Meta vuelve a comprar su impunidad: ¿qué tendría que hacer Zuckerberg para ser castigado?

Actualidad29/08/2026

Como saben todos los que me leen habitualmente, llevo desde aproximadamente 2014, doce largos años ya, escribiendo sobre la que considero la compañía más irresponsable de la historia, y una de las más responsables de muchos de los males que padecen actualmente las sociedades humanas. El daño que Mark Zuckerberg, personal e individualmente, ha hecho a la humanidad es completamente inenarrable e imposible de ignorar: estamos, seguramente, ante uno de los mayores criminales de la historia, un auténtico psicópata completamente insensible ante el sufrimiento ajeno y para el que sus fines justifican absolutamente cualquier tipo de medio. Y junto con Zuckerberg, todos sus cómplices: los que trabajan para él, los que se anuncian en sus redes, los que compran sus acciones, y los que utilizan sus aplicaciones. Si estás en alguno o en varios de esos grupos, plantéate qué diablos estás haciendo con tu vida.

Esta semana, la desvergüenza alcanzó un nuevo límite: al ver que el juicio al que estaba siendo sometido pintaba mal, Zuckerberg decidió comprar su impunidad y alcanzar un acuerdo extrajudicial para evitar ser condenado. Es, simplemente, la enésima prueba de que Mark Zuckerberg puede hacer absolutamente lo que le dé la gana, porque sabe que siempre va a salir indemne. Ese es Mark Zuckerberg: un matón que no duda en hacer callar a quien denuncia sus métodos y que cuando no le gusta cómo pinta un eventual veredicto judicial, simplemente va, extiende un cheque y lo compra. En Meta están encantados.

Lo que se vende como un supuesto «castigo» a la compañía, que sus accionistas han celebrado inmediatamente, es una absoluta farsa. Una multa de «hasta» $18,000 millones, pagadera en diez cómodos plazos anuales, y dividida en una parte garantizada y otra contingente, $5,300 millones que sólo se pagarán si TikTok y YouTube terminan aceptando acuerdos equivalentes. Dado que Meta obtuvo en 2025 un beneficio neto de 60,458 millones y 196,175 millones únicamente en ingresos publicitarios según sus propios resultados financieros, incluso en el eventual y poco probable caso de que la sanción alcanzase el máximo, sería equivalente a menos de cuatro meses de beneficios, pero pagados a lo largo de toda una década. Una absoluta ridiculez. Cuando los accionistas celebran un supuesto castigo, es que simplemente no lo ha sido.

Por no comprometerse, Meta no se ha comprometido ni siquiera a sustituir su perverso algoritmo de recomendación. Simplemente tendrá que ofrecer a los adolescentes una opción de feed no personalizado, y recordársela periódicamente. Tampoco tendrá que eliminar el scroll infinito ni la reproducción automática, y el tiempo que los usuarios dediquen a mensajería y a contenidos audiovisuales quedará excluido del límite diario de uso. Es sencillamente asqueroso. Cabe destacar que son precisamente estos elementos, el scroll infinito, el autoplay, las notificaciones y las recomendaciones hiper-personalizadas, lo que la Unión Europea ha identificado como elementos del diseño adictivo. Meta puede, tranquilamente y sin oposición, preservar todo lo que convierte atención, compulsión y vulnerabilidad en publicidad. No hemos avanzado nada.

Lo más obsceno del tema es que Meta, simplemente, ha comprado el final del juicio. El proceso podría haber dado lugar a una declaración judicial de responsabilidad, a un precedente para más de tres mil demandas, a la obligación de publicar más documentación interna y al testimonio ante el juez del propio Zuckerberg. Había más de cien afirmaciones presuntamente engañosas en la documentación interna aportada. El modelo de Meta fue definido en la primera semana de juicio como «enganchar, retener, recolectar y ocultar«. Las consecuencias podrían haber sido realmente demoledoras. ¿Y qué ha hecho Meta? Simplemente, pagar para que el mecanismo que podría haber establecido esas responsabilidades fuese completamente desactivado. Absolutamente inmoral.

Cuando la culpa se diluye en una compañía con miles de empleados, no refleja lo que realmente debe reflejar. Independientemente de que esos empleados saben quiénes son y, a pesar de ello, son capaces increíblemente de mirarse al espejo (lo que refleja su aplastante hipocresía y su absoluta bajeza moral), el verdadero responsable de todo esto es uno: Mark Zuckerberg. Uno de los testigos, Arturo Béjar, declaró que había enviado a Zuckerberg datos detallados que reflejaban que el 51% de los adolescentes habían sufrido al menos una experiencia dañina durante la semana anterior mientras la compañía únicamente eliminaba contenido en un 0.02% de los casos, y Zuckerberg, simplemente, lo ignoró y no respondió. Según el propio Béjar, el acuerdo es equivalente a dejar fumar a los adolescentes, pero sólo un par de horas al día: limitar la exposición no hace más seguro al producto. ¿Cuántas veces puede el máximo responsable de una compañía recibir advertencias, ignorarlas, y seguir refugiándose tras la personalidad jurídica de su empresa? Asqueroso no… lo siguiente.

Además, el acuerdo está cuidadosamente redactado para no influir en el resto del mundo. Los cambios se limitan a los estados denunciantes, no suponen ningún tipo de admisión de responsabilidad, no establecen ningún precedente ni ningún estándar para otras jurisdicciones, y expiran a los diez años. En otros países, sin cambios. El Reino Unido ya ha pedido que se obligue a Meta a extender las mismas «protecciones» a su territorio.

¿Qué tendría que haber pasado? Simplemente, que alguien hubiese tenido la mínima calidad moral como para decir que ninguna multa ni sanción va a detener el daño provocado, y que la única posibilidad es desmontar esta compañía. Tendríamos que haber tenido una sentencia, una admisión de responsabilidad, indemnizaciones vinculadas a los ingresos obtenidos gracias a estas asquerosas prácticas, prohibición de la publicidad comportamental, y responsabilidad personal de quien realmente tomó todas esas decisiones con pleno conocimiento de todo: Mark Zuckerberg. Lo digo una vez más, y lo diré las veces que haga falta: estamos hablando de una de las compañías más nocivas de la historia, de auténticos criminales. Meta no debe reformarse: debe clausurarse.

Hablé sobre este mismo tema con Jon Garay para El Correo. A continuación, el texto completo del mensaje que le envié ayer, antes de escribir mi artículo:

Mi opinión sobre el acuerdo es muy, muy negativa. Las medidas (límites diarios, bloqueo nocturno, silenciamiento de notificaciones, ocultación de los “me gusta”, eliminación de determinados filtros y mayores controles parentales) son razonables dado el absoluto desastre de responsabilidad completamente criminal en el que vive sistemáticamente Meta, pero actúan únicamente sobre los bordes del problema y no sobre su origen. Meta podrá seguir utilizando el scroll infinito, la reproducción automática, las recomendaciones algorítmicas y la personalización publicitaria que convierten la captación compulsiva de atención en dinero. Además, las restricciones se aplicarán únicamente a los menores estadounidenses, muchas podrán ser desactivadas por sus padres y algunas de las supuestas novedades ya existían, aunque Meta había decidido no activarlas por defecto. El auditor independiente comprobará el cumplimiento de ese paquete limitado, pero no obligará a la compañía a demostrar que ha reducido efectivamente los daños.

Presentar como castigo el pago de hasta 18,000 millones de dólares en cómodos plazos durante diez años es casi una broma para una compañía que obtuvo más de 60,000 millones de beneficio solamente el año pasado. Peor aún: aproximadamente un tercio de esa cantidad solo se abonará si YouTube y TikTok aceptan acuerdos parecidos. Meta no admite responsabilidad, evita una sentencia que habría creado precedente, detiene la publicación de más documentos internos y preserva intacta su máquina de hacer dinero destruyendo sistemáticamente nuestra sociedad. La reacción más reveladora fue la de sus accionistas: las acciones subieron. Cuando el mercado celebra tu “castigo”, es evidente que el castigo no existe. 

Llevo desde 2014 denunciando que Meta experimenta con las emociones de sus usuarios, normaliza prácticas que jamás deberían haberse aceptado y responde a cada escándalo con disculpas, cambios cosméticos y la promesa de comportarse mejor. Una sanción real habría exigido reconocimiento de responsabilidad, indemnizaciones proporcionales al daño y no a la comodidad financiera de la empresa, cambios globales y verificables en el diseño algorítmico, supervisión independiente basada en resultados y responsabilidades penales personales para quienes conocían los daños y decidieron ignorarlos, empezando por el propio Zuckerberg. A estas alturas, cabe preguntarse qué tendría que hacer Zuckerberg para enfrentarse a una consecuencia verdaderamente seria: porque diseñar durante años productos adictivos para menores, ocultar lo que la propia empresa sabía y enriquecerse con ello parece, inexplicablemente, no ser suficiente. 

Nota:https://www.enriquedans.com/

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