israelíes han impedido la continuidad de un territorio donde pudiera erigirse el Estado Palestino. El mapa actual es como un tejido apolillado o un queso gruyere. Israel no reconoce la denominación de Cisjordania o de West Bank, que utilizan las Naciones Unidas y la Comunidad Internacional, y denomina a esos territorios al Oeste del Jordán como Judea y Samaria, para reforzar los lazos identitarios de sus ocupantes judíos.

Hace 15 años estuvo en la Argentina el gran politólogo e historiador israelí Zev Sternhell. Algunos de sus libros revulsivos publicados en inglés y/o en francés, fueron Maurice Barrès y el nacionalismo francés (1972), La derecha revolucionaria 1885-1914, los orígenes franceses del Fascismo (1978), Ni derecha, ni izquierda, la ideología fascista en Francia (1983), y De la tradición anti-iluminista, del siglo XVIII a la Guerra fría, (2006). En aquel viaje, cuando nos conocimos, vaticinó que el movimiento de los indignados, que en Israel era tan o más fuerte que en Estados Unidos, Europa y la Argentina, debería vincularse con el conflicto israelo-palestino o sería derrotado, que es lo que sucedió. Adelson, Nisman y Sternhell han muerto, pero los temores del último y los deseos de los dos primeros se van cumpliendo. La elección del mes próximo es una prueba decisiva. Si Netanyahu y sus aliados de la ultraderecha religiosa, los ministros de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, y de Finanzas, Bezalel Smotrich, fueran derrotados, reaparecería una esperanza, pero si el electorado les renovara la confianza querrá decir que la política criminal que practican tiene arraigo en la sociedad. Milei y Trump, y no solo Netanyahu, se  parecen a los paradigmas que describe Sternhell en  sus libros. 

Zev Sternhell.

El martes 3 de noviembre serán las elecciones de medio término en Estados Unidos. Se renovarán las 435 bancas de la Cámara de Representantes, 35 de las 100 del Senado, 39 gobernaciones y miles de cargos provinciales y municipales. Como es habitual allí al promediar un gobierno, es muy probable que la oposición conquiste la mayoría en la Cámara de Representantes. Es muy reñida la disputa por el Senado y nada se descarta. El Presidente no sólo se enfrenta con la oposición demócrata, sino también con disidencias internas en su propio Partido Republicano, que teme una derrota electoral que implique una declinación de largo plazo, como ha ocurrido aquí con los partidos que durante décadas fueron el sostén del sistema institucional. También desconfía de los jueces, incluso de aquellos que él mismo designó. Depende de ellos, entre otras cosas, para validar las reformas en el mecanismo electoral con las que procura evitar la derrota que teme, para lo cual está rediseñando las circunscripciones electorales, de modo de impedir o dificultar que voten los afroamericanos y otras minorías descontentas con su gestión. Lo que por ahora parece más probable es que cada partido quede a cargo de una de las dos cámaras. Esta es la situación actual, por la cual Trump se ha acostumbrado a reemplazar leyes por decretos, tal como su homólogo argento. Aun si perdiera el control de las dos cámaras, seguiría a salvo del riesgo de destitución, ya que la eventual mayoría demócrata seguiría lejos de los 2/3 requeridos en el juicio político.

Mientras, en el país, con su impavidez habitual, el Ministro de Economía Luis Caputo negó que hubieran aumentado una vez más la pobreza (al 32,3% de la población) y, dentro de ella, la indigencia (al 7,5%). Pese a que el dato sobre el primer semestre de este año tiene carácter oficial porque provino del INDEC, Caputo tuiteó que “si bien las tasas de pobreza y de indigencia se incrementaron 4,1 puntos porcentuales y 1,2 puntos porcentuales en relación al semestre previo, ambas tasas registraron una fuerte baja en relación al primer semestre de 2024” del 52,9% al 32,3% la pobreza y del 18,1% al 7,5% la indigencia. Como de costumbre omite consignar que esos porcentajes de 2024 fueron consecuencia de la fortísima devaluación del peso del 118% que su cartera decretó a los tres días de asumir, el 13 de diciembre de 2023. Este fue el primer pase de magia con el que creó una sensación de estabilidad y desinflación, que Milei informó copiando las cifras de las que se jactó Martínez de Hoz en 1976. Desde entonces la percepción oficial diverge de la que experimentan las clases medias y bajas de la sociedad.

Por Horacio Verbitzky

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