Una periodista habló de la importancia de volver a poner en agenda la redistribución del ingreso. Fiel a su profundidad conceptual, la prensa de ultraderecha la tachó inmediatamente de “comunista”, pero los nuevos economistas racionales no se quedaron atrás: “No entiende el crecimiento económico”, espetaron. Faltó que le tiraran con alguna ecuación, en lo posible diferencial. Que el PIB crezca mientras los salarios caen sería apenas la magia oculta del buen funcionamiento de la economía pura.
A modo de ejemplo y redondeando números –no por pereza para detallar, sino para no abrumar–, las tasas pasivas, que son las que las entidades financieras les pagan a los ahorristas, son negativas. Rondan poco más del 20 por ciento anual, con una inflación superior al 30. En contrapartida, las tasas activas, las que deben pagar los tomadores de crédito, son astronómicas. El costo financiero total de un crédito personal dentro del sistema financiero, por ejemplo, multiplica por diez la tasa pasiva. En las plataformas digitales ese costo puede superar el 500 por ciento. Hablar seriamente de economía demanda dejar de lado la moral, el bien y el mal, pero las tasas usurarias y el desdén por el sufrimiento social que provocan tienen responsables, más aún cuando parece evidente la colusión de intereses entre los beneficiarios y quienes deberían regular.
De nuevo, las malas regulaciones del pasado no suponen que la única vía de política sea la desregulación absoluta, cuyos resultados están a la vista. La caída de los ingresos de las mayorías y la consecuente recesión del mercado interno explican la mora, pero las tasas usurarias también forman parte del problema. Los nuevos economistas bienpensantes, que ahora se oponen a las regulaciones, explican, en cambio, que todo se reduce a un problema de gestión chapucera del riesgo, lo cual es cierto, pero constituye apenas una parte de la explicación. Plataformas como Mercado Libre les ofrecen a sus grandes deudores, los más esquivos, descuentos de hasta el 95 por ciento y, para equilibrar, a los pequeños, que tienen enganchados, les comen los ingresos. Como signo de los tiempos, ya comenzaron a aparecer fallos judiciales que limitan los recortes sobre los salarios.
Si se deja de hablar sobre regulaciones, mora, tasas y usura en abstracto y se mira la vida cotidiana, la visión del modelo aparece con mayor crudeza. De acuerdo con el último informe de opinión pública de la consultora Zentrix, correspondiente a julio, el 66 por ciento de la población se queda sin ingresos antes del día 20 del mes. En la otra punta, solo el 9,3 por ciento llega a fin de mes con capacidad de ahorro. El resultado lógico de que los ingresos no alcancen es el endeudamiento: el 61,9 por ciento de la población tomó deuda en los últimos seis meses y, de ese total, el 53,7 por ciento lo hizo porque sus ingresos no cubrían los gastos básicos. La conclusión es que el salario dejó de alcanzar para vivir, lo que explica fenómenos como la proliferación de los trabajos complementarios y el pluriempleo.
Si se recorta el análisis a la situación económica de los jóvenes de barrios populares, un informe difundido a fines de julio por el CIAS, el centro de estudios que dirige el sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga, encontró que el 75 por ciento perciben un empeoramiento de la economía en el último año. Este resultado no es una mera sensación, sino que se basa en que el 60 por ciento destacó que en sus hogares debieron reducir gastos en consumos corrientes y que el 40 por ciento del total también debió recortar el rubro alimentos. Mientras vuelan la producción y las exportaciones del agro, una parte creciente de la población come menos o come peor, pero hablar de redistribución es una herejía. Además, en paralelo con el resto de la sociedad, el 57 por ciento de estos jóvenes de barrios populares declaró que en sus hogares debieron tomar algún tipo de deuda para afrontar gastos corrientes, mayormente por canales informales, como familiares, amigos y prestamistas.
El panorama general es que, mientras los economistas bienpensantes describen las supuestas bondades de la estabilidad macroeconómica, la calidad de vida de las mayorías no deja de deteriorarse. Un resultado predecible es el desgaste de la imagen del oficialismo, pero sin que por ahora se observe que el descontento sea capitalizado por la oposición. En conjunto, esta suma de datos comienza a preocupar a las elites que se benefician del modelo porque pone en jaque la gobernabilidad y la estabilidad política de mediano plazo, ese detalle que no importa... hasta que importa.-



























