La macro ordena la micro, asegura el Presidente Javier Milei como un mantra ya de muy poco sentido práctico. El poder económico, que sostenía meses atrás la misma premisa, hoy está temeroso como pocas veces por los efectos del ajuste eterno que se hace para equilibrar lo financiero y el esquema de gastos del Estado: el consenso general es que la crisis de la calle, que en los últimos días se expresa de manera dramática en la mora de las familias, es insostenible no porque la población esté penando para llegar a fin de mes, sino porque la recesión y la inestabilidad emocional ponen en riesgo el sueño húmedo del establishment. La referencia es para la continuidad política del plan económico centrado en que una parte del empresariado no pierda beneficios. Parece coincidencia, pero es certeza: la arqueología política permite ver que la reacción del establishment, incluso temporalmente, es igual a la que tuvieron a los dos años de transcurrido el gobierno de Mauricio Macri, cuando el plan económico mostraba signos de agotamiento y el ajuste que ellos mismos habían pedido, quebraba a la sociedad. Deja Vú de lo que va a venir.
De todos modos, no hay que quitarle peso, aún ante este quiebre, a la idea de que el poder económico sigue bancando a Milei. Están intentando proteger el plan, más allá de las personas, pero hoy el Presidente es casi el único garante con votos de esa continuidad. En esa línea, Grinman no está solo. En estas horas se viralizó un mensaje en X de unos de los hijos de Alejandro Bulgheroni, uno de los petroleros más importantes del país, en el cual argumenta que “Argentina ya cambió. Una transformación difícil de igualar. Pero, para consolidar todo esto hace falta continuidad. Un país no puede volver a empezar cada cuatro años. La batalla es moral y cultural. Si conseguimos seguir el rumbo iniciado por Milei en 2023, esta será la gran oportunidad para que la Argentina finalmente convierta todo su potencial en desarrollo y sea líder en el mundo”. Ese planteo sintetiza la idea inicial que se muestra, con hechos, en este artículo.
En los pasillos del Círculo Rojo, el nombre del opositor, al menos hoy, es Axel Kicillof. No hay otro. Y muchos mencionan la frase del gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, de expropiar cosas de retornar el peronismo al poder. Son los miedos habituales que aparecen cuando se quiebran los gobiernos liberales. Lo mismo ocurrió en 2019. Por supuesto, estiman los que frecuentan al Gobernador bonaerense, que no gustó en aquellos lares la idea de las expropiaciones masivas, porque no tiene nada que ver con la agenda urgente, que entienden pasa por restablecer las condiciones de vida dignas de la población. De hecho, a Kicillof y a su equipo lo ven empresarios, algunos de los cuales argumentan que “hay gente que dice que va a haber expropiaciones”. El gobernador les responde que eso no pasó en su gestión y que la provincia fue superavitaria todo el periodo previo a la llegada de los libertarios. Todo es parte de la confusión que el riesgo Milei genera en el sector privado. El primer emergente del fenómeno fue la búsqueda de candidatos menos ultra que garanticen la supervivencia del modelo. El segundo emergente es alertar que lo que podría venir es un gobierno filo comunista. Y el tercero, que está ocurriendo, es que ese tobogán político puede quebrar el apoyo de los mercados, lo que sería letal para Milei y para el programa. El poder está de nuevo, como en la última parte del macrismo, aferrándose con uñas y dientes al privilegio de un Gobierno que no tiene vergüenza en conceder poder en favor de ellos. El riesgo, lo saben, es Milei.

























