Querido lector, para los que vivimos del absurdo (humoristas, matemáticos, otros creativos), los tiempos actuales se están poniendo particularmente difíciles. Y no es por falta de material, ya que coincidirá usted conmigo en que día a día ocurren en nuestro país y en el mundo cosas que bien pueden ser consideradas absurdas, refrendadas luego por comentarios autorizados de gente sabihonda que los vuelven más absurdos de lo que ya eran, si fuera posible.
No, no es la falta de absurdo lo que hace difícil nuestro trabajo, sino, por el contrario, el exceso. O, si usted quiere, la naturalización, la metamorfosis, levemente kafkiana, de lo extraño, lo que solamente debería aparecer en un mal cuento de ciencia ficción, y sin embargo se lo ve en la tapa de diarios, noticieros y redes varias, rodeados de comentarios a favor o en contra sosteniendo esta o aquella creencia, pero sin cuestionar la base del tema, que es “la insensatez”.
Por dar un ejemplo, quienes se oponen (y lo bien que hacen) a la falta de ley que es moneda corriente en estos tiempos de gobierno pubertario, buscan ahora la manera de sumar algunos votos más que los susodichos para obtener un triunfo en las próximas elecciones, criticando y mostrando lo malo que es el gobierno actual. ¿Alcanza con esto para que algo cambie? ¿Se trata de poner a otras figuras? ¿O lo sensato sería preguntarnos cómo llegamos a esto? ¿O lo sensato sería preguntarnos cómo permitimos que esto ocurriese? ¿O lo sensato sería preguntarnos por qué, si son tan horribles, la gente los votó igual? ¿O lo sensato sería preguntarnos qué hacer para que los millones de argentinos que perdieron su interés en votar, lo recuperen a través de propuestas (y no de nombres) atractivas, confiables y posibles?
¿Por qué tiene tan buena prensa la utopía, si su propia definición dice que es irrealizable? ¿Será proponer algo que suene maravilloso, y luego, si se tiene la suerte de ganar, pasar el tiempo demostrando que era solamente un deseo? ¿Por qué no acercar los deseos a la realidad, como si fuéramos neuróticos bien psicoanalizados?
Hace un par de días leí que un ex asesor presidencial –de este presidente– fue detenido en Bolivia luego de protagonizar un escándalo en que no faltaron la estafa, la corrupción, las amenazas, la violencia sexual, casi un menú completo. Ahora bien, la expareja de semejante personaje contaba a quien quisiera escucharla (mientras se reponía en el hospital), que su ex, el sujeto de marras, decía que el gobierno (argentino) iba a caer “porque estaba demasiado corrupto”.
Los medios reproducían las declaraciones y opinaban en uno u otro sentido. Y todo sería razonable y sensato, salvo que… ¿no les hace ruido, zumbido en la oreja, retumbe de elefantes en celo en los tímpanos, que un sujeto mezclado con estafas, violencia sexual y corrupciones varias –que además parece que contrató sicarios para eliminar a su pareja– opine, como un ciudadano más: “ese gobierno es demasiado corrupto”? ¿Cuál es el “corruptómetro”, la medida de lo ético, el límite entre el bien y el mal, para un sujeto así? Más allá de lo que fuera el gobierno en sí, ¿es una opinión autorizada, creíble, debatible, la de ese señor? Y si no lo es, ¿por qué darle trascendencia?
Si Sturzenegger da un curso sobre cómo vivir con una jubilación mínima, si Mauricio se pone a dar clase de historia nacional, si nuestro presidente escribe un manual de buenos modales, si Patricia da consejos para ser patriota, si cualquier dirigente de la oposición señala que lo importante es estar unidos mientras con el mismo micrófono les pega a quienes se le quieran acercar, ¿usted, lector, les creería?
Mientras tanto, se discuten las PASO, esenciales para garantizar cierta fidelidad partidaria, algo que no parece poder confirmarse de otra manera. Mientras tanto, el gobierno intenta quitarles derechos a quienes ya no los tienen. No me extrañaría que propongan que las elecciones sean a fin de mes, “así se sacan de encima los votos de quienes no llegan a fin de mes”.
El tiempo pasa, nos vamos poniendo locos… Permitámonos quizás volver a la niñez, aquellos tiempos en que con carita inocente y ojos bien abiertos preguntábamos, a media lengua: “Y eto ¿po’ qué?”.


























